Es muy provechoso observar qué tentaciones han vencido a los hombres en tiempos pasados. Nadie puede estimar la fuerza de la tentación, excepto aquellos que están bajo su influencia. Aun aquellas tentaciones por las cuales nosotros mismos hemos sido vencidos una vez, nos parecen débiles e insignificantes cuando estamos fuera de su poder. Hemos leído de un joven gobernante que se negó a seguir a Cristo porque tenía grandes posesiones. Ahora leemos de muchos gobernantes que se negaron a confesarlo, porque amaban más la alabanza de los hombres que la alabanza de Dios. ¡Qué diversos motivos tienen los hombres para no hacer la voluntad de Dios! Pero no hay ni uno solo de todos esos motivos que parezca fuerte en el día final. "No podemos", pensaron estos gobernantes, "confesar que Jesús es el Hijo de Dios, no sea que seamos expulsados de la sinagoga." Hubo un mendigo nacido ciego que soportó la prueba; ¿por qué no podían soportarla ellos? Cuando fue echado fuera, el Hijo de Dios lo halló y se reveló a él. Si aquellos gobernantes hubieran actuado como él, habrían sido consolados como él fue. Una sola palabra del Hijo de Dios podía impartir más paz al corazón que los aplausos de toda una multitud o la alabanza de todo el Sanedrín. Pero a estos gobernantes les parecía una calamidad insostenible ser expulsados de la sinagoga. Que no se les permitiera acercarse a la distancia de un brazo de ninguna persona, ni comer ni beber con nadie durante treinta días, era una prueba que no querían afrontar. Luego, si al cabo de treinta días seguían confesando a Cristo, se pronunciaría una maldición sobre ellos en medio de la congregación, acompañada por la extinción de las luces y el sonido de trompetas. Vendrían luego indigencia, desolación y deshonra. Serían despojados de sus bienes, se les prohibiría contratar o ser contratados, comprar o vender, enseñar o ser enseñados; cuando murieran, se lanzarían piedras sobre su ataúd, y nadie los seguiría a la tumba.
Estas cosas eran suficientes para aterrar un corazón humano; pero ¿qué eran todas ellas, comparadas con los males que Dios infligirá a los incrédulos y a los cobardes? Que no se nos permita acercarnos a nuestros semejantes no es tan terrible como ser separados de santos y ángeles, y de Dios y de Cristo para siempre jamás. La oscuridad repentina en la sinagoga y el estruendo de las trompetas no podrían ser tan espantosos como la oscuridad del sol al mediodía y el sonido de la última trompeta.
Pero aunque estos gobernantes creían que Jesús era el Cristo, no creían con el corazón. No lo amaban. Amaban más a los hombres que a Dios; por tanto amaban más la alabanza de los hombres que la alabanza de Dios. Es posible que un verdadero creyente sea tentado a negar a su Señor; pero entonces no permanecerá en el pecado. Pedro negó a Cristo; pero una "mirada de tierno reproche" lo llevó al arrepentimiento y lo hizo salir y llorar amargamente. Estos gobernantes no eran como Pedro. Podían ver a sus compañeros insultar al Señor día tras día, y sin embargo nunca tomar su partido; podían oírlos tramar su muerte, y sin embargo guardar silencio. Estaban conformes con estar en buenos términos con sus enemigos y no ser contados entre sus amigos. ¿Habrían podido hacer esto si lo hubieran amado? ¡Oh, no! Si lo hubieran amado, en alguna ocasión habrían delatado sus sentimientos. Nicodemo no podía sentarse en el Sanedrín y oír calumniado al Señor. Exclamó: "¿Acaso nuestra ley juzga a algún hombre antes de oírlo y saber lo que hace?" y así atrajo sobre sí el ridículo de la asamblea. ¿Podría un hijo afectuoso oír insultar a su padre día tras día, y nunca mostrar con palabra o mirada cuán profundamente estaba herido? Quizá nunca oigamos a los hombres hablar abiertamente contra Jesús mismo. Pero ¿no nos encontramos con muchos que hablan contra sus leyes y su pueblo? Es ante tales personas donde se nos llama a confesarlo. Si no parecemos aprobar los placeres mundanos, si mostramos apego a las personas verdaderamente piadosas, si nos negamos a sonreír ante el pecado y a admirar lo que el mundo admira, los enemigos de Cristo nos odiarán y despreciarán. ¿Estamos dispuestos a soportar su odio y desprecio por amor a nuestro querido Maestro? ¿Es la aprobación de Cristo más querida para nosotros que la admiración del mundo? Estas son señales de que amamos al Señor y de que Él nos ama; y de que Él nos confesará cuando venga en su gloria con todos sus santos ángeles.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Many who believe, refuse to confess Christ
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.