"¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?" Mateo 11:3
Ninguna otra pérdida posible en la vida humana es tan profunda, tan conmovedora, tan desoladora, como la pérdida de la vista del rostro de Dios en la oscuridad, el desvanecimiento de la creencia en el mundo invisible, en la paternidad divina, en la bondad eterna, en la vida inmortal. Una de las experiencias más extrañas en la historia de Juan el Bautista fue su duda acerca del mesianismo de Jesús. Hay muchos hombres piadosos que, en ciertas experiencias, tienen semejantes interrogantes.
Una y otra vez, después de un gran dolor, se encuentra a cristianos dudando. En algunos casos la duda toma esta forma: "Seguramente Dios no es el Dios de amor que se me ha enseñado que es, o no habría oscurecido mi vida como lo está haciendo." En otros casos el sentimiento se expresa así: "Dios debe estar castigándome por los pecados que he cometido; o está disgustado conmigo por mis fracasos y descuidos en el deber." O bien, la persona siente que el propio Dios ha fallado en sus promesas. "He clamado a Él, pero me guarda silencio. No mira mi angustia. No tiene compasión de mí. ¡Me ha olvidado por completo!"
Se nos enseña que la nota de gozo jamás debe dejar de oírse en la vida del cristiano, que debemos alabar a Dios en todo tiempo, que debemos regocijarnos siempre. Esa es, en verdad, la manera en que nuestro Maestro quiere que vivamos. Él ha vencido al mundo, y quiere que compartamos su victoria.
Sin embargo, hay tiempos en la vida de muchos creyentes santos en los que, por una causa u otra, el rostro del Padre queda oculto por una temporada. No olvidamos que incluso Jesús mismo, en la terrible oscuridad de su cruz, perdió, al menos por algunos momentos, la conciencia de la presencia divina, y clamó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Un escritor dice que desearía que el evangelista hubiera olvidado anotar este clamor de Jesús en su cruz. Pero podemos alegrarnos de que no lo haya olvidado, pues si alguna vez tenemos una experiencia semejante, sabemos ahora que no es señal de abandono, ya que incluso Jesús una vez sintió lo mismo.
Juan hizo precisamente lo correcto con su duda. No la alimentó en su corazón ni la rumió en su mazmorra. Si lo hubiera hecho, su fe se habría apagado y la amargura de la decepción lo habría abrumado. Ese es el error que algunas personas cometen con sus dudas y preguntas. Las nutren, y las dudas crecen hasta convertirse en nubes negras que apagan toda estrella. Lo que Juan hizo fue llevar de inmediato su pregunta al Maestro. No quería dudar; quería una explicación que le permitiera seguir creyendo. Lo único verdadero para quien tiene dudas es ir derecho a Cristo mismo con ellas. La fe no se pierde; solo hay cosas que no pueden entenderse. Esas el Maestro las aclarará.
Es provechoso aprender cómo Jesús trató la duda de su amigo. No hizo un milagro ni lo sacó de su mazmorra. Cuando estamos angustiados por los caminos de Dios con nosotros y empezamos a pensar que no nos trata con amor, y luego le clamamos: "¿Eres tú en verdad nuestro Amigo, nuestro Redentor? ¿Es esto amor, este extraño camino por el que nos llevas?", puede que Él no cambie su trato hacia nosotros; el dolor puede volverse no menos conmovedor, la tristeza no menos amarga. Esta puede no ser su manera de bendecirnos.
Juan sufría en la prisión por su fidelidad a su Maestro y a la verdad. Pensaríamos que Jesús le habría enviado un mensaje de simpatía en su sufrimiento. Hay gran poder aun en una palabra de aliento, cuando alguien lleva una carga pesada, o atraviesa una lucha feroz, o está en peligro de desmayar y rendirse. Habría parecido propio de nuestro Maestro si hubiera dicho a los mensajeros de Juan algunas palabras aprobatorias acerca de su maestro, que ellos pudieran referirle al volver a la prisión.
Después que se fueron, Jesús sí habló a sus propios discípulos y al pueblo palabras semejantes. Dijo que no debían pensar en Juan como una caña sacudida por el viento, como un hombre a quien la molicie y el lujo habían echado a perder. De todos los hombres que habían nacido, no había ninguno mayor que Juan. ¿No habría hecho a Juan en su prisión más valiente y fuerte para soportar su encierro, si sus discípulos hubieran vuelto diciendo: "Jesús habló muy aprobatoriamente de ti y de tu obra. Dijo esto y esto y esto acerca de ti"? Pero no hubo una sola palabra de tal alabanza, ni una palabra que expresara simpatía por el león enjaulado entre sus cadenas y tras sus rejas.
Jesús sabía mejor cómo tratar a su amigo. Quizá un mensaje suave habría quebrantado al noble héroe. Quizá la alabanza lo habría hecho menos capaz de soportar la soledad de su mazmorra. Nuestro Señor quiere hacernos valientes y fuertes. No nos consiente. Algunas personas viven de cumplidos y adulaciones. Se han acostumbrado tanto a ser alabadas por todo lo que hacen, que si no se les da alabanza, se mortifican y se quejan. Son como niños que han sido recompensados tan a menudo por portarse bien, por aprender sus lecciones, por hacer las tareas del hogar y por mantenerse amables, que si no se les da la recompensa, hacen pucheros y no hacen nada de lo que deberían hacer. La recompensa es dulce, pero trabajar solo por la aprobación es una de las formas más bajas de egoísmo.
Hay personas que quieren ser siempre objeto de simpatía, y se sienten heridas cuando un amigo no responde a cada queja con un "¡Lo siento mucho por ti!" Ningún estado de ánimo es más malsano que este anhelo. Indica una debilidad lamentable, un egoísmo de la clase más cobaraz. Hacemos gran daño a los demás cuando complacemos tales exigencias en ellos. Debemos procurar hacer a nuestros amigos más dueños de sí mismos, en vez de indulgir con sus flaquezas y temores.
Hay un tiempo para la simpatía, pero la simpatía nunca debe ser enervante. Si alguien acude a ti en tu dolor, debe dejarte más capaz de soportar tu dolor, y no con autocompasión en el corazón. El efecto de mucho de lo que se llama consuelo es hacer que el duelo parezca mayor y que el corazón sea menos capaz de llevar su carga. Pero no así consoló Jesús a Juan. El efecto del mensaje que envió fue aquietarlo y asegurarle, darle nueva confianza, y luego capacitarlo para continuar en su prisión con valentía y victoria hasta el fin. Jesús quería que Juan creyera en Él sin ninguna concesión a los deseos de Juan, sin una palabra de alabanza ni de simpatía. No le hizo ni un ápice más fácil el creer. Lo trató como a un héroe, y un héroe se mostró Juan.
Jesús respondió a la pregunta de Juan continuando en su obra de misericordia. La gente se agolpaba alrededor de Él como siempre, trayendo a sus enfermos, sus ciegos, sus cojos, sus leprosos; y a todos los que le llevaban, Él los sanaba. Entonces, después de que los mensajeros estuvieron observando por un tiempo la obra llena de gracia, Jesús les dijo: "Vayan y reporten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven, los cojos andan, los que tienen enfermedades de la piel son sanados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres se les anuncian las buenas nuevas." Esta fue la respuesta a la pregunta de Juan: "¿Eres tú el Mesías?"
Cuando hoy se formulan las preguntas: "¿Cuáles son las verdaderas evidencias del cristianismo? ¿Cuáles son las pruebas más altas de que Jesucristo fue el Hijo de Dios?", la respuesta puede darse con las mismas palabras que el Maestro habló a los mensajeros de Juan. La prueba más fuerte de que el cristianismo es divino está en lo que ha hecho y está haciendo por el mundo. ¿Alguien duda que Jesús fue el Mesías de Dios? Muéstrele lo que el nombre de Jesús ha obrado. Cada hogar dulce en tierras cristianas es una evidencia del cristianismo. Cada hospital, cada asilo, cada institución de caridad, cada orfanato, cada escuela para niños con discapacidades intelectuales, cada hogar para ciegos, es una evidencia de que aquel que vino era en verdad el Ungido de Dios.
Hay tres cosas acerca de dudar de las cuales podemos estar seguros.
Una es que nuestro Maestro es muy paciente con nosotros cuando nos cuesta creer. No siempre es así con nuestros amigos humanos. Algunos de ellos se impacientan ante cualquier pregunta que implique incertidumbre de fe. Hay hombres buenos que resentirían aun la duda más sincera en otros como si fuera un pecado grave. Pero Jesús jamás tratará nuestras dificultades para creer de esa manera. Podemos decirle precisamente lo que no entendemos y por qué no podemos del todo creer, y Él nos escuchará con paciencia, nos explicará lo difícil y nos enseñará la fe. Nunca debemos temer llevar a Él cualquier duda o pregunta que nos inquiete.
Otra cosa para recordar es que, si bien Jesús es muy paciente con la duda sincera y nos trata con gentileza, nos privamos de un gozo y una bendición incalculables cuando cedemos a los interrogantes. Las dudas son nubes en el cielo que ocultan el azul y nos impiden ver las estrellas. La fe es infinitamente mejor que la duda. Nos muestra la gloria del cielo; enriquece sobremanera toda bendición humana; convierte la vida en un canto y un triunfo.
Esto, también, no debemos olvidarlo: la duda nunca es necesaria. No lo fue en el caso de Juan. Nada estaba yendo mal con el mesianismo de Jesús. Nada estaba realmente yendo mal con las circunstancias propias de Juan. Eran muy duras, es cierto, pero Juan estaba cumpliendo su misión. Si hubiera podido ver todas las cosas como aparecían desde el trono de Dios, su duda se habría convertido en fe gozosa. Hay cosas dolorosas en toda vida, en algún momento, en algún lugar. Solo vemos un lado de la experiencia. O leemos la historia por entregas solo en parte, sin esperar los capítulos finales, y en algún punto oscuro empezamos a dudar de la bondad y el amor de Dios. Solo necesitamos esperar un poco más, y veremos la belleza. Aquí es donde la fe gana su victoria. La fe tiene tal confianza en el poder, la sabiduría y el amor de Dios, que no importa cómo parezcan las cosas, confía y canta. Debemos procurar perder todas nuestras dudas en el gozo de creer.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Master and the Doubter
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.