Todo el que sufre inocentemente siente como deshonra ser confundido con los malvados. Prefiriría sufrir solo, o con otros inocentes, a ser conducido a la muerte en compañía de criminales. Pero al glorioso Hijo del Hombre se le condujo a la cruz en compañía de dos malhechores. Sus nombres quedaron unidos al suyo en la historia de las ejecuciones de aquel día. Así se cumplió la profecía de Isaías: «Fue contado con los pecadores». ¿No hubiera sido la deshonra de su muerte menor si hubieran crucificado con él a Juan el Bautista o a uno de sus discípulos? Pero la vergüenza era uno de los ingredientes de su amarga copa. La vergüenza es consecuencia del pecado, y el que llevó nuestros pecados llevó también nuestra vergüenza. Su muerte no fue sólo deshonrosa, sino dolorosa. Acaso no hay modo de dar muerte que cause tan prolongado dolor como la crucifixión. La víctima desdichada que iba a ser crucificada era primero extendida sobre la cruz mientras yacía en el suelo. Sus manos y pies eran sujetados por cuatro soldados; luego se clavaba un clavo en cada mano y otro en ambos pies. Después se alzaba la cruz y, con un tirón brusco, se hundía un extremo en un hoyo preparado para recibirla. Las heridas abiertas, expuestas al aire, se inflamaban; la sangre, alterada en su circulación, hacía que la cabeza palpitara y ardiera, y el corazón se sintiera oprimido por un peso insoportable. Esta fue la muerte que David, hablando por el Espíritu Santo, profetizó que padecería su Redentor: «La congregación de los malos me ha cercado; horadaron mis manos y mis pies» — aquellas manos benévolas que habían devuelto la salud y el gozo a tantos desdichados —, aquellos pies benditos que habían hollado tantos caminos ásperos para salvar a pecadores perecientes, y al fin ¡el camino al Calvario mismo!
Pero, ¿sintió el Hijo del Hombre que sufría resentimiento contra los que le clavaban en sus benditos miembros? Escuchen las palabras que pronuncia estando extendido sobre la cruz. ¿Es una queja? ¡No! Es una oración. ¿Ora contra sus enemigos? ¡No! Intercede por ellos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Intercede por los cuatro soldados que habían inferido sus heridas, por la cohorte que le había escarnecido, por la multitud que había gritado: «¡Crucifícalo!». No sabían lo que hacían. Caifás sí sabía lo que hacía; Judas sabía lo que hacía; pero la mayor parte de los enemigos de Cristo pecaron por ignorancia. Con todo, eran culpables, porque amaban la ignorancia. Podía decirse de todos ellos que «amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas». ¿Qué sentirían cuando supieron por primera vez que el hombre a quien habían insultado, atormentado y ejecutado era el Hijo de Dios? Se nos dice lo que algunos sintieron y dijeron. Cuando Pedro, en su sermón, declaró: «A éste, prendido por determinado consejo y anticipada voluntad de Dios, entregasteis, y por manos de inicuos le crucificasteis y matasteis», tres mil fueron compungidos de corazón y dijeron: «Varones hermanos, ¿qué haremos?».
¿Hay alguno de vosotros que pueda recordar lo que sintió al descubrir por primera vez contra qué Salvador había estado pecando toda la vida — al saber que mientras le traspasaba con sus transgresiones, él intercedía por su perdón? Entonces miraste a quien habíais traspasado, y lloraste como quien llora por su único hijo. Aquellas fueron lágrimas amargas que derramaste a los pies del Jesús crucificado; pero fueron lágrimas benditas: las lágrimas del arrepentimiento, tan preciosas ante los ojos de Dios. Pero no fueron las lágrimas las que lavaron vuestros pecados; no, fue la preciosa sangre de Cristo la que hizo vuestras manchas escarlatas blancas como la nieve.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The Crucifixion
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.