El fuego que ha de probar la obra de cada uno, de qué clase sea, no es solamente la ira de Dios manifestada en el día postrero, sino su fuego como señal del fuego de la prueba ardiente que tiene lugar en esta vida, y que Dios misericordiosamente trae sobre su pueblo para quemar su madera, su heno y su hojarasca. Y es una misericordia inestimable tener todo este material combustible quemado antes de llegar al lecho de muerte. Las pruebas ardientes, tales como las que Dios envía por medio de aflicciones, tentaciones, sentimientos angustiosos y ejercicios dolorosos del alma, quemarán la madera, el heno y la hojarasca que cualquiera de sus santos haya acumulado como superestructura. La culpa que oprime la conciencia; los terrores del Todopoderoso en una ley ardiente; sus saetas clavadas hondamente en el pecho y que secan el espíritu; los temores de muerte, infierno y juicio; y las terribles consecuencias de morir bajo la ira de Dios; todo esto es parte de la prueba ardiente que quema la madera, el heno y la hojarasca amontonados por los edificadores de Babel sobre el fundamento. Todo se hunde en cenizas negras ante este fuego, que demuestra lo que son y qué refugio tan vano ofrecen en el día de la angustia.
¿Qué es, entonces, lo que resiste la prueba del fuego? La obra de Dios en el alma, la fe que Él implanta por su propio Espíritu. Puede ser débil; tiene que ser probada; puede parecer a veces que apenas existe; y sin embargo, por ser de Dios, resiste toda tempestad y al fin vive. Una buena esperanza por gracia, una esperanza que Dios mismo comunica y sostiene, como un ancla bien probada, resistirá la tormenta; como el oro y la plata, soportará el horno más encendido; perderá su escoria, pero no el material puro, sino que será refinada, purificada y manifestada tanto más como metal genuino. Así también, aquellas «piedras preciosas» (1 Cor. 3:12), aquellas visitas celestiales, dulces manifestaciones, benditas promesas, consoladores descubrimientos y revelaciones gratas del Hijo de Dios, con los susurros de su amor moribundo y sangrante, estas joyas celestiales jamás pueden perderse ni quemarse. Pueden ser probadas, y aun aguda y severamente, pero por ser don y obra de Dios, son en esencia indestructibles.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: June 10
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.