Esta parábola ha sido un gran consuelo para los cristianos mientras esperan la segunda venida del Hijo del Hombre. El Señor había dicho a sus discípulos que pronto estaría ausente de ellos. Han transcurrido muchos siglos, y todavía la iglesia es como una viuda, y todavía Satanás, su gran adversario, tiene permiso para acosarla. Pero, ¿ha sido Dios como un juez injusto? No, sino que ha parecido como si no escuchara las oraciones de su pueblo pidiendo liberación de sus enemigos. Su iglesia viuda ha clamado día y noche diciendo: «Hazme justicia de mi adversario», pero Dios aún no ha respondido esta oración. Todavía no ha atado a Satanás con una gran cadena ni lo ha encerrado en el abismo. Nuestro adversario sigue rondando buscando a quién devorar; sigue procurando, por diversos engaños y artimañas, destruir al pueblo de Dios. ¿Y se le permitirá hacer esto para siempre? No. Llegará el día señalado para la liberación. Dios no dirá, como ese juez injusto: «Mi iglesia me molesta; le haré justicia, no sea que con su venir continuo me cansé». El Señor nunca se cansa de las súplicas de su pueblo, pues ha dicho: «La oración de los rectos es su deleite». Él dirá: «¿Y no haré justicia a mis escogidos, que claman a mí día y noche? ¿Tardaré mucho respecto a ellos?». Entonces enviará a su Hijo desde el cielo para librar a su pueblo y consumir a sus enemigos.
«Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?». ¿Hallará que su pueblo ha creído que él venía? ¿No será como en el día de la resurrección, que aun los que amaban al Señor no se acordaron de su promesa? Los ángeles dijeron a las mujeres: «Ha resucitado, como dijo». Entonces, y no hasta entonces, aquellas mujeres se acordaron de sus palabras. Antes de que Cristo venga de nuevo, muchos se sentirán inclinados a decir, como los dos discípulos que iban a Emaús: «Esperábamos que él fuera el que había de redimir a Israel».
Mientras esperamos ese día, podemos acudir a nuestro Dios en toda hora de angustia. Él puede deshacer, como se expresa en la Liturgia, todos los designios que la astucia o la sutileza del diablo o del hombre urden contra nosotros. Siempre comprobaremos que, al fin, Él dirá: «¿No escucharé a mi hijo afligido que clama a mí día y noche?». Este es uno de los consuelos de sus hijos: tienen un Dios al cual pueden acudir en el tiempo de la tribulación. Él está de su parte; toma su partido. Sea enfermedad o muerte lo que los amenace, sean las persecuciones de los impíos o las tentaciones de Satanás las que los acosan, el Señor es mayor que sus enemigos y puede someterlos. Él los oiría desde el principio; solo que sabe que la espera ejercita su fe. Por eso soporta con ellos. ¿Por qué dio respuestas que parecían severas a la mujer cananea? ¿Por qué no atendió el primer llamado de las hermanas de Lázaro? ¿Por qué permitió que Job se consumiera con larga enfermedad y tristeza? ¿No fue porque se propuso enseñar a sus amados esta difícil lección: que los oye aun cuando parece desatenderlos? Esta lección no la comprenden los pequeñitos en la escuela de Cristo; no soportan las demoras y piensan que son negaciones. Pero a medida que su amor crece, pueden soportar el aparente abandono, e incluso los rechazos, sin sospechar de la bondad de su Padre celestial. Saben que Dios es amor y razonan sobre su amor diciendo: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The parable of the unjust judge
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.