La vida de Cristo para cada día

El Salvador que no apaga la mecha humeante

Isaías anuncia al Siervo manso y escogido, que no quebrará la caña cascada ni apagará el pabilo humeante, revelando el pacto eterno y la compasión de Cristo por el quebrantado.

Aunque Jesús había hecho callar a sus enemigos en la sinagoga, no había vencido la enemistad de sus corazones. Aunque no podían responderle, podían odiarle. Tan grande era su odio que, al salir de la sinagoga, se celebraron consejo contra él, cómo le destruirían. Sin la gracia de Dios, el culto público no puede beneficiar el alma. De la iglesia donde el Salvador ha estado presente para bendecir a muchos de la congregación, podemos retirarnos sólo para hacer lo malo con ambas manos, con empeño. Jesús se retiró de sus enemigos para hacer bien en otra escena. Permite a sus seguidores huir de la persecución; pero les manda que, dondequiera que vayan, sigan buscando servir a Dios.

Grandes multitudes le siguieron a su retiro junto al lago, deseando ser sanadas de sus enfermedades. Muchos se han maravillado de por qué él pedía a los sanados que no le dieran a conocer. Una razón parece ser que no quería, por el rumor de sus milagros, aumentar la furia de sus enemigos y provocarles así a actos de violencia antes de que su obra estuviera cumplida y su hora llegara. Otra razón era que no deseaba aumentar la multitud que le seguía y que se apretujaba contra él de manera penosa. Ya la concurrencia era tan inmensa que tuvo que escapar de la muchedumbre en una barca. La gente acudía de las regiones más apartadas de la tierra, y aun de ciudades paganas. Hallamos registrado en Marcos 3:8 que venían de Idumea, o Edom, y de Tiro y Sidón, moradas de naciones idólatras. Jesús no deseaba la alabanza de las multitudes; no le daba placer oír sus gritos al pasar; se deleitaba en las peticiones del pobre pecador tembloroso y en el amor de aquellos cuyos pecados había perdonado. ¿No fue su carácter manso, retraído y compasivo descrito verdaderamente por el profeta Isaías en el pasaje que comienza: «He aquí mi siervo, a quien yo elegí»?

Ahora bien, en esta profecía hay varios puntos profundamente interesantes. Se vislumbra aquí el pacto eterno, aquel pacto que el Padre hizo con el Hijo respecto de nuestra salvación. Fue hecho antes de que el mundo comenzara; porque Dios previó nuestra ruina y supo que nadie sino su Hijo unigénito podía salvarnos; por tanto, designó a su Hijo para esta obra tan grande. El Hijo consintió y respondió: «Heme aquí, vengo; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mis entrañas». Y he aquí, vino. Así Cristo se hizo siervo de Dios su Padre. Acabó la obra que su Padre le había dado a hacer, y luego ascendió para sentarse a su diestra como nuestro Intercesor. Ahora aboga por los méritos de su servicio y pide su recompensa: la salvación de los pecadores. Su Padre ha prometido que él prevalecerá. Ese es el sentido de las palabras: «Echará el juicio a vencer». Sí, todos los confines del mundo se acordarán y se volverán al Señor. Aquel día glorioso no ha llegado aún. Entretanto, confiemos en él.

Ved qué Salvador tan manso es. «No quebrará la caña cascada», o el corazón quebrantado. «No apagará el pabilo humeante». Los primeros deseos de un alma tras Cristo pueden compararse al humo del lino después de recibir una chispa y antes de encenderse en llama. ¿Apagará él estos deseos débiles? No; los avivará hasta convertirlos en llama. ¿Cómo podemos rehusar confiar en un Salvador tan compasivo! ¿No debemos acercarnos a él con confianza, sabiendo que lo que fue en la tierra, es ahora en el cielo?

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Isaiah's description of the gentle and compassionate Savior

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura