La vida de Cristo para cada día

El niño Jesús entre los doctores del templo

A los doce años, Jesús ya estaba entregado a los negocios de su Padre, llamándonos a promover la gloria de Dios por encima de agradarnos a nosotros mismos.

Solo oímos una historia de nuestro Salvador en su niñez. Quisiéramos saber muchas particularidades acerca de él en su vida temprana, pero el Espíritu Santo ha hecho que conozcamos lo más necesario, y es más necesario que sepamos lo que Cristo dijo e hizo cuando fue ministro que cuando era niño. Hallamos que sus padres solían asistir a la Pascua en Jerusalén cada año. Los hombres tenían el mandato, y las mujeres tenían permiso de asistir a esta fiesta. A los doce años era costumbre que los muchachos comenzaran a acompañar a sus padres, y a esa edad nuestro Señor acompañó a los suyos. La fiesta de la Pascua duraba siete días, durante los cuales se comía pan sin levadura. Los padres de Jesús cumplieron los días de la fiesta; es decir, permanecieron siete días en Jerusalén y luego emprendieron el regreso. Había una gran compañía de gente que volvía a Nazaret, distante unos setenta y seis kilómetros de Jerusalén. Al principio los padres de Jesús supusieron que el niño estaba con algunos de sus amigos; al llegar la noche, lo buscaron y no lo hallaron. Volvieron con el corazón apesadumbrado a Jerusalén y lo encontraron en el templo. En total no lo habían visto durante tres días: habían caminado una jornada y regresaron durante otra, y lo volvieron a ver al tercero. ¿Qué hacía Jesús en el templo? Estaba sentado en medio de los doctores. Estos doctores eran hombres instruidos en las Escrituras, que las explicaban al pueblo, pero en general no eran hombres piadosos. ¿Estaba Jesús enseñando a los doctores? Lejos de ello. Estaba escuchándolos, pues era costumbre de estos maestros instruir a los jóvenes, haciéndoles preguntas y respondiendo sus consultas.

Naturalmente nos preguntamos por qué Jesús no avisó a sus padres de su intención de quedarse más tiempo en Jerusalén. Sin duda sabía que era la voluntad de su Padre celestial que no se lo dijera, pues no les habría causado un dolor inútil. Probablemente Dios quiso recordar a María, mediante este suceso, que su Hijo había venido a este mundo para hacer una gran obra, y que ella debía esperar hallarlo continuamente ocupado en ella. Todo padre debería estar dispuesto a entregar a sus hijos para el servicio de Dios y a separarse de ellos hasta la distancia, aun como misioneros en tierra lejana, si esa es la voluntad de Dios. Cuando a la madre del famoso Wesley le preguntaron si estaba dispuesta a separarse de sus dos hijos para que fueran como misioneros a América, respondió: «Si tuviera diez hijos, me regocijaría de que estuvieran así empleados». María reprendió suavemente a su Hijo por haberles causado tanta ansiedad a ella y a José. Nuestro Señor respondió: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?». Esta respuesta estaba llena de la dignidad que le correspondía como Hijo de Dios. En su obediencia a su madre en otras ocasiones, dio ejemplo a todos los hijos; pero en su conducta en esta ocasión actuó como correspondía al Rey de reyes y Señor de señores.

¿Cuál era el negocio que nuestro Salvador dijo que su Padre le había dado que hacer? Podemos descubrirlo en otras partes de las Escrituras. ¿Para qué descendió Jesús del cielo? ¿Fue para su propio placer? No, fue para hacer la obra de su Padre. Esta obra era la salvación del hombre pecador. Para consumar esta salvación, cumplió la ley que nosotros habíamos quebrantado y sufrió el castigo debido a nosotros por quebrantarla. Comenzó a cumplir la ley tan pronto como vino a este mundo. Aun siendo un niño de doce años, estaba entregado a su gran obra. Por eso dijo a sus padres: «¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?». ¿Nos ha enviado Dios en algún negocio? ¡Sí! Ha asignado a cada uno de nosotros una obra que realizar. Obra gloriosa es, una obra en la que los ángeles están siempre ocupados y de la que nunca se cansan. No es consumar nuestra propia salvación: esa obra Cristo la hizo por todos los que creen en él. Es promover la gloria de Dios nuestro Padre. Y sin embargo, ¿quién que mirara alrededor y observara las acciones de los hombres imaginaría que tienen esta obra que hacer? ¿Cuáles son las cosas por las que los hombres parecen más ansiosos? ¿No parece cada uno decir con su conducta: «¿Cómo me agradaré a mí mismo?», o «¿Cómo me enriqueceré?», o «¿Cómo me haré famoso?». ¡Cuán pocos se comportan como si su principal deseo fuera agradar a Dios! ¿Y no es muy pecaminoso ser descuidados en agradar a aquel que envió a su Hijo a morir por nosotros? Cuando aquel excelente ministro, el doctor Payson, estaba en su lecho de muerte, dijo: «¡Oh, cuántas veces he comenzado el día pensando: ¿Cómo me agradaré a mí mismo? en lugar de ¿Cómo agradaré a Dios?» ¡Ojalá cada uno de nosotros, ahora que la vida está delante de nosotros, busque hacer el negocio de nuestro Padre; pues no sabemos cuán pronto podemos ser llamados a rendir cuenta del uso que hemos hecho de nuestro tiempo sobre la tierra!

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ among the teachers

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura