Esta parte del discurso de nuestro Señor se aplicaba con fuerza peculiar a los apóstoles. Habían sido constituidos gobernantes sobre la casa de su Señor. Pero también se aplica a todos los ministros, pues todos son mayordomos de los misterios de Dios. Un sagrado depósito les ha sido confiado; y si lo descuidan, su condenación será muy grave. Si el obrero en el campo, si las mujeres que muelen en el molino eran impíos, perecerían; pero ¡cuánto más miserablemente perecería el mayordomo de las cosas espirituales si era infiel! ¡Cuán bienaventurados son aquellos ministros a quienes la muerte ha hallado velando sobre su casa! En verdad no importaba que murieran en sus púlpitos o en sus lechos; pero importaba mucho que sus corazones estuvieran verdaderamente entregados a su obra. Los ministros fieles, como Pablo, sienten continua tristeza en sus corazones por sus hermanos que no conocen a Dios. Como él, pueden también decir, al pensar en sus hijos en la fe: «Nos gozamos por vosotros delante de nuestro Dios.»
Es dreadful pensar que hay ministros a quienes Cristo llama siervos malos. Piensan en su corazón que el Señor tarda en venir. Entonces empiezan a abusar del poder que se les ha confiado y a maltratar a los santos de Dios, sus consiervos. Los ministros mundanos han sido con frecuencia grandes perseguidores. ¿Cuáles son los placeres y quiénes los compañeros de tales hombres? Se dice en la parábola: «Comen y beben con los borrachos.» No sed del río del agua de la vida, sino de los deleites terrenales; no aman la compañía de los siervos de Dios, sino la de la gente del mundo.
¿Son sólo los ministros los que abrigan el mal pensamiento: «Mi Señor tarda en venir»? Miles se atreven al pecado por esa idea. No dicen con los burladores mencionados en la segunda epístola de Pedro que él nunca vendrá. No preguntan: «¿Dónde está la promesa de su venida?» sino que piensan: «No vendrá aún; podemos pecar impunemente; tendremos tiempo para arrepentirnos y enmendarnos.»
El Señor derrota continuamente tales cálculos presuntuosos. La muerte abre la puerta sin dar el menor aviso; su paso no se oye, su figura no se ve, hasta que ha apresado a su víctima y la ha llevado más allá del alcance del arrepentimiento o del perdón. Es de esta manera como el Señor ha castigado a los pecadores presuntuosos en tiempos pasados. Lo hará de modo más señalado cuando venga otra vez. Elegirá un momento en el que los hipócritas no tengan la menor sospecha de su acercamiento. Vendrá en un día en que no le esperen y a una hora en que no se den cuenta de su peligro. Pero en aquel día su pueblo le estará esperando, y en aquella hora estará confiando en él; pues dirán al verle: «He aquí, éste es nuestro Dios a quien hemos esperado, y nos salvará; éste es el Señor a quien hemos esperado; nos alegraremos y nos gozaremos en su salvación.» ¿Si viniera hoy en su carro de nubes, podríamos decir: «Le hemos esperado»? ¿Vendría a interrumpir nuestros placeres o a coronar nuestras esperanzas? ¿Vendría a hacernos llorar y crujir los dientes, o a enjugar para siempre toda lágrima de nuestro rostro?
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. Christ describes the end of faithful and unfaithful servants
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.