En esta historia hallamos un ejemplo de curación espiritual obrada por el Señor. Abrir los ojos de Bartimeo no fue tan grande obra como abrir el corazón de Zaqueo. Aunque el Señor sanaba continuamente a los cojos y a los ciegos, no fue para sanarlos que Él vino al mundo. ¿Para qué vino? Oigamos su propia declaración: «El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido». Pero los hombres en general, no conscientes de su estado perdido, no acudían a Él para salvación como sí lo hacían para la sanidad de sus enfermedades corporales. Zaqueo no clamó por misericordia como Bartimeo. Su deseo era ver a aquel profeta admirable del que tanto había oído. Para ello, siendo de corta estatura, se subió a un árbol. Probablemente se habría contentado con obtener una buena vista del Salvador al pasar por debajo. ¡Cuán asombrado debió quedar cuando el Señor, al llegar al lugar, miró hacia arriba y dijo: «Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy debo alojarme en tu casa»! Debió estar pronto a exclamar, como Natanael: «¿De dónde me conoces?». Era evidente que el Señor conocía no sólo su nombre, sino su situación. Sabía que tenía una casa en la que podía recibir huéspedes. Sabía más aún: conocía su corazón; estaba seguro de que Zaqueo estaba dispuesto a recibirle bajo su techo. Debió saberlo, pues Él mismo le había hecho dispuesto. En ninguna otra ocasión se registra que entrara sin invitación en casa de un extraño.
Fue en verdad un honor singular el conferido a Zaqueo. Tuvo el privilegio de mostrar hospitalidad a su Señor al inicio mismo de su trato con Él; y parece haber sido consciente de la grandeza del privilegio, pues descendió del árbol con prisa y le recibió con gozo. ¿De dónde nacía su gozo? Aunque la curiosidad pudo ser su único motivo para subir al árbol, un principio más alto parece haberle movido antes de descender. Como Natanael y la mujer de Samaria, pudo sentir que sólo el verdadero Mesías podía tener tal conocimiento de él y de su situación. No es de extrañar que se regocijara ante la perspectiva de conversar con Aquel que todo lo conoce. Debajo del techo de Zaqueo debió tener lugar una comunión muy interesante; pero poco se registra. En breve tiempo, el dueño de la casa había aprendido tanto de la voluntad de su Señor, que se levantó e hizo declaraciones y confesiones públicas. Declaró que daría la mitad de sus bienes a los pobres; confesó que había defraudado a algunos mediante falsas acusaciones o cobrando de más al recaudar los tributos públicos; prometió restituirles cuatro veces lo tomado. Es buena señal cuando los impresionados por la verdad religiosa comienzan haciendo restitución, pidiendo perdón a quienes han ofendido y adoptando una vida enteramente nueva.
El Salvador compasivo no tardó en honrar las buenas resoluciones de Zaqueo. Le dio el título de hijo de Abraham, mostrando así que fue su fe la que produjo su santa determinación. De haber tenido el joven gobernador la fe de Zaqueo, no habría rehusado desprenderse de todos sus bienes al mandato de Cristo. Pero, a pesar de sus cualidades atractivas, carecía de aquella gracia preciosa. Zaqueo la poseía, y nada habría retenido de su Señor que se le hubiera llamado a entregar. Sin duda habría seguido con gusto al Señor en el camino; pero parecía tener deberes que cumplir en casa. Le tocaba procurar llevar a cada miembro de su hogar al conocimiento de su Salvador. ¿Podría olvidar la alentadora seguridad: «Hoy ha venido la salvación a esta casa»? Los de su familia podían desde entonces considerarse bienaventurados. La visita de su huésped divino fue para ellos el adelanto de la bienaventuranza eterna. Hay un período en la historia de algunas familias cuando la verdadera religión entra por primera vez. Variados son los medios por los que entra: a veces mediante un amigo piadoso, a veces un siervo piadoso; en algunos casos la familia es llevada a oír a un fiel ministro, en otros a leer un libro santo. Sea cual sea el medio empleado, aquel período es verdaderamente memorable cuando el primer miembro de una familia se vuelve al Señor con todo su corazón. Aquel miembro no descansará satisfecho con servir a Dios solo; ofrecerá oraciones y usará persuasión, hasta que sus hijos o sus padres, sus hermanos y sus hermanas, se unan al mismo bendito servicio.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Zaccheus
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.