La vida de Cristo para cada día

El servicio fiel mientras aguardamos el retorno del Señor

La parábola de las minas nos enseña que, mientras aguardamos el retorno del Señor, todo creyente está llamado a servir con dones, instrucción, ejemplo y oración para la gloria de Dios.

Esta parábola se relató para corregir un error en que muchos de los discípulos del Señor habían caído. Pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente. No se equivocaban al suponer que un día el reino de Dios se establecería sobre la tierra, pues será establecido con poder y gran gloria; pero se equivocaban al suponer que ya había llegado el tiempo. Habrá grandes voces en el cielo que digan: «Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo, y Él reinará por los siglos de los siglos». Pero antes de que se oigan aquellas aclamaciones, muchos acontecimientos deben cumplirse. El Señor ya había preparado a Jacobo y a Juan para soportar padecimientos antes de ser ensalzados a honra; y ahora preparaba a todos sus discípulos para realizar servicios antes de participar de recompensas. Zaqueo acababa de mostrar su disposición a servir al Señor, haciendo promesas de restitución a los agraviados y de liberalidad para los pobres. Su espíritu debiera ser el de todos los seguidores de Cristo. Aunque sólo podemos ser salvos por la gracia libre, debemos mostrar gratitud por esta libre salvación con nuestras obras.

El Señor Jesús se comparó en esta parábola a un noble que fue a un país lejano para recibir un reino de su monarca, y volvió a aquel reino para tomar posesión de él. De este modo eran otorgadas Judea y Galilea por el emperador de Roma a los nobles que las gobernaban. Los gobernantes eran investidos con su poder en Roma, y una vez investidos volvían a los países que se les había designado gobernar. Antes de partir, el noble confió a cada uno de sus diez siervos una mina. Así, antes de ascender al Padre, el Señor encargó a todos sus discípulos que le sirvieran fielmente hasta el día de su retorno. No fueron sólo los apóstoles quienes recibieron este encargo. Todos los que creen en Cristo están obligados a consagrarse a su servicio. La mina representa los diversos medios de hacer el bien que Dios ha puesto a nuestro alcance. Aunque en esta parábola cada siervo recibió la misma suma, otra parábola nos muestra que no todos los cristianos gozan de iguales oportunidades de utilidad, pero todos gozan de algunas, y todos están obligados a mejorar las que poseen.

En los días de los apóstoles, los creyentes recibían poderes milagrosos que estaban obligados a usar en el servicio de su Señor; como Pablo declara: «A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho». En estos días, aunque ya no se poseen poderes milagrosos, hay muchos modos de hacer el bien. Por dones, por instrucción, por ejemplo y por oración, los cristianos pueden promover la gloria de Dios. Quienes poseen bienes pueden dar pan al hambriento y esparcir alimento para el alma distribuyendo Biblias y tratados, y promoviendo la predicación del evangelio por todo el mundo. Pero algunos que no pueden dar mucho sí pueden instruir. Una palabra dicha a tiempo, aun por un niño, ha salvado a veces un alma. El ejemplo es aún más poderoso que la instrucción. Quienes se ofenderían con el consejo a menudo son convencidos por una vida santa, un comportamiento manso y un espíritu perdonador. Por eso el apóstol Pedro encarga a las mujeres con maridos incrédulos que procuren ganarlos con su conducta cristiana. Hay otro modo de hacer el bien, el más secreto de todos pero el más eficaz: la oración. El bien que la oración ha hecho nunca se conocerá hasta el último día. Entonces se verá que quienes apenas podían ser útiles de otro modo alcanzaron bendiciones con sus oraciones. Se refiere de un pobre hombre, largo tiempo confinado en cama por enfermedad, que hacía diariamente su ocupación pedir que la luz entrara en los diversos pueblos oscuros de su contorno. Cada uno de aquellos pueblos por los que así oraba por separado gozó, en pocos años, de la luz del evangelio. Es admirable que el Señor recompense los imperfectos servicios de sus criaturas pecadoras. Hasta nuestras oraciones están mezcladas con pecado. Toda buena acción tiene alguna aleación de mal en el motivo, algún defecto en la ejecución, y con demasiada frecuencia va seguida de satisfacción propia al recordarla. La misma sangre preciosa que borró nuestras obras pecaminosas es necesaria para limpiar nuestras obras justas de todas sus contaminaciones. Nunca se sentirán más abatidos los fieles siervos de Cristo que cuando oigan a su Maestro decir: «Bien hecho». Los ángeles mismos, que han hecho la voluntad de Dios sin falta desde la creación, consideran un privilegio servirle. ¡Qué sentirán, pues, quienes le han servido tan imperfectamente, cuando sean ensalzados a puestos de honra y confiados con autoridad y poder!

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The first part of the parable of the ten pounds

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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