El Peregrino de Sion

El suicidio no nace de la fe, sino de su ausencia

Ante un suicidio, el peregrino teme haber de caer un día; su compañero muestra que ninguno nacido de simiente incorruptible perece, y que quienes caen nunca estuvieron en la gracia, sino que obraron solo por naturaleza.

Apenas mi amigo hubo pronunciado estas palabras, una multitud de gente corrió por la calle en que caminábamos, lo cual despertó nuestra curiosidad por averiguar la causa. La información era triste: un joven temerario, al parecer incapaz de soportar las diversas decepciones que un largo hábito consentido de mala crianza había provocado, se atrevió a desafiar a la Omnipotencia poniendo fin a su existencia terrenal. La multitud corría a contemplar al desdichado objeto. En cuanto a mi compañero y a mí, ambos permanecimos inmóviles, horrorizados. Al fin mi amigo se recompuso y rompió el silencio: «Santo Señor —exclamó—, ¡qué mundo tan terrible es este por el que tu pueblo va pasando! ¡Qué cerca caminamos de los confines de la miseria eterna, cuando en el propio momento somos los monumentos de tu misericordia salvadora! Bendito Dios —añadió—, escribe, te ruego, esa solemne verdad en mi corazón: Aquellos que son guardados, son guardados por el poder de Dios mediante la fe para salvación».

—¡Oh, qué lección hay aquí, hermano mío! —exclamó— para la madre afligida a quien acabamos de mencionar. ¡Y qué darían los padres de este joven (pues acaso él tenga todavía a ambos que lo sobrevivan) por haber tenido el caso de ella!

Mi corazón estaba demasiado lleno para responder. Sentí toda aquella sensación que el poeta experimentó al contemplar un tema tan desesperado y terrible, cuando dijo:

Entonces, si es cosa terrible morir, ¡cuán horrible aún morir a mano propia! ¡Asesinato de sí mismo! —¡no lo nombres!— ¡tentativa espantosa! Recién salido del autosacrificio, en plena furia, ¡precipitarse a la presencia de nuestro Juez! Como si le desafiáramos a hacer su peor parte, ¡y no estimáramos su ira! ¡Es locura! Es peor que locura: nada puede describir delirio tan desesperado como este. (Blair, El Sepulcro.)

Tardé algún tiempo en resolverse a abandonar el lugar de aquella escena espantosa; pero al fin tomé el brazo de mi compañero, y nos alejamos juntos hacia el extremo de la calle, que desembocaba en los campos. Habíamos recorrido un buen trecho sin cruzar palabra, imaginando que la mente de ambos estaba completamente absorta en rumiar un asunto que, más que ningún otro, era el más angustiante. Por mi parte, el suceso había despertado en mi pecho un tren de pensamientos que tendía a disipar todas mis recién formadas esperanzas. «¿Qué —me dije—, si un fin tan horrible fuera al cabo la terminación de mi peregrinaje? ¿Qué si todos mis anhelos de gracia hubieran de resultar, en última instancia, un engaño? ¿Está el pueblo de Dios expuesto a tentaciones tan aplastantes del enemigo? ¿Pueden ser verdaderamente despertados a la vida de Dios en el alma… y, con todo, caer al fin para siempre?»

Estas y semejantes preguntas desconfiadas surgían involuntariamente en mi mente y me producían mucha ansiedad, cuando mi amigo, como si estuviera al tanto de lo que pasaba dentro de mí, rompió el silencio: «¡Cuán engraciado —exclamó— es nuestro Dios en medio de juicios tan terribles como los que caminan a nuestro lado por el mundo, para conservarnos sin daño! ¿No percibes la evidencia de aquella Escritura: "Mil caerán a tu lado, y diez mil a tu diestra; mas no se acercará a ti; solo con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos"? (Salmo 91:7, 8.) ¡Oh, es un pensamiento bienaventurado y que revive el alma, que en medio de todas las melancólicas pruebas a nuestro alrededor de que vamos atravesando los territorios del enemigo, hay un "con todo" engraciado en el pacto que nos ampara de su malicia! "Con todo —dice el Apóstol—, el fundamento de Dios permanece firme, teniendo este sello: El Señor conoce a los que son suyos." (2 Tim. 2:19.) "Allega, Moab, a mis desterrados; séles escondedero contra la faz del devastador." (Isaías 16:4.) Esto basta. Desterrados son, y a veces tenidos por "escoria de todo"; pero, con todo, son los desterrados de Dios. Tentados pueden serlo, y ciertamente lo serán; mas vencidos no lo serán; y si un observador pudiera ver las cosas espiritualmente, descubriría, como el impío monarca de antaño, a "Uno que camina con su pueblo en el horno más ardiente, de modo que ni el olor del fuego pase sobre ellos". (Dan. 3:25, 27.)

—Mucho alegras mi corazón —le respondí— con lo que dices. Todos mis temores estaban despiertos ante aquella escena espantosa, no fuera que un suceso tan verdaderamente desesperado llegara algún día a ser mi porción.

—Eso —respondió mi compañero apresuradamente— es imposible para un hijo de Dios. La promesa es absoluta: "Ningún arma forjada contra ti prosperará." (Isaías 54:17.) Y Dios "es fiel, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir; mas dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar".

—Pero ¿no se dice —repuse— que algunos que fueron una vez iluminados, y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo… han caído?

—Sí —respondió mi compañero—, pero ninguno de los así descritos fue jamás hijo de Dios, ni "nacido de aquella simiente incorruptible que vive y permanece para siempre". Solo observa la enorme distinción de carácter con que aquellos iluminados de que habla el apóstol están marcados, frente a los rasgos bíblicos del verdaderamente regenerado, y el contraste aparecerá enseguida. Se dice de ellos que fueron "una vez iluminados"; esto es, con conocimiento de la mente, no renovados en los afectos del corazón. Se los describe como los que gustaron del don celestial; gustaron, pero no aprobaron, como gente a cuyo estómago repugna lo que el paladar rechaza, y no lo digiere. Se dice que "fueron hechos partícipes del Espíritu Santo"; esto es, en sus operaciones comunes sobre el entendimiento, no en su gracia vivificadora y regeneradora en el alma. En todos estos y semejantes casos, no se dice ni una sola sílaba de la obra del Espíritu en los grandes y esenciales puntos de la fe y el arrepentimiento, y de la vida renovada. Todo el relato se limita a las operaciones comunes de la naturaleza, por contraste con la gracia, en las que los hombres naturales frecuentemente sobresalen, y a veces en tal grado que aventajan en conocimiento intelectual a los hijos de la gracia; y al Espíritu Santo le place obrar por su instrumento, mientras ellos mismos permanecen inconscientes de su poder. Bendice a los suyos por medio de ellos; pero no sienten su poder en ellos; pues antes que su casa carezca de provisión, los alimentará aun de la mesa de sus enemigos. Llegan a ser, por tanto, como canales de conducción, que llevan a otros pero nada retienen; o como los mojones del camino, que señalan al viajero la senda recta, pero nunca se mueven un paso hacia ella. Estas cosas pueden hacerse, y muy a menudo se hacen, por hombres que son del todo ajenos a la piedad vital; y por ello, cuando dejan de aparecer en su carácter asumido, el mundo dice que han caído de la gracia; cuando el hecho es que nunca estuvieron en la gracia. Todo en tales personas procede de causas naturales, se sostiene por medios naturales y se adopta con fines naturales; y así, comenzando en la naturaleza, terminan en la misma. Y si se prestase la debida atención a estas cosas, para discernir entre naturaleza y gracia, ello contribuiría, bajo la bendición divina, en gran medida a disminuir las aprensiones del creyente humilde y temeroso respecto al peligro de apostatar de la fe.

—Pero ¿no hay una dificultad —dije— para recibir de corazón esta doctrina, en los casos de aquellas personas desdichadas que mueren por su propia mano, y, según se supone generalmente, por efecto de la melancolía religiosa?

—Ninguna —respondió mi amigo— para quienes consideran el asunto desde un punto de vista adecuado. Es el más craso error atribuir tales casos de suicidio a una melancolía religiosa, cuando, de hecho, provienen del todo de la total ausencia de verdadera religión.

Los hombres, por los despertares de la conciencia y por el temor del desagrado divino, al recordar una vida malgastada, pueden ser llevados a la desesperación; y, si no se les da gracia por Dios para aplicar las dulces promesas del evangelio en la hora de la tentación, sino que son dejados a sí mismos, pueden ser impulsados a cometer un acto ante el que la naturaleza se estremece. Pero ¿quién se atrevería —sino un necio— a imputar esto a cuenta de la verdadera religión, cuando toda circunstancia no hace sino probar cabalmente lo contrario: la total ausencia de toda verdadera religión? Supongamos tan solo un caso que basta a la vez para responder todas las observaciones pueriles que el mundo ha hecho sobre un asunto de esta naturaleza. Supongamos un hombre que, bajo la presión inmediata y las alarmas de una conciencia culpable, ante la perspectiva de la ira venidera, sienta subir la tentación de acabar consigo mismo. Supongamos además que, en este estado de ánimo angustiado, alguna preciosa revelación y promesa del evangelio le sea, por gracia divina, revelada al corazón; que oiga y crea lo que el evangelio declara con gracia: que "aunque vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana; que la sangre de Jesucristo limpia de todo pecado". ¿No es evidente que, si la mente de tal hombre es llevada a creer esta preciosa promesa, no puede haber desesperación, y por tanto no puede haber asesinato de sí mismo? ¿Y se atrevería el prejuicio mismo, aun el más craso prejuicio, a decir, o siquiera a creer, que un solo caso de suicidio se haya cometido jamás en tales circunstancias?

—De modo que, hermano mío —prosiguió mi amigo—, ya ves que no es la fe, sino la falta de fe; no procede de la verdadera religión, sino de la total ausencia de verdadera religión, lo que invade la mente de aquella melancolía que a veces termina tan fatalmente en la propia destrucción.

Fuente y atribución

Autor original: Robert Hawker

Título original: Zion's Pilgrim — THE SUICIDE

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Robert Hawker, publicado originalmente en Grace Gems.

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