Debemos recordar que, aunque Jesús era Dios, estaba revestido de un cuerpo como el nuestro y sujeto a todos nuestros sentimientos de fatiga. ¡Qué ardor de amor debió llenar su pecho para haber ahuyentado el sueño de sus párpados y sostenerle en oración durante toda una noche! ¿Cuánto tiempo pasamos nosotros orando? ¿Media hora? Acaso ni cinco minutos mañana y tarde; quizá la mayor parte aun de ese tiempo nuestros pensamientos vagan hasta los confines de la tierra. ¿O no oramos jamás en espíritu, con deseos fervientes tras Dios? ¿Sentimos la oración como una carga pesada; y no derramamos jamás nuestra alma, como un niño vierte sus sentimientos en el seno de su padre? Si esto es así, ¡cuán terrible es nuestra condición!
Pero aun si sabemos lo que es orar a Dios, debemos sentir que no oramos tanto ni tan fervientemente como deberíamos. ¡Qué bendiciones recibiríamos si orásemos a Dios con más fervor, y le rogásemos e implorásemos que cumpliera sus promesas! ¿Por qué somos tan dados a buscar excusas y a pensar que estamos demasiado ocupados o demasiado fatigados para orar? ¿Es porque no creemos que Dios nos oye? ¿O es porque pensamos que nos dará bendiciones sin que se las pidamos? Guardémonos no sea que provoquemos a Dios, con nuestra negligencia, a retirar las bendiciones que ya nos ha concedido.
Podemos colegir cuál fue el asunto de la oración del Salvador aquella noche, al observar cuál fue su ocupación a la mañana siguiente. Entonces eligió a doce de entre sus discípulos para ser apóstoles. ¿No estaba orando en la noche por ellos y por el éxito de su ministerio? ¡Qué bendiciones se han derramado sobre miles en respuesta a aquellas oraciones de medianoche! Pero aun nosotros, indignos como somos, podemos ayudar la causa de nuestro Redentor uniéndonos a sus peticiones; pues él dijo una vez: «La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies».
Sí, aun nosotros podemos suplicar a Dios que elija hombres santos y los haga sus ministros. Criaturas humanas pueden edificar iglesias, pero no pueden poner en ellas ministros santos, a menos que Dios prepare hombres para el ministerio. ¡Y qué es una iglesia sin un hombre de Dios en ella! Los falsos maestros arruinan las almas; no son ministros de Cristo. Oremos para que Dios nos envíe pastores según su corazón, que nos apacienten con ciencia y entendimiento, y para que envíe a sus pastores hasta los confines de la tierra a traer sus ovejas perdidas a su redil.
Estos doce apóstoles no iban a hacerse ministros inmediatamente. Si acudimos a Marcos 3:14, hallaremos que Jesús los ordenó para que primero estuvieran con él, y luego salieran a predicar. Todos los que enseñan a otros deben estar con Jesús para ser enseñados por él.
¿Quiénes eran los hombres que Jesús eligió por apóstoles o mensajeros? (pues apóstol significa «persona enviada»). Algunos eran pescadores; Mateo era publicano; y probablemente ninguno era grande a los ojos del mundo. Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, fueron llamados Boanerges, o hijos del trueno; y se supone que después predicaron con gran poder, pues aunque Juan es famoso por escribir sobre el amor, escribió terribles advertencias a los pecadores, y sin duda las pronunció también, así como Jesús, su maestro manso, lo hacía.
El último mencionado es Judas Iscariote, o el hombre de Carioth, ¡el traidor! ¿Y por qué eligió Jesús a tal hombre, cuando desde el principio sabía que le entregaría, y dijo una vez: «¿No he escogido yo a vosotros doce, y uno de vosotros es diablo?» Pues entonces, ¿por qué le eligió? Sin duda una razón fue cumplir la profecía del Salmo 41: «Aun mi propio familiar, en quien yo confiaba, que comía de mi pan, alzó contra mí su calcañar». ¿Podría también haber pretendido enseñarnos una lección solemne con el ejemplo de Judas? Es posible estar con Jesús, oírle noche y día; es posible parecer religioso y predicar doctrinas santas, y sin embargo perecer eternamente. Hay demasiados ejemplos de personas que han parecido haber nacido de Dios, y que han muerto en pecado. Baxter refiere que en sus días de juventud tuvo un amigo que parecía más ferviente que él mismo, que oraba con él y le exhortaba, y que finalmente cayó y naufragó en la fe. ¿Podemos oír de tales casos sin elevar nuestros corazones a Dios para que nos guarde de caer?
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ chooses his twelve apostles
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.