El camino del cristiano

El gozo del creyente en la luz del favor de Dios

La verdadera felicidad del creyente nace del favor de Dios, un gozo que comienza en la tierra y se perfecciona en el cielo, sostenido por su justicia y no por las circunstancias.

La felicidad del creyente consiste en el disfrute de la aprobación de Dios. En su favor hay vida, y en su enojo hay muerte. Lo primero es experimentado en plena perfección por los santos en el cielo; lo segundo, en acaso igual perfección, por los perdidos en el infierno. Unos se regocijan bajo sus sonrisas, y los otros se marchitan bajo sus ceños; y en esto consiste enfáticamente su respectiva dicha y su miseria. Pero Dios está ahora enojado con los impíos todos los días, y también se complace en su pueblo, sobre el cual se regocija con gozo, como el novio se regocija sobre su novia. Así, mientras las sonrisas de Dios constituyen la felicidad del cielo, el creyente, al andar en la luz de su rostro, tiene su cielo comenzado aquí abajo. Su gozo es de la misma naturaleza y brota de la misma fuente que el de los espíritus ya perfeccionados arriba. ¿No deberíamos, entonces, anhelar participar del gozo del cristiano? «Muchos dicen: ¿Quién nos mostrará el bien? ¡Alza sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu rostro! Has puesto en mi corazón más alegría que cuando abunda su trigo y su mosto».

Dichoso, en verdad, puede ser aquel que es bendecido con tal bendición. ¡Cuán razonable es que se regocije en el nombre divino quien posee el favor divino! Sus circunstancias exteriores pueden no ser en nada prósperas; puede sufrir numerosos reveses y verse expuesto a la mayor angustia. Pero, ¿qué dice el profeta? «Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos; aunque falte el producto del olivo, y los campos no produzcan alimento; aunque falten las ovejas del redil, y no haya vacas en los establos, con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación».

Es un prejuicio común contra la verdadera religión el suponer que está asociada con la tristeza y la melancolía, y que sus exigencias son incompatibles con la felicidad. Quienes sostienen esta idea admiten que conduce al cielo en el más allá, pero la consideran poco mejor que una penitencia aquí en la tierra. Reconocen que lleva a sus seguidores a las regiones de la bienaventuranza, pero, a su juicio, por un camino tan sombrío como la sombra de la muerte. Algunas personas piadosas, con su espíritu austero y su semblante adolorido, han contribuido sin duda a fomentar esa impresión; pero es evidente que la tendencia de la verdadera religión es hacer a quienes la profesan, a la vez, santos y felices. «Sus caminos son caminos deleitosos, y todas sus veredas son paz».

Y ¡qué motivo de regocijo ofrece la afirmación: «En tu justicia serán enaltecidos»! Este es el mejor manto con el que son vestidos los pródigos que regresan; es el vestido de boda que capacita al creyente para sentarse a la cena matrimonial del Cordero; es el lino fino, limpio y resplandeciente, que es la justicia de los santos. Vestidos con esta pura e inmaculada vestidura, seremos grandemente enaltecidos: enaltecidos de un estado de alienación a ser amigos, sí, herederos de Dios y coherederos con Cristo; enaltecidos de las tribulaciones y debilidades del tiempo a los tronos y palacios de la eternidad. Tal es la bienaventuranza experimentada, y tal el glorioso destino reservado a todos los que conocen el sonido jubiloso. Oh alma mía, ¿lo conoces? ¿Ha llegado a ti el evangelio, no solo en palabra, sino también en poder, y en el Espíritu Santo, y con mucha certeza? Si es así, puedes bien regocijarte, ¡sí, con sumo gozo!

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: Rejoicing in God

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura