Estamos llamados a servir a los demás. Cuando encontramos a Dios, de inmediato pensamos en nuestro hermano. Comenzamos a ser como Cristo solo cuando comenzamos a ser útiles. Pero muchos son los errores de quienes apenas aprenden esta lección. Nuestra misma fervorosa ansiedad nos lleva a menudo a intentar ayudar sin sabiduría.
Un amigo cuenta de una joven que recientemente se hizo cristiana, y enseguida sintió que debía servir a alguien. Pero no sabía dónde ni cómo comenzar. Miró entre sus compañeras —entonces asistía a una escuela grande de señoritas— para ver si había alguien a quien pudiera ser de utilidad. Había una chica muy agobiada por sus tareas escolares. Esta joven cristiana, tan entusiasta, pensó que podría hacer por ella ciertos servicios que la aliviaran. Así que comenzó a ayudarla, cuidando de su habitación. Pero pronto descubrió que su ayuda no era bien recibida; más aún, era resentida. Comprobó que había herido los sentimientos de su amiga, y que no podía continuar la ayuda que había comenzado a darle.
Su error consistió en que hacía el servicio simplemente por hacer servicio. Quería ser útil y, al mirar a su alrededor, vio que allí había cosas que podía hacer. Pero aquel servir no había nacido de manera natural.
El incidente sugiere que la ayuda nunca debe prestarse simplemente por hacer algo. No podemos salir alguna mañana diciendo que queremos hacer dos o tres bondades antes de que el sol se ponga, y elegir a ciertas personas a quienes haremos esas bondades, sin considerar su necesidad real ni nuestro propio deber para con ellas. Damos dinero a un hombre, por ejemplo; pero si él no tiene necesidad verdadera, no le hemos hecho ninguna bondad. Un joven, en su afán de ser útil, puede ayudar a su hermano menor con sus tareas escolares, resolviéndole los problemas. Pero esa es una bondad equivocada; mejor sería dejar que el muchacho resuelva los problemas por sí mismo, sin más que una sugerencia provechosa.
O tomemos de nuevo el caso de la joven en la escuela. Estaba ansiosa por expresar su amor en algún servicio, y supuso que había encontrado una oportunidad. Pero su amiga no necesitaba esa ayuda. No estaba enferma; si lo hubiera estado, el servir habría sido hermoso y natural, y sin duda habría sido aceptado con gratitud. Tal como estaban las cosas, sin embargo, aquel ministerio, aunque bien intencionado, fue poco menos que una impertinencia. Resultó molesto y debilitó, más que fortaleció, el vínculo de amistad entre las dos jóvenes.
Se requiere sabiduría, y también tacto, para ayudar a otros de manera verdaderamente buena y benéfica. Siempre existe el peligro de ayudar en exceso. Hay personas que nunca rechazan un favor que alguien esté dispuesto a hacerles. Los niños aceptan de forma natural todo cuanto se les da. Y luego hay adultos que parecen tener siempre la mano extendida pidiendo ayuda. Las personas indolentes jamás se niegan a que otros hagan su trabajo. Están listas para aceptar regalos, para que se les alivien las cargas, para que se les hagan las tareas difíciles. Pero gran parte de la ayuda que se da a tales personas es, en realidad, un acto de crueldad hacia ellas. Dar en exceso a los niños solo les enseña maneras equivocadas de vivir, les da ideas falsas acerca de su propio deber y responsabilidad, y de lo que deben esperar de los demás, y los hace menos fuertes y menos dueños de sí mismos.
Muchos padres dicen: «Tuve una juventud dura y penosa. Tuve que librar mis propias batallas sin ayuda. No voy a permitir que mis hijos pasen por lo que yo tuve que pasar». Así que hace la vida maravillosamente fácil para sus hijos varones, procura que todo lo posible se haga por ellos y los complace en cada deseo. El hombre olvida que todo lo noble de su propio carácter y todo lo digno de su carrera se lo debe precisamente a las dificultades de sus jóvenes días. Fue en aquellas luchas, tareas y renunciencias donde adquirió su fuerza viril. Entonces se sorprende de que sus hijos no salgan bien, de que no se conviertan en hombres fuertes, heroicos y útiles. ¡Es el exceso de ayuda del padre lo que es responsable de su fracaso! Si los hubiera formado para que llevaran sus propias cargas, hicieran su propio trabajo, refrenaran sus deseos, soportaran las dificultades y aprendieran el dominio de sí mismos, habría sido un padre mucho mejor y más sabio para ellos.
Hay muchos otros ejemplos de errores semejantes en el ayudar. Buena parte de la caridad elegante de nuestros días pertenece a la misma clase. No es una ayuda sabia. Puede hacer la vida más fácil por un día, para quienes la reciben, pero los hace menos capaces de seguir luchando en los años por venir. A la hermosa puerta del templo, Pedro encontró un mendigo que pedía limosna. Instintivamente, el mendigo extendió la mano cuando Pedro se acercó. Pero en lugar de poner una moneda en aquella mano sucia, Pedro comenzó a hablarle. Le dijo que no tenía dinero para darle, pero que, en cambio, haría por él algo que le haría innecesario mendigar jamás. Así, en el nombre de Cristo, sanó su cojera. Sin duda, lo que Pedro hizo por el mendigo fue muy superior a cualquier cantidad de monedas que podría haber amontonado en su mano.
No podemos obrar milagros como este, pero a menudo podemos hacer algo que será tan bueno como un milagro. En vez de dar dinero a quien tiene una necesidad apremiante, podemos conseguirle algo que hacer, lo cual hará innecesario darle el dinero. O podemos infundir ánimo y valor en el corazón de un hombre, capacitándolo para ganar el dinero que necesita. Cualquiera de estas maneras de ayudar es muy superior a dar dinero. El espíritu de independencia del hombre se preserva. Se le forma en el dominio de sí mismo. Su dignidad no ha sido menoscabada. Y ahora es más fuerte para toda la vida, en todo el porvenir. Ayudar en exceso es ayudar sin sabiduría: hace daño en lugar de bien. Nuestro mejor amigo no es el que nos hace la vida fácil, sino el que nos inspira, nos impulsa y aun nos obliga a dar lo mejor de nosotros mismos.
En la mente de muchas personas que realmente necesitan ayuda existe una repugnancia a ser ayudadas que dificulta hacer algo por ellas. Consideran incompatible con un noble espíritu viril aceptar ayuda de alguien. Es un espíritu noble en ellas el que les inclina a querer vivir así, de manera independiente, aunque a veces se manifieste con demasiada energía. El espíritu de amor, que busca servir más bien que ser servido, y dar más bien que recibir ayuda, no debería rechazar obstinadamente toda bondad. Debería permitir a los demás el privilegio que tanto aprecia y tan fervientemente busca para sí mismo.
Jesús, aun viviendo para servir, no rechazó el servicio de amor que sus amigos estaban tan gustosos de prestarle. No rehusó el ministerio de las mujeres amigas que le seguían desde Galilea, dedicando sus bienes a proveer para sus necesidades. Aceptó con espíritu agradecido la hospitalidad de Marta y María y de otros. Y aun cuando el servicio que se le ofrecía era de poco valor, lo recibía de tal manera que no defraudaba ni hería al corazón que lo había motivado.
No es, por tanto, un espíritu hermoso el que rechaza todo favor y se niega a dar a otros el placer de servirnos. Debemos estar dispuestos a recibir tanto como a dar. Cuando el amor o la gratitud ansían hacer algo por nosotros para expresar sus sentimientos, debemos mostrar la más delicada apreciación por ese espíritu, y cuidar de no arruinar el placer que nuestro amigo encuentra en servirnos. Aun cuando la cosa hecha sea en sí misma algo que nos resulta desagradable, debemos al sentimiento que la inspira el aceptarla con gracia y gratitud.
Por otra parte, al ayudar o servir a otros necesitamos ejercer gran sabiduría. Mucha amistad naciente se ve estorbada por un exceso de ansiedad por ser útil. Los favores se ofrecen con una seriedad ciertamente sincera, pero indiscreta; y el resultado en nuestro amigo es un retraerse de una intimidad que promete ser demasiado apremiante. Debe haber una prudente reserva en toda manifestación de bondad. No debemos ser demasiado ansiosos: la ansiedad puede parecer entrometimiento. No debemos ayudar demasiado pronto. Pasarse es peor que quedarse corto. Debemos respetar la personalidad de nuestro amigo y no ponerlo bajo obligaciones. Aun cuando haya necesidad de ayuda, puede que no seamos nosotros el amigo que deba prestarla. Las relaciones de ayuda y servicio deben ser mutuas, y no debemos procurar superar a nuestro amigo en bondad. Ello destruiría el equilibrio de la amistad, que debe mantenerse siempre si se quiere que las relaciones se mantengan libres de incomodidad.
Lo que se necesita, al fin y al cabo, es un corazón de amor verdadero: un amor aprendido de Cristo. Este nos hará siempre dispuestos a servir a cuantos entren en el círculo de nuestra vida. Nos librará de todo orgullo; pues el amor es humilde, no busca reconocimiento ni alabanza, sino solo honrar a Cristo y hacer el bien. Nos librará de toda Acepción; pues el amor no pregunta quién es el que necesita ayuda, sino que encuentra en cada uno a un hermano. Nos librará de todo egoísmo; pues el amor se olvida de sí mismo y se pierde en el único deseo de hacer el bien, derramando su mejor y más dulce bendición sobre el más humilde y el menos digno.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Mistaken Ministering
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.