Dios entregó las personas de los escogidos en manos de su Hijo amado, como Jacob confió a Benjamín en manos de Judá; y así como Judá aceptó a Benjamín, Cristo aceptó a la Iglesia y se comprometió a llevarla a Dios, o él mismo cargaría con la culpa para siempre. ¡Pero cuán probada fue esa fidelidad! Los hombres la probaron; los demonios la probaron; Dios la probó; y ella salió gloriosamente victoriosa en todo. ¡Sin embargo, qué cargas se echaron sobre ella! ¡Cómo vacilaban, por así decirlo, las rodillas de Jesús bajo su peso! ¡Cómo, como dice Deer, tenía "fuerza suficiente, y ninguna de sobra"!
¡Cómo hubo de sostener la maldición de la ley y el peso del pecado imputado! ¡Cómo hubo de apurar todo un infierno de tormento interior! ¡Cómo hubo de ser angustiado en el cuerpo, y más que angustiado en el alma! ¡Qué sudor de sangre en el huerto, qué lágrimas, qué profundo asombro, qué pesadumbre de espíritu, qué tristeza hasta la muerte; qué dolores de cuerpo en la cruz, qué quebranto de mente, qué angustia de alma sufrió el Santo Cordero al ser fiel a Dios! Podría haber orado, y su Padre le habría enviado doce legiones de ángeles; le bastaba hablar, y podría haberse elevado al cielo dejando atrás la cruz y toda su vergüenza y sufrimiento. Pero fue fiel a Dios y a la obra que había emprendido. Seis horas fatigosas colgado en la cruz. Seis horas fatigosas soportando la ira de Dios, y aquel golpe más penetrante de todos, reservado para el final como la gota más amarga de todo el cáliz: el esconder de su Padre su rostro, que arrancó de su pecho aquel clamor que ni la tierra ni el cielo habían oído jamás: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Y, con todo, no fue sino hasta haber acabado la obra cuando entregó su espíritu. Así fue fiel "en todo lo que toca a Dios".
Y también es fiel en todo lo que toca al hombre. Pudo decir al Padre: "De todos los que me has dado" (salvo el hijo de perdición, Judas, al cual no tenía encargo de salvar de la muerte y el infierno); pero de todos los demás que había recibido como don del Padre, pudo decir: "Ninguno he perdido." Así fue fiel mientras estuvo en la tierra. ¡Y cuán fiel es ahora! El sumo sacerdote bajo la ley tenía dos oficios que ejercer: ofrecer sacrificio por el pueblo y ofrecer oración e intercesión por él. En la tierra Jesús cumplió el primero; en el cielo cumple el segundo, pues allí, en virtud de su presencia, hace continua intercesión por nosotros.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: May 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.