La vida de Cristo para cada día

El letrero de la cruz anunció a Jesús como Rey

Pilato escribió sobre la cruz: «El Rey de los Judíos». En tres lenguas fue proclamado Rey; su trono terrenal fue la cruz, pero reinará para siempre.

Era costumbre escribir sobre la cruz de un malhechor el crimen por el que sufría. Pero Pilato no halló culpa en Jesús; por eso, en vez de inscribir su acusación, inscribió su título: «El Rey de los Judíos». ¿Creía entonces Pilato que el hombre a quien había condenado a muerte era el legítimo soberano de la nación judía? Al parecer sí lo creía, y hasta temía que fuese más que un rey: el Hijo de Dios; pues se nos dice que, cuando los judíos dijeron: «A sí mismo se hace Hijo de Dios», Pilato se atemorizó. ¡Cuán grande fue el crimen de crucificar a Aquel de quien tan altamente pensaba! Acaso intentó satisfacer su conciencia escribiendo aquel título regio sobre la cruz; pero el acto sólo mostró su culpa con luz más fuerte. ¡Cuántos hay que imitan esta parte de su conducta! Hacen lo que saben que está mal, y se figuran que expían su falta afirmando, mientras perseveran en ella, que saben que está mal. Dios no se deja así escarnecer. No se contenta con reconocimientos no acompañados de ningún esfuerzo por obrar con congruencia. Si Pilato no creía que Cristo era el Rey de los Judíos, ¿por qué le dio ese título? Y si lo creía, ¿por qué no le bajó de la cruz? O era mentiroso por escribir lo que no pensaba, o asesino, por crucificar a un inocente. Fue, en efecto, un asesino, porque condenó a uno que sabía inocente; un regicida, porque aquel inocente era un rey; y un deicida, porque aquel rey era el Hijo de Dios. ¡Por qué resbaladizos pasos había descendido hasta el fondo del crimen!

Con todo, el gran pecado de Pilato fue medio para dar gloria a Dios. En la cruz, Jesús fue proclamado Rey. En las tres lenguas más conocidas en Jerusalén quedó escrito el glorioso título. Los judíos lo leían en hebreo; los romanos, en latín; y los de todas las naciones, en griego. Antes de su nacimiento había sido anunciado a su madre como Rey. El ángel Gabriel había declarado: «Reinará sobre la casa de Jacob para siempre». En su infancia, los magos venidos de Oriente preguntaron por toda Jerusalén: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?». Cuando Natanael creyó por primera vez en el verdadero Mesías, exclamó: «Rabí, tú eres el Rey de Israel». Pero la nación que él vino a salvar de las manos de sus enemigos le rechazó. El trono que le dieron fue una cruz. Pero, ¿no reinará jamás sobre su antiguo pueblo? ¿No descendía él de su amado monarca, el victorioso David? Y ¿no fue prometido a David que el Mesías se sentaría sobre su trono? Esta promesa no fallará. Su propio pueblo le reconocerá como Hijo de David y su rey; pues está escrito: «Canta, oh hija de Sion; da voces, oh Israel; gózate y alégrate con todo el corazón, oh hija de Jerusalén; Jehová ha apartado tus juicios, ha echado fuera a tus enemigos; el Rey de Israel, Jehová, está en medio de ti; no verás más el mal». Y ¿acaso es rey sólo de los judíos? Cuando él venga de nuevo habrá «en su vestidura y en su muslo un nombre escrito: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES». ¿Qué será entonces de los que se hayan negado a someterse a su suave dominio?

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The Superscription

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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