Existen tres preguntas que todo hombre reflexivo se planteará respecto a su estado presente de existencia.
¿Qué soy?
¿De dónde vine?
¿Cuál es mi propósito aquí en la tierra?
Y hay otras tres que no puede evitar formularse a veces respecto al futuro.
¿A dónde voy?
¿Qué seré allí?
¿Cómo me prepararé para la eternidad?
Allí, ante nosotros, a poca distancia, está la sepultura—en cuya obscuridad solemne y misteriosa, ni los sentidos ni la razón pueden lanzar un solo rayo iluminador; ni pueden arrancar de su silencio sombrío un solo susurro de información.
¡Oh, ese futuro tan temible!
¿En qué nos sumergirá aquel primer paso fuera del «escenario de la existencia terrenal»? Para la razón humana sin auxilio, el futuro es una oscuridad ilimitada, inescrutable, sin estrellas, de medianoche—¡sin un solo punto luminoso en todo el espacio infinito!
¿Qué seremos en la eternidad? ¿Quién podrá responder? Piensa en cuán profundamente nos concierne esta pregunta, este misterio—y en comparación con esto—¿qué son para nosotros todas las preguntas de todas las ciencias? ¿Qué son para nosotros todas las investigaciones científicas sobre la naturaleza material? ¿Qué son para nosotros todas las indagaciones sobre la historia de edades pasadas? ¿Qué son para nosotros todo el futuro curso de los eventos en el progreso de los estados y los imperios? ¿Qué nos importa lo que llegue a ser este mismo globo, o todos los sistemas del universo? Qué, dónde, seremos NOSOTROS mismos, es el asunto de interés infinito y superior a todo. ¡Es un asunto de tanta magnitud y solemnidad, que trasciende y abruma nuestra máxima facultad de pensamiento!
El hombre es una criatura capaz de felicidad o miseria, y prueba mucho de ambas en la tierra—y está ansioso por saber cuál será su suerte más allá de la sepura. Tiene conciencia del pecado, y se siente solícito por saber si las consecuencias de su pecado lo perseguirán a un estado invisible.
El mundo, con su sabiduría, no conoció a Dios, ni la inmortalidad, ni el cielo. La razón humana sin auxilio, repetimos, jamás pudo, ni jamás podrá, asegurarnos que exista siquiera un estado futuro. Si pudiera establecer esto, no podría decirnos si se trata de una duración limitada o sin fin. Si pudiera establecer esto, y fuera cierto que ha de haber una existencia perdurable, estaría incapacitada para decirnos si sería un estado de dicha pura, de miseria, o una mezcla de ambas. Si pudiera establecer esto, seguiría siendo incapaz de informarnos cómo ha de obtenerse la felicidad eterna y cómo ha de evitarse la miseria eterna. ¡La razón humana sin auxilio fracasa en cada paso!
El mundo entero anhela una inmortalidad que los libre de la carga de...
sus sufrimientos,
sus afanes, y
sus trabajos.
«Y ahora Él nos lo ha dado a conocer claramente mediante la venida de Cristo Jesús, nuestro Salvador, que quebrantó el poder de la muerte y nos mostró el camino a la vida eterna por medio del Evangelio.» 2 Timoteo 1:10
¡Qué son todos los volúmenes que la filosofía haya escrito, comparados con estas pocas y áureas sentencias! Mediante la cruz de Cristo, la pantalla oscura que obstruía nuestra vista y ocultaba los reinos de gloria a nuestros ojos, queda rasgada, ¡y la visión del cielo y de los siglos eternos se abre ante el ojo de la fe!
La inmortalidad, vista solo como un tenue objeto de esperanza en medio de la oscuridad de medianoche del paganismo, y solo como un tenue objeto de fe en el crepúsculo del judaísmo—se contempla en el esplendor del mediodía del cristianismo en su magnitud y grandeza, como a la vez objeto de una fe firme y constante y de una esperanza viva y salvadora.
¡Es difícil concebir que yo, nacido al modo de la creación irracional; y sostenido por la tierra como ellos—una pobre, frágil y débil criatura de ayer, aplastada antes que la polilla—que, tras unos pocos años fugaces como mucho, he de volver a la tierra de la que surgí y parecer quedar por completo borrado de la existencia—ha de continuar existiendo de algún modo, y en alguna escena de existencia, ¡durante millones de siglos! ¡Cuán totalmente superior a la razón es todo esto, y casi increíble para la fe, cuando contrasta esta maravillosa existencia eterna—con la presente criatura pequeña, insignificante y momentánea—que agota su minúsculo ser en este presente, temporal, terrenal y diminuto mundo!
La felicidad eterna es algo tan vasto, tan admirable, tan magnífico—¡que la razón humana sin auxilio jamás podría haber concluido que este don, tan rico, tan espléndido, tan extraordinario, pudiera concederse a un hijo pecador del polvo!
La gran masa de cristianos profesantes no cree de verdad en la felicidad eterna. Su conducta está del todo reñida con una creencia tal. ¿Está la impronta de la inmortalidad en su carácter o en su conducta? ¿No están infinitamente más influidos por el tiempo presente—que por una eternidad futura? ¿No tiene la tierra infinitamente mayores atractivos para ellos que el cielo? ¿No se invierte todo su trabajo en lo presente—mientras que el futuro sin fin se descuida y se olvida? ¡La inmortalidad no es realmente creída por la gran masa de cristianos profesantes! Es un mero nombre, una opinión, una especulación; ¡cualquier cosa menos una convicción práctica profunda!
Fuente y atribución
Autor original: John Angell James
Título original: Oh, that dreadful future!
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John Angell James, publicado originalmente en Grace Gems.