«Entonces los fariseos salieron y comenzaron a conspirar con los herodianos sobre cómo podrían matar a Jesús. Pero Jesús se retiró con sus discípulos al lago, y una gran multitud de Galilea le siguió.» Marcos 3:6-7
Apenas podemos imaginarnos cuán amplia era la influencia de Jesús en aquel tiempo. La multitud que le seguía venía no sólo de Galilea, sino también de Judea, del otro lado del Jordán, y aun de las ciudades gentiles de Tiro y de Sidón, y de las regiones que las rodeaban. La muchedumbre era tan grande que Jesús y sus discípulos se retiraron al mar. Él deseaba hacer su obra sin interrupciones. Así tenemos el ejemplo de nuestro Señor para retirarnos a veces de la oposición. No fue falta de valor lo que le llevó a hacerlo. Él sabía que la conspiración de sus enemigos terminaría triunfando al final, pero no por eso iba a desperdiciar su vida. Nada se ganaría con que se quedara en medio de ellos en ese momento. No había testimonio que dar. Además, su obra aún no estaba terminada. Cuando al fin toda su obra estuvo concluida, cuando todas las intrigas habían madurado y Él sabía que los gobernantes estaban a punto de matarle, entonces no se retiró, ni mostró temor alguno ni cobardía.
Hay ocasiones en que el deber nos exige huir del peligro y así salvar nuestra vida para un servicio posterior. Ciertamente nunca debemos buscar el peligro, ni ser temerarios en nuestro valor. En otra ocasión Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la siguiente». La prudencia cristiana es un elemento importante del valor cristiano. Muchas veces se requiere mayor valor para evitar el peligro que para lanzarse de cabeza en él; mayor valor para huir de enemigos airados que para responderles e incitarlos a una ira aún mayor.
El gran rumor de las obras de misericordia y bondad de nuestro Señor se extendió por todas partes, y las multitudes se sentían atraídas a Él. Quien hace el bien a los demás siempre tendrá seguidores. El mundo está lleno de tristeza y de sufrimiento, y los corazones hambre de simpatía. Cuando alguien que tiene un espíritu apacible y una mano cuyo toque trae bendición se presenta entre los hombres, la gente le recibe con agrado. El amor siempre encuentra su misión. Solemos criticar el motivo de ese seguimiento. «¡Por los panes y los peces!», decimos. Pero la gente reconoce a un amigo cuando llega entre ellos; y cuando alguien sufre y ha sido ayudado, no es de extrañar que otros semejantes a él acudan con sus necesidades. Jesús amaba a la gente: ¡ese era su secreto! Los amaba, y ellos lo sabían. La gente siempre sabe cuándo alguien la ama de verdad y con sinceridad.
La bondad de Jesús no se desanimaba por la ingratitud y la enemistad de los hombres. Aunque las malvadas intrigas de sus enemigos le echaron de la ciudad, no por eso dejaron de hacer el bien. Aunque algunos rechazaron su amor, su corazón no se cerró. Capernaúm perdió mucho cuando Él salió por sus puertas; pero sobre las multitudes que le seguían caían las bendiciones de su gracia. La persecución esparce la semilla que se propone destruir. Cuando los primeros cristianos fueron expulsados de Jerusalén, fue sólo para llevar el evangelio a todas las regiones circunvecinas a las que huyeron. «Iban por todas partes, predicando» (Mateo 4:23). La oposición jamás debe silenciar los labios que llevan palabras de vida. Si alguien te rechaza y te desprecia, lleva tu mensaje del evangelio a otro. Siempre encontrarás a algunos dispuestos a recibir la bendición que tienes que dar. Especialmente las personas que tienen «plagas», que se hallan en alguna desgracia o aflicción, están listas para acercarse a quien viene a ellos con un corazón de amor y con el deseo de hacerles bien.
La gente se acercaba a Él para tocarle. Un toque bastaba. Todos los que le tocaban quedaban sanos. La vida fluía de Él a ellos. La salud salía de su vida rica y sana y expulsaba su enfermedad. Así, un toque es siempre suficiente. Cualquiera que toque de verdad a Cristo es sanado. Pero debemos aseguraros de tocarle a Él. No basta con estar en la multitud que se congrega a su alrededor. Sólo son sanados quienes le tocan por fe. No basta con estar en la congregación que adora. Quien está sentado o arrodillado a nuestro lado puede recibir una gran bendición, mientras nosotros no recibimos ninguna. Eso ocurre porque él extiende su mano de fe y toca a Cristo, mientras que nosotros, aunque físicamente tan cerca de Cristo como él, no extendemos la mano para tocarle, y por eso no recibimos bendición alguna.
Deberíamos, como discípulos de Cristo, estar tan llenos de vida y de amor que cualquiera que nos toque reciba una bendición de nosotros. Sólo estrechar su mano es una bendición. Su sola presencia en una habitación de enfermo trae consuelo. Vale la pena ser una persona así. ¿Quieres conocer el secreto? Es el AMOR. Ama a la gente de verdad, sinceramente, genuinamente, y de ti fluirá siempre, hacia cada vida que toque la tuya, una influencia sanadora.
Jesús se detuvo en medio de la multitud y llamó a ciertos hombres para que vinieran a Él. Fue separando a las personas y llamándolas una por una. Así es como Él obra continuamente: se detiene y llama a los hombres para que vengan a Él. Él no llama a una multitud: llama a las personas por su nombre, las llama una por una. Todo el que oye su voz debe responder, dejar la compañía del mundo, dar un paso audaz, cruzar la línea y ocupar su lugar al lado de Jesús.
Hay varias cosas que decir acerca de la manera en que estos hombres respondieron al llamado de Cristo al discipulado.
Respondieron libremente. Aunque Él los había escogido de toda una nación y los había llamado, no impuso sobre ellos ninguna compulsión para que le siguieran. Habrían podido rehusarse si así lo hubieran querido; Cristo nunca escoge a sus discípulos por la fuerza.
Luego, respondieron prontamente. No hubo vacilación. No dijeron nada de pensar en el asunto un tiempo. No hablaron de ser indignos o inmerecedores; no le dijeron que temían no poder cumplir su palabra si prometían ser cristianos. No dijeron: «Mañana iremos». En el momento en que oyeron llamar sus nombres, respondieron.
Y respondieron resueltamente. Siempre que oían el llamado, salían con paso firme y, cruzando el espacio que mediaba entre la multitud y el Maestro, se unían a Él. No lo hicieron en secreto. No esperaron a estar a solas con Él para decirle en voz baja y tímida que habían decidido aceptar su invitación. No se propusieron ser sus discípulos y, sin embargo, permanecer entre sus antiguos amigos y seguir con el oficio de siempre. Se separaron al instante de la gente que los rodeaba y se pasaron a Él, poniéndose por completo en sus manos, para ser suyos y cumplir su voluntad mientras vivieran.
Así comenzaron estos hombres su apostolado, y así debería comenzar todo aquel a quien Jesús llama para ser su discípulo.
Él escogió a los Doce para que estuvieran con Él. Esa es siempre la primera cosa, antes de predicar, enseñar o trabajar para Cristo. Debemos ser discípulos nosotros mismos antes de que Él nos use para hacer discípulos a otros, o para llevar sus mensajes y bendiciones a otros. Él no emplea como siervos suyos a quienes no son sus seguidores. Una razón por la que primero debemos estar con Él es para que seamos enseñados por Él. Los apóstoles aprendieron de su Maestro las cosas que después enseñaron a otros. No podemos hacer obra buena alguna para Cristo hasta que Él nos enseña cómo hacerla.
Él nos enseña por su Palabra, por su Espíritu, por el impacto de su propia vida, por medio de nuestras experiencias. Esta es una razón por la que deberíamos estudiar la Biblia con tanto cuidado: para poder enseñar a otros, con nuestro ejemplo y con nuestras palabras, sólo las cosas que Jesús querría que les enseñáramos. Otra razón por la que necesitamos estar con Él antes de salir a testificar de Él es para que podamos ser testigos suyos de verdad. Nunca podremos impresionar al mundo dando información de segunda mano acerca de Cristo, repitiendo cosas que oímos decir a otros o que leímos en libros acerca de Él. Debemos poder contar lo que hemos visto y aprendido por nosotros mismos, de la comunión personal con Él.
Estos hombres fueron escogidos no sólo para un cargo oficial, sino para el servicio: «para predicar, y para tener autoridad de sanar enfermedades». Esta autoridad para sanar les fue dada para validar su comisión. Cuando Moisés se presentó ante el pueblo y ante Faraón como mensajero de Dios, y le exigieron evidencia de que Dios le había enviado, entonces había de realizar ciertas señales milagrosas delante de ellos, para probar su misión. Así también los apóstoles recibieron poder para hacer obras prodigiosas como credenciales suyas.
Además, aquellas obras de misericordia que realizaban eran ejemplos de lo que el evangelio debería hacer dondequiera que vaya. Decimos que hoy no hay milagros. ¿Es cierto esto? ¿No son sanados enfermos hoy? ¿No son echados malos espíritus? ¿No se abren ojos ciegos, no se destapan oídos sordos, no caminan los cojos, no resucitan los muertos? Si no se producen milagros en el plano físico, ciertamente sí en el espiritual. Los ojos se abren para ver a Dios y las cosas celestiales. Los oídos se abren para oír la voz del Espíritu. Las fiebres de las pasiones se curan. Las enfermedades del alma son sanadas. Los espíritus malignos de la avaricia, la lujuria y el egoísmo son arrojados fuera. Estas son las validaciones de toda enseñanza y predicación. ¡Aún se da poder a los ministros de Cristo y a todos sus discípulos, poder para sanar a los enfermos y echar fuera demonios!
Uno de los hombres escogidos era conocido como Simón, pero Jesús le dio el sobrenombre de Pedro. Estos dos nombres son sugerentes. «Simón» muestra al rudo pescador de Galilea, con toda su impetuosidad, su ignorancia, sus imperfecciones. «Pedro» muestra al apóstol de los Hechos y de las Epístolas: la roca firme y segura; el hombre de gran poder, ante cuya elocuencia llena del Espíritu miles de corazones soberbios se inclinaban, sacudidos como los árboles del bosque ante la tempestad; el alma apacible y tierna cuyas palabras caen como una bendición; el noble mártir que testifica hasta la muerte por su Señor. Estudia los dos nombres juntos para ver lo que la gracia puede hacer con un hombre.
No es difícil tomar rosas, lirios, fucsias y todas las flores más raras, y con ellas formar figuras de exquisita belleza; pero tomar maleza, hierbas secas, hojas marchitas pisoteadas y rotas, y flores descoloridas, y hacer cosas hermosas con tales materiales, es la prueba más exigente de la habilidad. No sería difícil tomar a un ángel y formarlo como un glorioso mensajero; pero tomar a un hombre como Simón, o como Saulo, o como John Newton, o como John Bunyan, y hacer de él un santo y un poderoso apóstol: eso sí que es prueba de poder. Y eso es precisamente lo que Cristo hizo, y ha seguido haciendo desde entonces. Él toma el material más pobre, despreciado y sin valor, muchas veces marginado de los hombres; y cuando ha terminado su obra llena de gracia, contemplamos a un santo más blanco que la nieve.
El escultor vio un ángel en la piedra negruzca, basta y desechada que había sido rechazada y arrojada; y cuando los hombres volvieron a contemplar la piedra, he aquí que allí estaba el ángel, tallado del bloque. En una de las catedrales inglesas hay una ventana, admiración de todos los que la contemplan, hecha por un obrero con los pedazos de vidrio desechados por el maestro. Así el cielo se va llenando de almas glorificadas, reunidas de entre los despreciados y rechazados de la tierra. Nunca deberíamos desanimarnos por nuestra indignidad o por nuestras muchas faltas. Cristo puede tomarnos tal como somos, y en sus manos nuestra vida crecerá en pureza y hermosura hasta que nos presente al fin delante de su trono eterno, sin tacha y perfectos. Sólo hay una cosa que debe preocuparnos: asegurarnos de que estamos en la escuela de Cristo, de que de verdad nos ponemos en sus manos.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Appointing of the Twelve Apostles
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.