He aquí otro caso de preciosa verdad pronunciada en respuesta a preguntas frívolas. ¡Cuánta luz arroja sobre el estado eterno esta sentencia: «Son iguales a los ángeles» y «Todos viven para él»!
Los saduceos no creían que habría resurrección de los muertos porque no entendían cómo podría ser. Cuando acudieron a Jesús, describieron un caso que pudo haber ocurrido bajo la ley judía: si un hombre moría sin hijos, su hermano debía casarse con la viuda. Los saduceos imaginaban haber propuesto una dificultad que el Señor no podría resolver; pero con una sola palabra él expuso su necedad. Declaró que los santos difuntos «son iguales a los ángeles de Dios»: no estarán unidos en el cielo con las relaciones que tuvieron en la tierra, pero tendrán vínculos, no de índole terrenal. El pastor se alegrará de hallar de nuevo el rebaño que apacentó aquí abajo; el padre piadoso se hallará unido en lazos espirituales a los hijos que nacieron de nuevo en respuesta a sus súplicas fervientes; los amigos que mutuamente llevaron sus cargas espirituales cuesta arriba del Sion caminarán juntos junto a las aguas de vida.
Cristo sabía que los saduceos negaban no solo la resurrección del cuerpo, sino la inmortalidad del espíritu. Por ello presentó una prueba de la vida eterna de los difuntos piadosos, tomada de los cinco libros de Moisés, en los únicos que los saduceos profesaban creer. Dios no habría dicho a Moisés, cuando habló desde la zarza ardiente: «Yo soy el Dios de Abraham», si Abraham hubiera dejado de existir. ¡Cuán glorioso es el pensamiento de que todos los santos existen realmente! Todos aquellos hombres santos de quienes hemos leído en las Escrituras, todos a quienes hemos conocido y amado: ellos viven. Recientemente Jesús había dejado la compañía bendita de arriba, y ahora iba a morir para que ellos vivieran para siempre y su número creciera sin cesar.
Diez mil veces diez mil cantaban fuertes himnos en torno al trono, cuando he aquí una lengua solitaria comenzó un cántico desconocido; un cántico desconocido para oídos angélicos, que hablaba de temores desterrados, de pecados perdonados y de lágrimas enjugadas. Ni uno de toda la hueste celestial podía alcanzar aquellas notas sublimes, sino espíritus de una lejana ribera que se unían al estribillo; hasta que aquel que primero comenzó el cántico, a quien no se permitió cantar solo por mucho tiempo, se vio mezclado con una multitud incontable. Y aún, mientras las horas huyen, los ángeles llevan siempre algún alma recién rescatada a lo alto para unirse al coro; y así el cántico irá creciendo, hasta que todos los que Cristo redimió aquí abajo lleguen a aquel mundo de gozo. Dame, Señor, mi arpa de oro, y templa mi voz quebrada, para que cante las angustias agudas trocadas por goces sin fin; el cántico que jamás se oyó antes de que un pecador llegara a la ribera celestial, pero que ahora resonará para siempre.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ replies to the Sadducees respecting the resurrection
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.