Fuerza y belleza

La verdadera prueba del carácter en la derrota

La manera en que enfrentamos la derrota revela quiénes somos en realidad; aprender a regocijarse en el triunfo ajeno y a crecer en Cristo aun en el fracaso es la mayor victoria del alma.

La decisión de los jueces en cualquier competencia indica hacia dónde va el honor. Entonces comienza otra prueba: una prueba del carácter. Los propios concursantes quedan ahora a prueba. Por la manera en que soportan, respectivamente, la victoria y la derrota, revelan qué clase de personas son.

Un joven universitario escribe a un amigo acerca de un concurso intercolegial de oratoria, en el que ocupó el cuarto lugar en vez del primero, como había esperado. Había sido elegido para representar a su universidad y siente la vergüenza de la derrota, no tanto por sí mismo, sino porque sus compañeros le habían confiado el honor de su institución, y él no había logrado ganar para ellos la codiciada corona. Sin embargo, escribe de la cuestión de manera varonil. No hay en su carta una sola sílaba de queja por alguna injusticia, ni la más leve insinuación de que la decisión de los jueces haya sido injusta, ni una palabra que menoscabe los méritos del competidor victorioso. Aunque él mismo está decepcionado, demuestra que puede alegrarse del éxito ajeno, aun a costa del suyo, y escribe en un tono que le hace alto honor.

Todos debemos enfrentar la decepción y experimentar la derrota de alguna manera y en algún momento. La vida está llena de competencias en las que muchos contienden, pero solo uno gana el premio. Tanto en el caso del ganador como en el del perdedor, hay una oportunidad espléndida para una conducta noble y hermosa. A veces el concursante victorioso se comporta de tal manera que empaña o mancha triste­mente el honor que ha ganado. Muestra un espíritu de vanidad y de presunción, se infla con su éxito y se jacta de su logro. Así, el concursante exitoso, aunque luce sus laureles, puede sufrir en sí mismo una derrota mucho peor que si hubiera fracasado en la competencia. Ha fracasado en la virilidad y en la verdadera nobleza de espíritu, ¡y ese es el género más triste de fracaso que se puede padecer!

Hay un versículo bíblico que dice que el que domina su propio espíritu es mayor que el que toma una ciudad. El dominio de sí mismo es el más noble heroísmo y el logro más alto de la vida. El ganador de la carrera añade aún mayor honor a sus éxitos cuando se conduce con dignidad, sin jactancia, con modestia y humildad serenas, con delicada consideración hacia los sentimientos de aquellos a quienes ha vencido.

Por otra parte, el perdedor del concurso despoja a su derrota de toda humillación o deshonra cuando la enfrenta de manera viril y noble. Con demasiada frecuencia, sin embargo, el hombre que fracasa en la competencia fracasa aún más seriamente en el modo de soportar su derrota. Cuestiona la legitimidad de la decisión. Habla con desdén de su competidor triunfador y de su desempeño. Insinúa que se ejerció una influencia indebida sobre los jueces. O bien se enfrasca en el resentimiento, mostrando heridas, como si hubiera sido profundamente agraviado. De estas u otras maneras, sufre una segunda derrota mucho más humillante y deshonrosa que aquella por la cual perdió el premio que ambicionaba: una derrota de la virilidad y del carácter, que lo muestra lastimosamente falto de algunas de las más nobles cualidades de la vida.

Hay consideraciones que atenúan el aguijón de la derrota, cuando uno ha hecho verdaderamente lo mejor que pudo y luego tiene que permitir que otro se lleve el honor que él quería ganar. Hay muchos concursantes, y solo uno puede triunfar. Desde el principio se sabe que todos, menos uno, de los que se esfuerzan con tanto ahínco, habrán de decepcionarse. No es más difícil para uno ser derrotado de lo que lo sería para otro. Un hombre noble se regocija en el honor del otro. Hay una enseñanza bíblica que nos manda preferirnos los unos a los otros en honor; es decir, estar más que dispuestos a que el otro lleve el honor en lugar de nosotros.

De ningún modo es una lección fácil de aprender: alegrarse del progreso ajeno cuando eso significa que debemos aceptar el lugar inferior. Sin embargo, una vez aprendida, introduce un gozo dulce en el corazón. Los mansos heredarán la tierra, dijo nuestro Señor. La mansedumbre no disminuye el empeño del concursante. Él da lo mejor de sí. Pone toda su alma en la contienda, decidido a ganar si está a su alcance. No obstante, reconoce el mismo derecho a sus compañeros de competencia. Si, entonces, uno de ellos lo supera, ¿por qué habría de entregarse a pensamientos o sentimientos amargos? Si él hubiera sido el vencedor, habría esperado que sus compañeros le concedieran el honor con alegría y se regocijaran en su victoria. Ahora que otro ha ganado el premio, ¿por qué no habría de ser magnánimo y alegrarse en el honor de su camarada? La Regla de Oro se aplica aquí.

Así, hay una doble prueba en curso en todas las competencias entre los hombres: una prueba de capacidad, de fuerza o de habilidad, según el caso; y una prueba del hombre mismo. En el modo en que enfrenta la derrota, muestra qué clase de hombre es. Cualquiera puede cantar y estar alegre cuando ha tenido éxito. Pero ser superado por otro y, no obstante, conservar la dulzura, sin pronunciar palabra de queja, permaneciendo gozoso y cantor, requiere mucho más valor y fortaleza, y constituye una prueba mucho mejor de carácter noble.

Estamos en este mundo no simplemente para adelantar, sino para ascender. Hay, sin embargo, demasiadas personas que conciben el éxito únicamente como adelantar en los caminos del mundo, y que no tienen un ideal más alto. Con todo, nada es más triste que ver a un hombre enriquecerse cada día, avanzar en su rango según el criterio del mundo, y, sin embargo, en su vida real volverse cada día menos noble, menos digno. Cada experiencia debería hacernos algo mejores, debería sacar a relucir en nuestro carácter algún nuevo matiz de hermosura y desarrollar en nosotros alguna nueva faceta de semejanza a Cristo. El hombre que no sabe soportar la derrota no está en buena condición para enfrentar las luchas de la vida. Nada puede ser mejor para él que derrota tras derrota, hasta que haya aprendido su lección.

Cada sendero tiene sus bajadas así como sus subidas. Cuando un hombre escala hacia la cima de una montaña, suele comenzar muy lejos el ascenso. Primero vienen las estribaciones y las cordilleras más bajas, con valles intermedios. La elevación no es continua. A veces va subiendo hacia la cumbre reluciente, y luego desciende hacia un valle. De nuevo asciende, y luego desciende. Pero todo el tiempo está realmente escalando hacia lo alto, cada colina sucesiva un poco más alta que la anterior, hasta que, andando el tiempo, alcanza la más alta, la cima resplandeciente: la meta de su largo y penoso viaje.

Así es en una vida verdadera. El curso nunca es un ascenso continuo. Avanzamos, y luego debemos volver el rostro hacia abajo por un tiempo, cuando parece que perdemos, que retrocedemos. Pero si estamos viviendo como debemos vivir, de manera noble y victoriosa, siempre estamos en realidad avanzando. Cada día nos encuentra un poco más adelante en las cosas dignas y nobles de lo que estábamos ayer. Es posible parecer fracasar y, sin embargo, ser victorioso en el sentido más alto. Un hombre puede perder dinero y, con todo, ganar en carácter. Su negocio puede no tener éxito, pero si entre tanto se ha mantenido sin mancha del mundo y ha vivido recta y honradamente delante de Dios, ha sido un hombre próspero.

No es en las cosas que uno hace en la vida donde se registra de manera infalible la medida de su progreso. El registro verdadero está dentro, en lo que ocurre en el propio corazón. La pregunta final no es: ¿qué has hecho?, sino: ¿qué se ha hecho en ti? Seas en fracasos o en éxitos, en derrotas o en victorias, en adversidad o en prosperidad, ¿estás volviéndote cada vez más noble, más amable, mejor, más desinteresado, más amoroso? Ese debería ser el resultado de todas las experiencias de la vida.

Es posible salir victorioso en toda competencia y triunfante en toda empresa, ascender de continuo entre los hombres en las cosas con las que el mundo mide a los hombres, y, sin embargo, ir perdiendo de continuo en las cosas que pertenecen a la belleza moral y espiritual. Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza: estas son las cualidades en las cuales debemos crecer si en verdad queremos avanzar en la vida, tal como Dios nos ve. Y es posible que un hombre progrese en estas cualidades de su vida interior aun en medio del fracaso terrenal.

En efecto, es verdad que los hombres aprenden muchas veces sus mejores lecciones en la escuela de la derrota. La naturaleza orgullosa que hay en todos nosotros necesita ser disciplinada antes de alcanzar lo mejor y más maduro, y la disciplina por lo general no se logra sin muchas lecciones de humildad. Somos por naturaleza orgullosos, vanidosos y seguros de nosotros mismos, y no necesitamos tanto como experiencias que nos revelen nuestra propia debilidad y limitación. El éxito continuo y la victoria en nuestra propia vida no harían sino inflar aún más nuestra miserable presunción y nutrir en nosotros cualidades que solo afean la hermosura de nuestro carácter. La mejor escuela para nosotros es la escuela de la derrota, donde se nos hacen conscientes de nuestras debilidades y se nos cura de nuestra lastimosa vanidad y presunción. El terrible fracaso de Pedro hizo de él un hombre. La seguridad en sí mismo con la que entró en su tentación quedó abandonada en el polvo donde había caído, y volvió, cierto es, zarandeado: un hombre más pequeño en su propia estima, pero un hombre mucho mejor.

Sin embargo, la derrota no siempre trae disciplina. Los hombres no siempre se levantan del polvo más fuertes. A veces el fracaso conduce al desaliento, que se oscurece hasta volverse desesperación. Todo depende del modo en que uno enfrenta la experiencia amarga. Solo cuando el espíritu es inconquistable, uno se levanta de nuevo de la derrota: humillado y castigado, pero no quebrantado, dispuesto a nuevas luchas. Pero si estamos siquiera vagamente conscientes del esplendor y la gloria de la vida que hay en nosotros, de sus posibilidades divinas y de la ayuda de Dios que está siempre a nuestro alcance, jamás deberíamos desesperar ni por un instante, ni considerar final ningún fracaso. Deberíamos aprender nuestra lección y marchar con calma y firmeza hacia delante, hacia las nuevas luchas que nos aguardan, con la confianza de que al final seremos más que vencedores por medio de Cristo, que nos ama.

Alguien ha dicho: "El pecado que nos asedia puede convertirse en el ángel guardián. ¡Demos gracias a Dios de poder afirmarlo! Sí, este pecado que me ha enviado al lecho cansado y desalentado y al trabajo matutino con el corazón desesperado, puede ser conquistado. No digo aniquilado, sino mejor que eso: conquistado, capturado y transfigurado en un amigo. De modo que, al fin, yo pueda decir: 'Mi tentación se ha vuelto mi fortaleza; porque a la misma lucha con ella debo mi nobleza'."

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: In Time of Defeat

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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