Un ministro impío es la persona más terriblemente culpable y más fatalmente dañina que existe. Es una maldición viviente, una pestilencia ambulante, que esparce un hedor de muerte a su alrededor por dondequiera que va; de quien, en cuanto a cualquier asociación voluntaria, toda persona piadosa debería huir con mayor horror que de alguien infectado por la plaga. Su nombre es Apolyón; su obra, la destrucción.
Es espantoso reflexionar sobre las multitudes que se encuentran ahora en el abismo sin fondo, conducidas allí por las herejías condenables de la vida de tales hombres; de cuyas imprecaciones, envenenadas por la desesperación, los culpables autores de su ruina no hallarán ni escape ni refugio a través de los siglos eternos, sino que sentirán la culpa de sangre para siempre sobre sus miserables almas.
¡Un mero pedestal para la fama del predicador!
«Predicamos a Cristo crucificado». 1 Corintios 1:23
De la cruz, como del árbol de la vida, cuelgan en madurez y abundancia todos aquellos frutos de gracia que son necesarios para la salvación del alma.
¿Somos culpables? —aquí hay perdón.
¿Somos rebeldes contra Dios? —aquí hay reconciliación.
¿Somos condenados? —aquí hay justificación.
¿Somos impíos? —aquí hay santificación.
¿Estamos agitados por una culpa consciente? —aquí hay paz para el espíritu herido.
Hermanos míos en el ministerio: el púlpito está destinado a ser un pedestal para la cruz. Pero, ¡ay!, ¡temo que aun la cruz misma sea a veces usada como un mero pedestal para la fama del predicador! Podemos hacer rodar los truenos de la elocuencia, podemos lanzar los destellos del genio, podemos esparcir las flores de la poesía, podemos difundir la luz de la ciencia, podemos inculcar los preceptos de la moral desde el púlpito; pero si no hacemos de Cristo crucificado el gran tema de nuestra predicación, hemos olvidado nuestro propósito y no haremos ningún bien.
Satanás no tiembla ante nada sino ante la cruz. Y si queremos destruir su poder y extender aquel santo y bondadoso reino de Jesús, ha de ser por medio de la cruz.
«Pues me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder». (1 Corintios 2:2-4)
Fuente y atribución
Autor original: John Angell James
Título original: An unholy minister
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John Angell James, publicado originalmente en Grace Gems.