La vida de Cristo para cada día

El primer mandamiento y la raíz del verdadero amor

Cristo señala el amor como raíz de toda obediencia aceptable y anima al escriba sincero: no estás lejos del reino, pero sin amor todo servicio es vano.

No es de extrañar que los escribas admiraran la respuesta del Señor a los saduceos, pues creían en la resurrección. Mostraron su admiración exclamando: «Bien has dicho». Con todo, no renunciaron a la esperanza de entrampar al divino Maestro con preguntas, y uno de ellos preguntó: «¿Cuál es el primer mandamiento de todos?». Los escribas solían disputar entre sí sobre este asunto: unos afirmaban que ofrecer cierto sacrificio, otros que guardar cierto ayuno, repetir ciertas oraciones o dar ciertas limosnas era el servicio más aceptable a Dios. ¡Cuánto debió sorprenderles la respuesta del Señor! En lugar de escoger un mandamiento sobre los demás, señaló la raíz de toda obediencia aceptable: el amor. Hizo una sola distinción, referente a los objetos a quienes el amor debe ejercerse: Dios y el hombre; y como Dios es infinitamente mayor que el hombre, el amor a él debe ser infinitamente más importante.

El escriba que hizo la pregunta con el mal designio de tentar al Señor quedó convencido por la respuesta y expresó sus sentimientos con sinceridad y franqueza: «Bien, Maestro, verdad has dicho». Ningún otro de los tentadores del Señor mostró tal disposición a recibir instrucción. Aquel que conocía su corazón lo animó con esta alabanza: «No estás lejos del reino de Dios». No dijo: «Estás en el reino de Dios»; no dijo, como a un penitente que lloraba: «Tu fe te ha salvado»; ni como al ladrón moribundo: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Con todo, lo que dijo fue muy alentador. En un mundo en que tantos están tan lejos del reino de Dios como el oriente del occidente, es alentador para un pecador oír que no está lejos de él. Solo Dios puede atraer un alma aun a sus bordes, y es nuestra esperanza que si la lleva hasta allí, la llevará también más adelante. Perecer justo en la barrera que separa la muerte de la vida sería algo temible.

¿Estamos convencidos de que sin amor todos los servicios que podemos ofrecer a Dios son inútiles? Ni siquiera un ser humano se complacería con nuestros dones si supiera que no le amamos y que se los presentamos solo con miras a ganar una recompensa. ¿Y se complacerá Dios con servicios interesados? ¡Cuánto ha hecho para ganar nuestro amor! Ha entregado a su Hijo unigénito para morir por nosotros. ¿No es eso suficiente para derretir el corazón más duro? No nos satisfaga ninguno con sentir que debemos amar a Dios. Tan pronto como se enciende en nuestro corazón una chispa de afecto real por nuestro Padre celestial, entonces estamos en el reino de Dios, entonces estamos seguros y felices. Nuestro amor jamás podrá darnos derecho a la vida eterna; solo la sangre de Cristo puede hacerlo; pero es una prueba de que somos hijos de Dios y de que habitaremos con él para siempre, pues «ni han subido en corazón de hombre las cosas que Dios ha preparado para los que le aman».

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ replies to a Scribe concerning the greatest commandment

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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