Algunas personas se sienten afligidas y desalentadas por los obstáculos y las dificultades. Las consideran estorbos en el camino de su progreso. Para ellos, la vida ideal sería una sin oposición ni antagonismo, con sólo circunstancias favorables, sin nada que impida su avance, sin tareas pesadas, sin luchas, sin penalidades, sin decepciones.
Pero aun si tal vida fuera posible, sería el más desafortunado el que la experimentara. Ninguno de nosotros sabe ni imagina cuánto debemos a las resistencias que encontramos.
Si aprender fuera fácil, nuestras facultades mentales nunca se desarrollarían. Si el trabajo no fuera necesario, nuestros cuerpos nunca crecerían en vigor y fuerza. Si fuéramos puestos en este mundo para no hacer nada, sin responsabilidad, sin cargar con parte alguna de las cargas del mundo, sólo para ser cuidados como las aves, nunca seríamos más que niños en carácter y experiencia. Si no fuera necesario que eligiéramos entre el bien y el mal, entre lo bueno y lo malo, tendríamos sólo la inexperiencia no probada de la inocencia, sin vigor moral, sin una fuerza probada y disciplinada. En toda la vida, el crecimiento se alcanza mediante el esfuerzo, la exertión y la lucha. La vida fácil no hace nada de sí misma. Los obstáculos, contra los cuales muchos se irritan, en realidad ofrecen oportunidades doradas para el desarrollo.
Es importante que comprendamos bien esta ley de la vida. Hay quienes siempre consideran los obstáculos como verdaderos males. Algunas personas incluso comienzan a dudar del amor de Dios cuando se encuentran cara a cara con condiciones difíciles, cuando son llamadas a enfrentar pérdidas o pruebas dolorosas. Se desalientan al descubrir lo difícil que es ser fieles a Dios y leales al deber.
En realidad, sin embargo, las cosas difíciles son pruebas del favor de Dios. Si nuestro mejor amigo es aquel que procura formar algo de nosotros, y no el que nos haría las cosas fáciles, seguramente la amistad de Dios se muestra en las experiencias difíciles en las que serán desarrollados y entrenados el hombre o la mujer que hay en nosotros. Cuando Dios hace necesario que luchemos, que llevemos cargas, que peleemos batallas, que pongamos a prueba todas nuestras facultades, nos está dando una oportunidad para crecer.
Vale la pena, por tanto, que consideremos el significado de los obstáculos y las dificultades a medida que entran en nuestra experiencia. No son obra de un enemigo. No debemos considerar que vienen a cortar nuestro progreso, a bloquear nuestro avance. Al menos muchas de las cosas opuestas que encontramos están destinadas a ser vencidas; por eso vienen a nuestro encuentro. Guardan en sí mismas secretos de bendición, de bien, de fuerza, de experiencia, que hemos de tomar de ellas en nuestra propia victoria sobre ellas.
Las mejores cosas de la vida se ganan en campos de lucha.
En las cartas a las siete iglesias del libro de Apocalipsis, los honores gloriosos que se ofrecen son todos premios para los vencedores. En cada caso, es «al que vence» a quien se prometen las bendiciones. Se encuentran más allá de los campos de batalla, y debemos pelear para alcanzarlas.
Nos perderíamos, por tanto, muchas de las mejores cosas de la vida si consideráramos todos los obstáculos de nuestro camino como límites providenciales fijados a nuestro progreso. En vez de ser límites, están destinados a ser superados. Esconden dentro de sí buenos dones de Dios para nosotros, que perderemos si no luchamos por dominarlos. Nada que realmente valga la pena puede alcanzarse fácilmente. Debemos pagar un alto precio por todas las mejores cosas de la vida. Son los tesoros que más nos cuestan los que más nos enriquecen. El oro más fino y puro se halla más profundo y es el más difícil de encontrar y extraer.
Debemos asegurarnos, entonces, en primer lugar, que el obstáculo que parece bloquear nuestro camino no sea uno que Dios realmente quiere que dominemos, tomando de él su botín de bendición.
La vieja historia de la lucha de Jacob ilustra esto. No fue un enemigo quien se encontró con el patriarca aquella noche junto al Jaboc, aunque parecía oponérsele y pronto se aferró a él como en una lucha a vida o muerte. El luchador era el mensajero de Dios, y tenía una bendición para Jacob, pero sólo podía obtenerse en una lucha victoriosa. Toda la noche continuó el combate. Al fin Jacob prevaleció, no por la fuerza física, sino en realidad al ser derrotado. Salió cojeando del lugar de la lucha, pero había una nueva luz en sus ojos y un nuevo poder en su corazón; había obtenido una bendición en su lucha.
Esta historia es una parábola de todos los obstáculos de la vida. Parecen enemigos empeñados en hacernos daño, pero en realidad son nuestros amigos que llevan dones y bendiciones divinos para nosotros, los cuales, sin embargo, sólo podemos obtener en luchas victoriosas. Muchas veces, también, quedamos lisiados en la feroz contienda, pero el menguar de nuestra fuerza natural es la marca de un nuevo poder en nosotros. El Jacob cojo era ahora Israel, un príncipe con Dios.
Pero no siempre nuestra lucha es victoriosa. Hay en cada vida sincera obstáculos que se convierten en barreras insuperables en nuestro camino. Por más que nos esforcemos, no podemos superarlos. La puerta se cierra en nuestro rostro y no podemos abrirla. La fuerza humana nada puede. Somos derrotados y no podemos hacer otra cosa que someternos.
Ahora bien, la cuestión es: ¿son estos esfuerzos inútiles verdaderos fracasos? ¿Hemos pecado por no haber triunfado? ¿No debimos haber sido victoriosos? ¿Hay vergüenza en que nos hayan hecho retroceder o nos hayan mantenido a raya? La respuesta es que si hemos hecho lo mejor para vencer y aun así quedamos cortos, podemos aceptar nuestro fracaso como la voluntad de Dios para nosotros. Entonces descubriremos que la bendición que pensábamos obtener al vencer se hace nuestra en la derrota. Es decir, el que Dios nos niegue lo que buscabamos fue un bien mayor de lo que habría sido concedernos lo deseado. Quizá era algún favor o tesoro terrenal que anhelábamos. Si hubiéramos logrado obtenerlo, tal vez no habría resultado una verdadera bendición al fin. Quizá estábamos destinados a obtener la bendición en el esfuerzo, y luego en la disciplina de la sumisión, cuando después de todo el premio no fue alcanzado.
Creemos en la Providencia de Dios: que hay una Mano que se mueve entre todos los asuntos de la vida, dirigiéndolos y ajustándolos de tal modo que, para cada uno que ama a Dios, el bien se realiza continuamente. Encontramos consuelo en el pensamiento de que cuando fallamos, es nuestro Padre quien no nos permite triunfar; que es él quien levanta la barrera y cierra la puerta en el camino que tan afanosamente procurábamos entrar. Ciertamente podemos creer esto de los obstáculos invencibles: lo inevitable es con claridad la voluntad de Dios para nosotros. Podemos creer, asimismo, que la verdadera bendición está, entonces, en el no tener, más que, como suponíamos, en el tener.
Algunas flores tienen veneno mezclado en su copa de fragancia; arrancar la flor sería respirar la muerte. El lugar que nos esforzamos tanto por ganar, y que imaginábamos habría sido ideal por su honor y su oportunidad, habría resultado un nido de espinas, con complicaciones y perplejidades que habrían hecho miserable nuestra vida. El dinero que esperábamos haber ganado nos habría traído más lujo y comodidad, pero habríamos perdido algo de nuestra fervor espiritual si lo hubiéramos obtenido. Con demasiadas personas, el crecimiento de las posesiones mundanas se logra a costa de una pérdida correspondiente de los anhelos celestiales.
La vida muchas veces es lo suficientemente larga como para permitir que hombres piadosos, en años posteriores, den gracias a Dios por experiencias que en años anteriores lloraron como amargas decepciones y pérdidas irreparables. El arado parece causar una destrucción desesperada a medida que abre su surco por el campo. Pero no pasa mucho tiempo antes de verse que lo que parecía ruina es en realidad un proceso de renovación de vida y belleza. Y al cabo, una dorada cosecha ondea en el campo.
Hemos encontrado un gran secreto de paz cuando hemos aprendido a ver la mano de Dios tanto en la concesión de favores como en la negación de lo que buscábamos y en el quitarnos nuestras alegrías entrañables. Job dijo que fue el Señor quien le quitó sus bienes y sus hijos, y en esta creencia descansó y cantó. Podemos estar seguros de que nada puede perderse en las manos de Dios. Cuando él quita de nosotros nuestras alegrías y tesoros, están seguros bajo su cuidado. Y que después de un tiempo nos los devolverá de tal manera que podremos conservarlos para siempre.
De otra cosa podemos estar seguros también, cuando vemos la mano de Dios en el quitarnos las cosas que amamos: que hay compensación, alguna cosa mejor en lugar de lo que es quitado. Podemos ser más pobres por lo que se nos ha quitado, pero lo que Dios hace por sus hijos lo hace en amor. No necesitamos afligirnos buscando sus razones; es mejor para nosotros creer con tal confianza en el amor de nuestro Padre, que ni una sombra de duda ni de temor pase jamás sobre nosotros, cualquiera que sea la decepción o el fracaso de la esperanza. Cuando Dios cierra una puerta, es mejor que esté cerrada; no hallaríamos ningún bien verdadero en forzarla. Cuando Dios nos quita algo, es mejor así; no lo dudemos. Algún día todo nos será claro, en parte en este mundo, sin duda, y todo ello desde las colinas del cielo.
Nunca debemos temer que Dios, en su amor, estropee ninguna de nuestras bendiciones. A veces nos sentimos tentados a pensar que lo hace. Nos da algo muy dulce, y justo cuando hemos comenzado a admirar su valor, cuando se ha vuelto necesario para nuestra felicidad, casi para nuestra propia vida, ¡lo quita! En nuestro profundo sentido de pérdida decimos que no podemos ver cómo puede haber bondad o amor en tal quitar de un don necesario. No podemos ver, pero podemos confiar con seguridad en Dios, que tanto lo dio como luego lo quitó. Cuando recibamos de nuevo la bendición, será tanto mejor por haber sido retirada por un tiempo.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Ministry of Hindrances
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.