No oímos nada de Juan el Bautista durante su juventud, excepto que era piadoso y vivía mucho en los desiertos. Cuando tenía unos treinta años, comenzó a predicar. Sin embargo, no fue a las ciudades, sino que se quedó en el desierto. Podemos preguntarnos cómo encontraba allí una congregación. Probablemente sus hábitos singulares y su vida santa habían hecho que se hablara mucho de él. Vestía de manera distinta a las demás personas, pues llevaba una especie de tela hecha de pelo grosero de camello y un cinturón de cuero; comía langostas, pequeños insectos de una pulgada de largo, que son comestibles; se alimentaba también de miel, que abunda en los bosques y entre las rocas de Judea. Los hombres iban al desierto a verlo, y estos, al traer un reporte maravilloso de él, indujeron a otros a venir, hasta que al fin se reunían multitudes para oír sus sermones. Dios puede fácilmente atraer a la gente a oír a sus ministros fieles, si quiere. Sin duda Juan se regocijaba al ver tales multitudes, pues anhelaba señalarlas a todas al único Salvador.
¿Cuál era el tema de sus primeros sermones? ¡El arrepentimiento! ¿Qué es el arrepentimiento? ¿Es solo cambio de conducta? ¡No! Personas que nunca se han arrepentido reforman a veces su vida. Uno puede ver que le conviene llevar una vida mejor, y por esa razón puede enmendarse. ¿Es acaso dolor por el pecado? El dolor es parte del arrepentimiento, pero hay un dolor que no es arrepentimiento: el dolor por las consecuencias del pecado no es arrepentimiento. Saúl, rey de Israel, se apenó al oír que había perdido su reino por su desobediencia, pero no se apenó por su pecado, sino por su castigo. El verdadero arrepentimiento es un cambio de mente y de corazón. Quien se arrepiente de verdad se siente afligido porque ha ofendido a Dios y anhela servir a Dios mejor en adelante. ¿Puede una persona cambiar su propio corazón? Es imposible; por tanto sabemos que el arrepentimiento debe ser don de Dios. Sin embargo, Juan mandó al pueblo que se arrepintiera, porque sabía que Dios estaba dispuesto a conceder arrepentimiento.
El objeto principal del ministerio de Juan era anunciar la venida del Señor. Esto hizo cuando dijo: «El reino de los cielos se ha acercado». Sin duda explicó al pueblo el significado de esta declaración. Podemos entenderlo comparándolo con otras partes de la Escritura. Cuando Satanás tentó a nuestros primeros padres a comer del fruto prohibido, estableció su propio reino sobre la tierra; se hizo el dios de este mundo. Pero Dios envió a su Hijo para destronar a Satanás y establecer su propio reino. Apenas un pecador cree en Cristo, pasa al reino de los cielos, o reino de Cristo. Pablo, en su epístola a los colosenses, hablando del Padre, dice: «Quien nos ha librado de la potestad de las tinieblas y trasladado al reino de su amado Hijo» (Col. 1:13). Juan el Bautista fue como un heraldo que proclama la aproximación de un monarca glorioso, o como un precursor que prepara su camino a través del desierto. Sabía que a menos que los hombres se arrepintieran de sus pecados, no recibirían al Salvador con gozo. No predicó en vano. Muchos se sintieron convencidos de sus pecados y ansiosos de ser limpiados de su culpa y contaminación; entonces fueron bautizados en el Jordán, confesando sus pecados. ¿Pero podían las aguas del Jordán limpiar sus almas? ¡Las aguas de todos los ríos del mundo no podrían lavar ni una sola mancha del alma! ¿Por qué, pues, fueron bautizados? Largo tiempo había sido costumbre de los judíos bautizar a los gentiles que habían abandonado los ídolos para adorar al Dios verdadero. Pero Juan bautizó a los judíos, como testimonio de que también ellos necesitaban purificación. Al fin señaló a Jesús y clamó: «He aquí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo». Es la sangre de aquel Cordero la que limpia del pecado, y esa sangre sola. Los creyentes en el cielo están ahora vestidos de ropas puras y sin mancha. Pero ¿fue el bautismo lo que los hizo blancos? Oigan lo que dice la Escritura: «Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas y las han emblanquecido en la sangre del Cordero» (Ap. 7:14).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: John preaches in the wilderness
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.