EL PODER DE DIOS
UN LIBRO PARA LOS AFLIGIDOS
por John MacDuff, 1883
EL PODER DE DIOS
«¡Él gobierna con su poder para siempre!» —Salmo 66:7
El Poder de Dios es un tema glorioso, un ancla del alma, firme y segura, en la temporada de la prueba. Acaso de manera especial, al inclinarnos en duelo paternal sobre una vida que se ha extinguido, volvemos, por contraste instintivo, del marchitamiento de la florecilla o del doblarse del tierno renuevo, a la fortaleza y a la gloria del Árbol de la Vida.
El Salmo del cual se toman estas palabras es uno de los muchos inspirados por los recuerdos del desierto sinaítico, el gran drama del Éxodo. Nuestro versículo lema es introducido por el más orgullosos de estos recuerdos: «Venid y ved las obras de Jehová…Volvió el mar en seca; pasaron por el vado a pie; allí nos alegramos en Él…Él gobierna con su poder para siempre.» Variadas son las figuras que emplea el sagrado cantor al describir el ilustre suceso. Jehová había roto las mallas de la red envolvente (v. 11). Del fuego de los hornos de ladrillo de Egipto los había rescatado (v. 2). A través del horno habían salido purificados (v. 10). Por entre la rugiente corriente del Mar Rojo los había conducido (v. 6). Solo tenían que «estarse quietos y ver la salvación de Dios» (vv. 5 y 12). «Porque tú, oh Dios, nos has probado; nos has purificado como se purifica la plata. Nos metiste en la red; pusiste sobre nuestros lomos pesada carga. Haces que los hombres cabalguen sobre nuestras cabezas; pasamos por el fuego y por el agua; ¡PERO TÚ nos sacaste a un lugar espacioso!» (vv. 10-12).
Una emancipación realizada desde Egipto, territorio de la más grande y orgullosa de las dinastías del mundo antiguo; un pueblo esclavo que, en el poder de su Dios, se levanta en una noche, rompe sus cadenas y deja atrás todo recuerdo de servidumbre y degradación; y tras una marcha milagrosa de cuarenta años, ¡entra al fin triunfalmente en la tierra prometida! Todo esto no podía haberse cumplido sin el conocimiento de las naciones circundantes. Por ello el Salmista, recordando aquellas gloriosas «obras de Jehová y sus maravillas de antaño», prorrumpe en un solemne llamamiento a los reinos de su propia época para que reconozcan la mano del Jehová de Israel. (v. 1) «¡Aclamad a Dios con alegría, todas las tierras! Cantad la gloria de su nombre; poned su alabanza en honor. Decid a Dios: ¡Cuán terrible eres en tus obras! Por la grandeza de tu poder se someten a ti tus enemigos…¡Él gobierna con su poder para siempre!»
¡Qué gloriosa sombra de roca para refugiarse! ¡Qué aseguramiento inefablemente consolador, ya sea para naciones o para individuos, de que la misma mano poderosa que hizo pedazos las cadenas de los esclavos hebreos e hirió la lengua del mar egipcio, puede reconocerse en cada suceso que acaece a su pueblo: en cada calamidad pública, en cada dolor doméstico del corazón! Sea la servidumbre y la liberación de una nación, o el florecer y marchitarse de la calabaza familiar, podemos escribir sobre todo ello: «¡Él gobierna con su poder para siempre!» Ya hiera o sane, ya entristezca o regocije, ya dé o quite, es nuestro decir, en palabras de este himno inspirador (vv. 8, 9): «Oh, bendice, pueblos, a nuestro Dios, y haz que se oiga la voz de su alabanza; el que sostiene nuestra vida en vida.» La vida es suya. Él enciende la chispa, y cuando lo juzga oportuno, la apaga. La muerte no es sino la revocación de su propia concesión, el revertir del arriendo a las manos del gran Propietario de la vida. «Él vuelve al hombre a la destrucción, y dice: Volved, hijos de los hombres.»
Algunos suponen que el Salmo fue compuesto especialmente por David con ocasión de aquella gran festividad al final de su reinado, cuando, tras haber recogido material para el proyectado Templo en el monte Moriah, «todo Israel» se congregó, convocado por su anciano rey, y en respuesta a su llamado «consagró su servicio a Jehová». ¿Qué más natural, para el monarca cantor, en tal momento, que volver en primer lugar la mirada a las maravillosas transacciones de Dios con ellos como nación desde la hora del Éxodo; y luego pasar a un retrospecto personal de sus tratos con él a lo largo de su azarosa historia, desde la alborada de su vida en los valles de Belén hasta ahora, cuando el sol se ponía y las sombras caían? Él también tenía que contar de variados pesares. Él también tenía que contar de «tumbas tempranas», sí, y de más tristes que las tumbas tempranas. Él también había sido «purificado como se purifica la plata»; «pasado por el fuego y por el agua», y había tenido «aflicción puesta sobre sus lomos».
Pero aun en el retrospecto mezclado, en que todas estas figuras de lenguaje se juntaban (el horno, la red, el fuego, la inundación, los lomos en cilicio), podía ver misericordia (rica, inmerecida misericordia) que se mezclaba con y templaba el juicio. Las oscuras nubes de su tormentosa carrera terrenal se alternaban con espléndido sol; los parajes yermos del desierto eran muy superados en número por los verdes. Las palmeras refugiadoras se erguían conspicuas entre tramos de arena estéril. Y recordando cuán graciosamente Dios había oído sus oraciones en el pasado, lo había sostenido en la angustia, y había hecho que sus pruebas terrenales concurrieran al bien de su alma, podemos comprender cuán apropiadamente registra su resolución votiva en el v. 13: «Entraré en tu casa con holocaustos; te pagaré mis votos, que pronunciaron mis labios y habló mi boca cuando estaba en angustia. Te ofreceré holocaustos de animales engordados, con el incienso de carneros; ofreceré bueyes con cabras. Venid y oíd, todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma.» Atribuye a Dios toda la gloria de sus pasadas liberaciones y triunfos. No se reserva nada para sí. «Cantad», dice, «la gloria de su nombre: el que no permite que nuestros pies resbalen.»
El Salmo y sus muchos y devotos y edificantes sentimientos fue escrito para la Iglesia de Dios y los creyentes de todas las edades. Sus lecciones no son locales sino universales. El paso seguro y triunfal de Israel por el Mar Rojo y el Jordán antaño son prenda de la misericordia del pacto para su pueblo en todos los tiempos y en todas las estaciones de aflicción. Por cada mar de tristeza y de prueba Él les abre paso; da cánticos en la noche, quita el cilicio y los ciñe de alegría. Es una afirmación conmovedora, que hemos aludido antes en una meditación anterior, pero que podemos señalar una vez más en su lugar en el Himno triunfal donde aparece: «Pasaron por el vado a pie» (el lugar donde hubiéramos esperado solo temblor y terror, angustia y consternación); «allí», dice el Salmista, «nos alegramos en Él».
¡Cuántos hay que pueden refrendar esto como su experiencia: que «allí», en sus mismas estaciones de angustia y tristeza, fueron capacitados como nunca antes para triunfar y alegrarse! ¡Cuán cerca les queda su Dios en el pacto! ¡Cuán brillantes resplandecen sus promesas! En el día de la prosperidad no logran percibir el brillo de estas. Como Jacob en Jaboc, es cuando su sol terrenal se pone que el Ángel divino sale a su encuentro, y luchan con Él y prevalecen. Fue de noche, «al atardecer», cuando Aarón encendió las lámparas del santuario. Es en la noche de la aflicción cuando se encienden a menudo las lámparas más brillantes del creyente.
Fue en su soledad y destierro que Juan tuvo la gloriosa visión de su Redentor. Hay todavía muchos Patmos en el mundo, cuyos recuerdos más luminosos son los de la presencia y el sostén y el amor de Dios, en la soledad y la tristeza. ¡Cuántos peregrinos, que aún atraviesan estos Mares Rojos y Jordanes de aflicción terrenal, podrán en el retrospecto de la eternidad decir, llenos de los recuerdos de la gran bondad de Dios: «ALLÍ», en aquellas oscuras experiencias, con las olas encrespándose por todos lados, lo profundo llamando a lo profundo, el Jordán, como cuando Israel lo cruzó, «en tiempo de desbordamiento» (crecida); y, sin embargo, «¡ALLÍ nos alegramos en Él!»
Fue cuando los discípulos se hallaban en su hora de extremo aprieto, durante la tempestad en Genesaret, dándose por vencidos a la desesperanza, que «en la cuarta vigilia de la noche», cuando más densa era la oscuridad y mayor el peligro, el gran Libertador apareció sobre la cresta de las olas: «¡Jesús vino a ellos, caminando sobre el mar!» Fue, como ya hemos visto, cuando los afligidos de Betania habían, según creían, confiado el tesoro entrañable de sus afectos a un silencio eterno; y, mientras estaban sentados en la casa desvalijada, maravillándose del misterioso retraso de parte del único Ser que podría haber detenido aquella flecha veloz que había derribado al amor de sus corazones; en esa hora crítica, ¡se presentó el gran Vencedor de la muerte, para reavivar las cenizas apagadas de su fe y reanimar el gozo y el sostén de su existencia! «Si Jehová no hubiera sido mi ayuda, ¡mi alma habría habitado casi en silencio!»
Y aun cuando Él no aparece visiblemente para sostener; cuando se retira algún consuelo atesorado; o cuando no se concede la liberación de alguna prueba terrenal amenazante o de algún mal que amenaza; cuando se vacían las cunas y se silencian las voces juveniles, es para que encontremos con mayor certeza nuestro único y suficiente Todo en ÉL. Se retira el abrigo de la tienda de lona. Pero eso solo nos hace más entrañable la sombra de la Gran Roca. Observa la diferencia entre el desvanecimiento de los consuelos, refugios y gozos del mundo, y los del verdadero cristiano: cuando el hombre mundano llora sus arroyos secos, o sus tiendas desmanteladas y despojadas, ha perdido su todo; no tiene adonde más volverse; no le queda sino el cauce sin agua, el horizonte lúgubre de un desierto baldío, la lágrima de la desesperación, ¡el corazón roto, la tumba! En el caso del creyente, cuando se le retira una bendición, su Dios tiene otros consuelos espirituales para él en reserva. Puede tener sobrada razón para apropiarse las palabras, en descripción de sus alegrías domésticas: «Y aconteció, pasados unos días, que el arroyo se secó» (1 Reyes 17:7); «Repentinamente son despojadas mis tiendas, y en un momento mis cortinas» (Jer. 4:20). Pero «dichoso el hombre que tiene al Dios de Jacob por su ayuda, cuya esperanza está en Jehová su Dios».
«Cantad», pues, para volver al exhorto del escritor de este salmo, «la gloria de su nombre, y poned su alabanza en honor.» Hay, repetimos, estaciones (solo bien conocidas de aquellos cuyos ojos caen sobre estas páginas) en que no podemos templar este arpa de cuerdas rotas; cuando nos corresponde más bien el llamamiento del versículo 5: «Venid y ved las obras de Dios: ¡Él es terrible en sus hechos para con los hijos de los hombres!»; cuando hemos de decirle: «¡Cuán temible eres en tus obras!» Pero mientras justicia y juicio son el cimiento de su trono, la misericordia y la verdad van continuamente delante de su rostro. Aunque «una vez ha hablado Dios; dos veces he oído esto: que de Dios es el PODER; también tuya, oh Jehová, es la MISERICORDIA». «Por fuego y por agua pasamos, ¡pero tú nos sacaste a un lugar espacioso!»
Ocupando ahora el glorioso lugar de seguridad, que solo puede hallarse en Cristo y en su salvación consumada, confiamos el guardar de nuestras almas, y de todos los cercanos y queridos para nosotros, a Él para lo porvenir en el bien hacer; sabiendo que no habrá inundaciones ni fuegos enviados sino los que Él determine; y, si se envían, procuremos poder decir: «¡Hágase tu voluntad!» De modo que al fin comparezcamos sin falta ante el trono, con toda inundación pasada, todo fuego apagado, toda lágrima enjugada. Con cabida hallada para cuantos la muerte nos haya separado en aquel «lugar espacioso» de arriba; y confiados entonces, al menos, en que las dispensaciones y tratos divinos fueron para nuestro bien, podremos pronunciar la invitación de este cantor inspirado, al cierre de su canto: «Venid y oíd, todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma.»
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE POWER OF GOD
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.