Se nos enseña a orar por los demás. Este es uno de los deberes más altos y más sencillos de la vida. Pablo exhorta a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres. Santiago nos exhorta a orar los unos por los otros, añadiendo que «La oración eficaz del justo puede mucho». Así, la oración se cuenta entre las fuerzas activas y operantes del mundo, uno de los medios por los cuales podemos hacer el bien a otros. Mucho aprovecha en su obrar.
Cuando lo pensamos con cuidado, descubriremos que realmente no hay manera en que podamos hacer tanto por los demás como orando por ellos. La oración no es solo un suspiro del corazón, una expresión de buenos deseos: se ase del brazo de Dios y hace descender el poder divino para ayudar y bendecir a aquellos por quienes intercedemos. Siempre hay cosas que podemos hacer por los demás con nuestras propias manos —nos burlamos de Dios cuando pretendemos echar sobre Él nuestros deberes—, pero hay muchas cosas que solo podemos hacer mediante la oración.
La amistad es preciosa y sagrada; pero la amistad que no ora carece de un elemento vital. Deja a Dios fuera. Una joven cristiana es amada por un hombre que se ríe de la oración, y se ríe de ella porque cree en la oración. ¿Acaso es de extrañar que la joven titubee al confiar su vida, con todos los intereses de su porvenir, a quien, aunque ella lo juzga verdadero, honorable y digno, no puede darle la ayuda que solo puede llegar mediante las oraciones de un verdadero amigo? Las flores más dulces de la tierra necesitan el rocío del cielo para alcanzar toda su perfección de belleza y fragancia. Las mejores cosas de la tierra quedan incompletas sin las bendiciones del cielo. El amor necesita la fuerza y la gracia divinas para ser completo. Un antiguo escritor dijo: «Ora por aquel a quien amas; nunca hallarás consuelo en la amistad de quien no oras».
«Ora por aquel a quien amas». Nada de lo demás que puedas hacer por tu amigo puede significar tanto. Nuestras manos son torpes e inhábiles. Muchas veces, aun en nuestros esfuerzos mejor intencionados, solo lastimamos la vida que intentamos sanar con nuestro toque. En el mejor de los casos, somos pobres torpes al ayudar a otros. No tenemos destreza ni sabiduría para ayudar en lo más profundo. Hacemos lo equivocado. Quitamos cargas que sería mejor que nuestros amigos llevaran por más tiempo; pues nuestras cargas no caen por accidente sobre nuestros hombros: son dones de Dios y traen bendiciones. Allanamos el camino cuando habría sido mejor dejarlo áspero. Apresuramos providencias para que la bendición llegue más pronto a nuestro amigo, y al hacerlo le damos un fruto aún verde, que solo puede hacerle daño. Sería mejor para él esperar más tiempo y recibir el fruto sazón y maduro.
Cuán agradecidos deberíamos estar de poder poner a nuestros amigos en las manos de Dios cuando tienen pesares y necesitan consuelo; o cuando se hallan en dificultades, anhelando liberación; o cuando tienen preguntas difíciles que no saben cómo responder. Se ha dicho que un consejo equivocado ha naufragado destinos. A medida que aumenta la experiencia y aprendemos más de la seriedad de vivir, si somos sabios, cada vez nos retraemos más de dar consejos. ¿Cómo sabemos lo que nuestros amigos deberían hacer en este apuro; cuál de dos caminos es el mejor para ellos; cómo pueden afrontar esta emergencia del modo más sabio; si deben aceptar o declinar esa amistad que se les ofrece? Pensamos en nuestros amigos en sus aflicciones, simpatizamos con ellos y quisiéramos aliviarlos; pero ¿cómo sabemos que el alivio de la prueba sería lo mejor para ellos? Deseamos quitar la cruz que llevan: ¿cómo sabemos que no nos estaríamos convirtiendo en sus peores enemigos al hacerlo? La cruz no está destinada a aplastar, sino a levantar. Casi lo único seguro que puede hacer nuestro amor es pedir a Dios que haga lo que Él sabe que es lo mejor para aquellos a quienes ama. No orar por ellos, sino intentar en cambio hacer nuestras propias bondades, es poner nuestra ayuda pobre, ignorante y torpe en lugar de la ayuda sabia y perfecta de Dios.
Dejar de orar por nuestros amigos es, por tanto, un pecado contra ellos. Es también un pecado contra Dios. La ley del amor nos exige pensar en los demás y hacer por ellos tanto como haríamos por nosotros mismos. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Entendemos esto en cuanto a obras de bondad. Pero la oración es uno de los deberes del amor, y pecamos contra nuestro hermano cuando dejamos de orar por él. La madre que hace por su hijo todo lo que el más tierno amor humano puede hacer, y sin embargo nunca ora por él, nunca busca para él protección, dirección y bendición divinas, ciertamente perjudica a su hijo y peca contra Dios.
El deber de orar por los demás es enseñado claramente por Cristo mismo. Está entretejido en todo lo que se conoce como el Padre nuestro. Esta oración está dirigida a «Padre nuestro», no a «Padre mío». No es una oración que debamos ofrecer solo por nosotros mismos. Podemos usarla cuando estamos solos, pero no debemos pensar solo en nosotros. Debemos orar también por los demás hijos de nuestro Padre. «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy». No debemos pensar solo en nuestra propia necesidad: eso sería un egoísmo sumamente anticristiano; hemos de pensar también en los demás. Siempre estamos en peligro de estrechar nuestras peticiones a nosotros mismos y a nuestras propias necesidades, mientras que las necesidades de los demás quedan relegadas. El último lugar del mundo para el egoísmo es cuando estamos postrados ante Dios en oración. El amor entonces debería estar siempre en su mejor momento.
No basta con orar por nuestros amigos. Jesús nos enseña que debemos amar a nuestros enemigos y ser bondadosos con los que nos tratan mal. «Si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también lo mismo los gentiles?» Mateo 5:46-47. La misma enseñanza se aplica a la oración. No basta con orar por los que son agradecidos y bondadosos con nosotros, por los que oran por nosotros, por los que hacen cosas por nosotros. Podemos orar también por los que nos tratan mal.
Hay mucha ingratitud en el mundo. Después de la mayor bondad mostrada por nosotros, que a veces se extiende a lo largo de años, los que han recibido ayuda de nosotros pueden olvidar todo lo que hemos hecho y devolver solo negligencia y aun agravio por todo nuestro amor y servicio de años pasados. ¿Cuál es nuestro deber cristiano para con quienes así pueden haber correspondido nuestra bondad con desbondad? ¿Tenemos derecho a resentir el mal que hemos recibido? ¿Nos libera la injusticia cometida contra nosotros del deber de amar a quienes han hecho la injusticia? ¿Podemos dejar de orar por ellos?
Ante tal experiencia de ingratitud, Samuel dijo al pueblo de Israel que pecaría contra Dios si dejaba de orar por ellos, después de que habían sido tan ingratos con él. Esta pregunta puede volverse real y práctica cualquier día para cualquiera de nosotros. Podemos ser tratados injustamente por alguien a quien hemos sido un amigo fiel durante años. ¿Nos absolverá eso de seguir siendo bondadosos con la persona ingrata? ¡No! El amor cristiano no debe verse afectado por ningún trato que reciba de otros. El verdadero patriota debe ser leal a su patria, aunque esta haya sido ingrata con él. El cristiano, en sus relaciones privadas, nunca debe permitir que su corazón se amargue por ninguna injusticia cometida contra él.
A veces, junto al mar salobre, se encuentra un manantial que brota tan dulce como el que estalla de la ladera. Cuando la marea está baja, sacas su agua cristalina, la bebes y te refresca. Unas horas más tarde vuelves y encuentras la marea cubriendo el lugar, sus aguas amargas revolviéndose sobre el manantial; pero al poco rato pasas de nuevo, y ahora la marea se ha retirado hacia el mar. Encuentras de nuevo el manantial y sus corrientes claras brotan tan dulces como antes, sin rastro de la salobriedad del mar en que el manantial estuvo envuelto tanto tiempo. Así debería ser con el amor del corazón cristiano. Ninguna injuria, ninguna ingratitud, ninguna crueldad debería amargarlo jamás. Nunca deberíamos dejar de orar por los demás por el hecho de que hayan sido desamorosos con nosotros. Tenemos una palabra muy precisa de nuestro Maestro sobre este asunto. Jesús sabía que nuestros corazones se inclinan a volverse amargos contra los que no nos aman y a mostrar resentimiento hacia los que nos hacen daño, y por eso dio este mandamiento: «Pero yo os digo: ¡amad a vuestros enemigos! ¡Orad por los que os persiguen!» Dio también la razón: «para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos». Esa es la manera en que ama nuestro Padre: ama a sus enemigos, bendice a los que le maldicen, es bondadoso con los ingratos y con los malos. Por tanto, si alguien nos está haciendo daño, ¡esa es precisamente la persona por quien Cristo nos manda orar hoy!
Cuando te arrodilles al final del día para orar, y cuando nombres en intercesión a los que te han mostrado bondad, cuenta entre ellos a todos los que durante el día te han sido desamorosos, a quienes te han ofendido o a quienes han hablado falsa o amargadamente de ti. «Bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen».
Capítulo 12.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Helping by Prayer
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.