Si todas las escenas de la vida de nuestro Salvador hubieran sido como ésta, no se habría escrito: «A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.» Pero este día de triunfo fue en realidad sólo una preparación para el día de la matanza. El Señor de la gloria quiso que, por una vez, su nombre fuera exaltado públicamente en su propia ciudad de Jerusalén. Como su hora había llegado ya, no se ocultó más de sus enemigos ni refrenó las alabanzas agradecidas de sus discípulos. Al comienzo de su ministerio hacía sus obras poderosas en secreto, y pedía a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo. Pero al final de su ministerio hizo una entrada triunfal en Jerusalén, como el Rey que Dios había escogido para reinar sobre aquella ciudad. Sin embargo, el modo de su entrada no fue como el de los reyes. No cabalgó en un carro tirado por caballos, sino sobre un asna, aun sobre un pollino, hijo de asna.
Sabemos que su razón principal para este acto fue cumplir la profecía de Zacarías y dar a cuantos le contemplaban la oportunidad de conocer, por otra señal, que él era el Mesías de quien hablaban los profetas. Sin embargo, ni sus propios discípulos observaron en aquel momento el cumplimiento de la profecía. Pero ¿no había otra razón por la que se dispuso que el Señor de todo entrara en su propia ciudad de manera tan humilde? ¿No mostraba el modo de su entrada que él no era un monarca guerrero, sino el Príncipe de Paz; no un monarca orgulloso, sino el Salvador manso; no un monarca rico, sino uno que se había hecho pobre, tan pobre que tomó prestada el asna sobre la que cabalgaba? Y, con todo, su sabiduría y su poder divinos podían discernirse a través del velo de humildad que le envolvía. Ningún rey, por sabio que fuera, podría haber predicho aquellos pormenores minuciosos acerca del hallazgo del asna, que Jesús describió. Ningún rey, por poderoso que fuera, podría haber hecho que un pollino indómito obedeciera a su palabra.
Él era el glorioso Hijo del Hombre, del que se habla en el salmo octavo, del cual se dice: «Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes todos, y aun las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar.» Así como Dios dio todas las criaturas al primer Adán, también se las dio al segundo Adán, del que el primero era sólo un tipo. Las bestias que fueron obedientes al primer Adán en el huerto del Edén no resistieron el poder del segundo Adán. El hombre se rebeló contra su autoridad, pero el pollino del asna la reconoció.
¡Cuán admirable fue la condescendencia del Rey de Israel al entrar en su propia ciudad de manera tan humilde! La púrpura y la escarlata de los monarcas terrenales, los caballos engalanados y los carros espléndidos pueden deslumbrar la vista, pero la majestad y la mansedumbre del Hijo de Dios impresionan el corazón con admiración. Él sabía que pronto sería exaltado a la diestra de su Padre, y con todo se dignó montar sobre un asna. Sabía que los ancianos vestidos de blanco pronto echarían sus coronas a sus pies, y sin embargo, cuando la multitud tendía sus mantos y esparcía ramas en el camino, él aceptó estos honores más modestos.
¿No debemos acercarnos con confianza a un Salvador tan manso y bondadoso? Si en los días de su carne se complacía en todo esfuerzo débil por rendirle homenaje, ¿no debemos creer que se complacerá en nuestros esfuerzos humildes? No podemos testimoniar nuestros sentimientos tendiendo mantos o esparciendo ramas en el camino. Si quisiéramos honrarle, debemos inclinar nuestros corazones y doblegar nuestras voluntades ante su cetro real. Cuando él venga de nuevo en poder y gloria, se acordará de nosotros. Pues esta es su promesa a sus siervos fieles: «Jehová su Dios los salvará en aquel día, como rebaño de su pueblo» (Zac. 9:16).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ approaches Jerusalem, riding on a donkey
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.