Es muy interesante observar la providencia de Dios respecto al lugar del nacimiento de Cristo. El profeta Isaías había dicho que el Salvador nacería en Belén. Sin embargo, María vivía en Nazaret, a unos setenta millas de distancia de Belén. Dios podría fácilmente haber mandado a María ir a Belén; pero en lugar de hacerlo, hizo que ocurrieran circunstancias que la indujeran a ir allí. El gran emperador de Roma, que poseía todos los principales países del mundo, y entre ellos Canaán, la tierra de los judíos, deseó en aquel tiempo contar a sus súbditos. Envió una orden para que sus nombres fueran inscritos en un censo. José, por ser descendiente del rey David, fue a la ciudad de Belén, de donde provenía David, para inscribir su nombre, y María su esposa lo acompañó.
César Augusto, el emperador de Roma, poco sabía que con este decreto estaba haciendo que se cumpliera una profecía acerca del Hijo de Dios; pues él no conocía nada del Dios verdadero ni de su palabra. Pero nosotros, que leemos la historia, debemos admirar los caminos de Dios: ¡con cuánta facilidad puede llevar a cabo todo lo que ha determinado hacer!; pues él es "grande en consejo" (o en hacer planes) "y magnífico en obra" (Jeremías 32:19), o en llevar sus planes a cabo. Es, por tanto, muy incrédulo de nuestra parte inquietarnos por el futuro, pues no hay nada que podamos desear que Dios no pudiera fácilmente hacer que sucediera; y si no lo lleva a cabo, es porque lo que deseamos no concuerda con sus propios designios sabios y graciables.
Cuando María llegó a Belén, tuvo que alojarse en un establo, pues la posada estaba llena, ya que muchas personas habían venido también para inscribir sus nombres. Así sucedió que su santo bebé nació en un establo y fue acostado en un pesebre. ¿Nos sorprende que el glorioso Hijo de Dios fuera así recibido en este mundo? Recordemos por qué vino. No a disfrutarse a sí mismo, sino a salvarnos. Para salvarnos, dos cosas eran necesarias: que él obedeciera la ley de Dios, que nosotros habíamos quebrantado, y que sufriera el castigo debido a nosotros por quebrantarla.
A fin de hacer estas cosas, fue siempre colocado en circunstancias de sufrimiento. La pobreza y el desprecio lo nutrieron en su infancia. El palacio más espléndido de la tierra habría sido una morada demasiado humilde para aquel a quien el cielo de los cielos no puede contener. Pero en vez de abrir sus ojos infantiles en un palacio, los abrió en un establo. Fue maravillosa condescendencia de aquel que era igual a Dios el habitar con los hombres; pero en el establo estaba rodeado de animales. ¡Qué debieron sentir los ángeles que lo habían adorado en el cielo al verlo así humillado! Sin embargo, este trato no era comparable al que después soportó en el Calvario. A cada paso que dio por este mundo, su camino se volvía más áspero; su primera cama fue un pesebre, pero su última fue una cruz. Y fueron hombres, a quienes él vino a redimir, quienes lo trataron así. ¿Y no lo hemos tratado todos de la misma manera, echándolo de nuestros pensamientos y crucificándolo con nuestros pecados? Sí, todos somos culpables delante de Dios, y Jesús solo es justo. Pero él no es justo para sí mismo, sino para nosotros; tampoco sufrió por sí mismo, sino por nosotros. Él fue echado fuera, para que nosotros fuéramos admitidos. Fue rechazado por los hombres, para que fuéramos aceptados por Dios.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The birth of the Lord Jesus Christ
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.