Cada día se elevan a Dios miles de oraciones; miles se han elevado hoy. ¿Han sido todas aceptadas? No; hay oraciones que no son aceptadas. ¿Estamos ansiosos por saber si la oración que elevamos a solas esta mañana fue aceptada o no? ¿O no ofrecimos ninguna?
¿Qué fue lo que hizo tan aborrecible al fariseo? Fue el orgullo de su corazón. Su oración, en verdad, no era oración. Él se jactaba en vez de orar; pero engañaba su propio corazón al poner su jactancia en forma de acción de gracias. No se sentía agradecido cuando decía: «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres». Si se hubiera sentido agradecido, no habría despreciado al pobre publicano. Cuán diferente era el sentir de Pablo cuando dijo: «Por la gracia de Dios soy lo que soy». Cuando somos agradecidos, nos llenamos de compasión, no de desprecio, hacia los menos favorecidos que nosotros.
Cuántos ofrecen oraciones como las del fariseo mientras usan las palabras del publicano. Es posible, con todo el orgullo de un fariseo, golpearse el pecho y decir: «¡Señor, ten misericordia de mí, pecador!». Pero el publicano sentía lo que decía. Se tenía por indigno de aun levantar los ojos al cielo. Se mantenía a distancia del Lugar Santísimo, como indigno de entrar en la presencia de Dios. No sabía lo que nosotros sabemos del amor de un Salvador; pero debió de haber confiado en las promesas de perdón a los pecadores penitentes mediante una expiación, o no habría ofrecido esa humilde oración. ¡Con qué gozo los pecadores penitentes como este publicano reciben las nuevas de un Salvador! En los días del Salvador había tales publicanos, y venían a Jesús y oían su palabra con gratitud.
¡En qué estados tan distintos el fariseo y el publicano volvieron del templo a sus casas! El publicano bajó como pecador perdonado, aceptado por amor de Cristo. El fariseo volvió con la culpa de sus pecados sobre su cabeza, y la de la orgullosa oración que había ofrecido, añadida a su culpa anterior. El orgullo es el pecado más flagrante ante los ojos de Dios. Ha arruinado a multitudes de nuestra caída raza, y ha hundido aun a los ángeles en el abismo sin fondo. ¿En qué estado bajamos esta mañana de nuestro aposento? ¿Bajamos justificados o no? ¿Hemos hecho jamás súplicas tan humildes y fervientes a Dios como las del publicano? ¿Nos avergonzamos de nosotros mismos y de nuestros pecados? ¿Hemos implorado earnestemente la infinita misericordia de Dios en Cristo? Es algo terrible estar sin justificación ni perdón. Levantarse sin justificación, acostarse sin justificación; salir, entrar, sin justificación. Estar expuesto a la muerte en todo momento y, sin embargo, ¡estar sin justificación! Pero este es el estado de todo aquel que no se ha arrepentido de sus pecados y no ha obtenido perdón por los méritos de su Salvador.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The Prayers of the Pharisee and of the Tax-collector
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.