El cristiano anciano

El gozo del anciano que espera el cielo

El cristiano anciano halla gozo al contemplar el cuidado divino sobre su vida y, al acercarse al puerto eterno, espera el cielo con alabanza y confianza.

Y ¡qué placer tan singular brota también de la contemplación de sí mismo, al considerarse objeto especial del cuidado divino! Ciertamente se ha visto acosado en un lugar y probado en otro; ha formado vínculos que jamás imaginó; su morada fijada en una parte del mundo que durante mucho tiempo le fue desconocida; extraños convertidos en amigos, y amigos convertidos en extraños; pequeños acontecimientos, así llamados, que conducían a otros de mayor importancia, pero todo bajo la dirección del Dispositor de todas las cosas. ¡Con cuánta gratificación puede recordar los males de que ha escapado, los consuelos de que ha gozado, las diversas ocasiones en que han sido suplidas sus necesidades y, en fin, la bondad de la Providencia en mil oportunidades!

El cristiano en la vejez, pues, no carece de gozo. Además de la satisfacción que nace de una amplia visión de una sabia Providencia, su mismo estado y situación a menudo le protegen. Es verdad que sus dolencias le impiden saborear muchos de aquellos consuelos que antes le deleitaban; pero entonces, «si es ajeno a la vivacidad del goce, al mismo tiempo está libre del dolor del deseo violento y con frecuencia decepcionado. Mucha fatiga, mucha vexación, así como mucha vanidad, acompañan a esa turbulencia de la vida en que está empeñada la parte más joven de la humanidad. En medio de esos afanes ardientes y placeres aparentes que les son envidiados, a menudo sienten su propia miseria y miran hacia adelante con anhelo a la estación de la calma y el retiro.

Si la vejez echa en la balanza nuevas aflicciones, también aligera el peso de otras. Muchas pasiones que antes turbaban su tranquilidad se han ahora serenado. Muchas rivalidades que durante largo tiempo llenaron sus días de inquietud y contienda han llegado a su fin. Muchas aflicciones que un día le desgarraron el corazón con violenta angustia se han convertido ahora en una tierna emoción de pesares pasados. Al comienzo de la vida había margen para mucha aprensión respecto a lo que pudiera sobrevenir en su curso. Sus esperanzas se veían interrumpidas por muchas ansiedades y temores. Habiendo terminado la carrera del trabajo y del peligro, su ansiedad debe, por consiguiente, menguar.

A punto de entrar en el puerto eterno, puede mirar hacia atrás, como desde una posición segura, los peligros de que ha escapado, la tempestad por la que fue zarandeado y las multitudes que aún luchan contra la borrasca.

Por último, podemos considerar al cristiano anciano como quien espera el cielo. Ha casi terminado su obra. Su carrera está casi concluida. El conflicto pronto habrá terminado. He aquí cómo, con calma, entrega a sus parientes y amigos al cuidado de Jehová. Su mirada está fija en la morada celestial. Confía en los méritos del Salvador, y, al pasar suavemente hacia la puerta celestial, su corazón se eleva a Dios con alabanzas gozosas, y con acentos celestiales canta:

«Mi Dios, mi eterna esperanza,

vivo de tu verdad;

tus manos sostuvieron mi niñez,

y fortalecieron toda mi juventud.»

Fuente y atribución

Autor original: Charles Buck

Título original: The Aged Christian — parte 6

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Buck, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura