La Epístola a la Iglesia de LAODICEA
La Epístola a la Iglesia de LAODICEA
Apocalipsis 3:14-20
Laodicea era un emporio comercial, distinguida especialmente por sus manufacturas laneras de textura singular: telas tejidas con el pelo de las ovejas y cabras que pastaban en inmensos rebaños en los prados circundantes. Era también célebre por aquellos ungüentos y cosméticos tan apreciados por los orientales, y que aún hoy procuran no escaso comercio a las ciudades de alrededor. Hallándose, además, en el gran camino de comercio entre Éfeso y Oriente, había reunido dentro de sus muros un buen número de príncipes mercaderes. Su oro era bien conocido de los comerciantes que, con sus caravanas, recorrían sus calles. Aunque despojada de gran parte de su magnificencia exterior en el año 62 d.C., a causa de los estragos de un terremoto, sin embargo, como prueba de su opulencia, el daño causado fue reparado por los ciudadanos solos, sin ayuda de ninguna subvención imperial. Hoy una miserable aldea, quedan todavía restos, en forma de columnas rotas y acueductos arruinados, que atestiguan su antiguo y lujoso esplendor.
Pueden mencionarse estas características porque algunas de ellas, al menos, como pronto se verá, arrojan luz sobre el peculiar simbolismo y las figuras empleados en la Epístola. Una iglesia había sido plantada allí en los días apostólicos. Pablo, treinta años antes, se refiere en su epístola a la vecina iglesia de Colosas, al "gran combate que tenía por los de Laodicea". Por exitoso que hubiera sido ese duro combate en los días del Apóstol héroe, su muerte pareció haber cambiado el rumbo de la batalla: la simplicidad de "la verdad tal como está en Jesús" sucumbió ante el espíritu del mal, que tuvo su manifestación externa en mundanalidad, orgullo y tibieza.
El lenguaje figurado de la última porción de la carta (al cual nos limitaremos en este capítulo) parece tomado de manera apropiada de la ciudad mercadera. Su oro y su plata y sus vistosos vestidos—sus mantos de lana, sus adornos de seda y su abundante tráfico—son tomados como símbolos de jactanciosa autosuficiencia y complacida justicia propia, que enmascaran y ocultan su propia y absoluta indigencia y desnudez delante de Dios. El gran Redentor, autor de la Epístola, se representa a sí mismo como un mercader viajero, el jefe de una de aquellas caravanas orientales, que viene cargado de verdaderas riquezas y vestiduras celestiales, ungüentos divinos y perfumes, para suplir el lugar de lo espurio y lo falso. Personifica a tal mercader que va de casa en casa y de puerta en puerta con sus propios bienes inapreciables—aquellas verdades espirituales que ninguna riqueza material puede comprar.
Deteniéndose frente a cada morada, proclama al oído de sus habitantes, por renuentes que sean a oír: "Tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido" (o "me he enriquecido a mí mismo"), "y no tengo necesidad de nada; y no sabes que eres un desdichado, y miserable" (o más bien, "el desdichado y el miserable"), "y pobre, y ciego, y desnudo". Y entonces, tras haber pronunciado la solemne protesta y advertencia, llama a sus oyentes, con sus bienes atesorados, a que se acerquen. Abre ante ellos estas sus propias costosas mercancías: el oro sin aleación, que ninguna mina de Ofir podría producir; la refulgente vestidura blanca de su propia justicia, que ningún telar en la tierra podría tejer; ungüentos y aceites aromáticos para la verdadera visión espiritual; aceites para la cabeza, que ningún laboratorio terrenal podría proporcionar.
Estos laodicense vivían en culpable autoengaño. Estaban vestidos con ropas vistosas. Se imaginaban a sí mismos en casas de reyes, cuando en realidad estaban en bancarrota: toda su vida y su ser era una mentira. "Abran sus puertas", dice el gran Vendedor de riquezas espirituales, "negocien conmigo". "Yo te aconsejo que de Mí compres oro refinado en el fuego, para que seas rico; y vestiduras blancas, para que te vistas y no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas".
El llamado, sin embargo, parece ser en vano. La voz ferviente e importuna es desconocida y desatendida por estos laodicenses satisfechos y contentos consigo mismos. Sigue, no obstante, Su camino de calle en calle y de casa en casa, repitiendo la advertencia y la graciiosa oferta, hasta que las sombras de la tarde comienzan a caer. Las horas de Su estadía están contadas. Mañana, este Caminante, que se ha desviado para detenerse una noche, debe partir. Al amanecer los camellos deben ser cargados de nuevo, las tiendas de afuera deben ser recogidas, y Él debe seguir adelante para ofrecer los tesoros rechazados a otras ciudades. Pero no se irá—no abandonará Su bendito propósito de amor sin un esfuerzo más a las puertas de aquellos que en su necedad lo habían despreciado. Aunque Él mismo necesita descanso, se ocupa desde el ocaso hasta la medianoche en recorrer de nuevo las calles ya silenciosas, exclamando así, mientras se detiene frente a cada morada: "he aquí, yo estoy a la puerta y llamo". ¡Ay de Laodicea! Estos ruegos fueron desatendidos. Cristo había llamado a sus puertas, pero había llamado en vano.
Separando estas últimas palabras de la Epístola de su referencia especial a la iglesia laodicense, y dándoles una aplicación universal, o más bien espiritual y personal, detengámonos un poco en este cuadro asombroso. El Salvador rechazado y aun amante—el divino Mercader de la Ciudad celestial, suplicante a la puerta del corazón del pecador. Las dos breves palabras de esta breve cláusula son cada una sugestivas: "He aquí, yo ESTOY" y "He aquí, yo LLAMO".
I. La actitud de estar de pie sugiere Su CONDESCENCIA. Si la condescendencia es un término relativo, y aumenta en proporción a la distancia y la disparidad entre quien la ejerce y quienes son sus objeto, ¿dónde puede haber una condescendencia semejante a esta? Hay nobles ejemplos de condescendencia y bondad en los anales terrenales. Hemos leído de aquellos de alto rango que, movidos por la filantropía, descendieron a los antros de la miseria y el vicio, para aliviar el sufrimiento y mitigar la desdicha. Aún perduran en la memoria de las naciones relatos de soberanos disfrazados que entraban en el tugurio de la angustia—manos que empuñaban el cetro de imperios, secando las lágrimas del huérfano, consolando las invalideces de la vejez, o los dolores del pesar.
Podemos ascender un peldaño más todavía. Podemos dejar las coronas y los monarcas de la tierra, e imaginar a uno de aquellos serafes resplandecientes que entonan sus cantos en el Santuario superior, bajando a nuestro mundo en algún mandato de misericordia, revoloteando alrededor del jergón de paja de algún mendigo Lázaro, inclinándose para alisar su lecho de muerte, antes de llevar el espíritu al seno de Abraham. Pero ¿qué es esto?—estos ángeles bañando sus alas de luz en los torrentes de la gloria infinita delante del trono—¿qué es esta inclinación suya, en comparación con aquel cuento maravilloso de Aquel que se anuncia al comienzo de esta Epístola como "el Amén—el testigo fiel y verdadero—el principio de la creación de Dios"—cuyo trono es desde la antigüedad, desde la eternidad—el resplandor de los mundos, las joyas de su corona—quien ha levantado todo arco y pilar en el templo de la Naturaleza, haciendo que sus campanas repiquen un eterno tañido para Su gloria? ¡Sí! He aquí a Aquel que ha encendido los fuegos del altar del Cielo, que llama a cada estrella por su nombre, y de cuyo imperio sin límites esta nuestra pequeña tierra no sería más echada de menos, que la caída de la hoja en el bosque, o el estallido de la burbuja en el océano—para quien el universo es solo como el polvillo menudo de la balanza, todo el tiempo solo como el latido de un pulso o el balance de un péndulo. ¡He aquí al poderoso Señor increado, el Redentor todoglorioso, "de quien son todas las cosas, y por quien son todas las cosas"! ¡He aquí "como uno que sirve"—Su cabeza descubierta ante la tormenta implacable, un peticionario a la puerta de un corazón humano!
2. Esta actitud de estar de pie sugiere además el pensamiento de PACIENCIA e IMPORTUNIDAD. "He aquí, yo estoy". "He estado de pie mucho tiempo", parece decir, "y sigo de pie; y aunque Mi cabeza está bañada de rocío y mis cabellos con las gotas de la noche, no soy rechazado por una vida de ingratitud—¿cómo puedo abandonarte?" Si Él hubiera sido el más bondadoso de los benefactores humanos, su paciencia habría quedado agotada hace mucho, sus ruegos silenciados, sus remonstraciones cerradas. Pero, "¿no has sabido, no has oído que el Dios eterno es el Señor, el Creador de los confines de la tierra, que no se fatiga ni se cansa?"
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Epistle to the Church of LAODICEA — Parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.