Nos asombraría ver a un hombre tan ansioso por poseer un campo común que estuviera dispuesto a pagar cualquier precio por él. Pero si después descubriéramos que en ese campo había una mina de mineral precioso, ya no nos sorprendería su afán por obtenerlo, aun pagando un precio muy alto.
Es así como el mundo se maravilla de la urgencia del creyente por asegurar las bendiciones celestiales. No ven en la religión ningún atractivo que justifique tanto empeño, y están prestos a tenerlo por necio y loco. Pero no han descubierto el tesoro que él sí ha descubierto. No es que él lo esconda, como el hombre de la parábola, sino que no puede persuadirlos de que crean su testimonio. En vano les asegura que el verdadero gozo se halla solo en Cristo; ellos responden que la religión está llena de tristeza y restricción, y que solo conviene a los enfermos o a los afligidos. El creyente sabe bien que el favor de Dios es de valor infinito; compra el campo, asegura el tesoro y se regocija en su posesión. Ahora es el tiempo en que el campo puede comprarse. Ese tiempo pronto pasará. Terribles y sin fin serán los lamentos de quienes despreciaron la oportunidad de echar mano a la vida eterna.
En la parábola siguiente, un hombre busca perlas hermosas. Por naturaleza todos buscamos la felicidad, pero jamás la hallaremos si no es en el conocimiento de Cristo; ni siquiera allí la encontraremos si no estamos dispuestos a renunciar a todo placer pecaminoso por amor a Él. Agustín, el obispo africano, que vivió cuatrocientos años después de Cristo, sostuvo muchas luchas dolorosas antes de consentir en desprenderse de sus pecados. Pero al fin la gracia de Dios domeñó su corazón obstinado. Se postró ante el Señor bajo una higuera y oró diciendo: "¿Hasta cuándo, Señor, estarás airado? ¿Para siempre? No recuerdes mis antiguas iniquidades. ¿Hasta cuándo diré: 'Mañana'? ¿Por qué no ha de poner fin esta hora a mi esclavitud?" Dios, por cuyo Espíritu fue sugerida esta oración, la respondió y reveló a Cristo al alma de Agustín. Entonces este hombre, antes tan miserable, pudo decir: "¡Cuán dulce fue en un momento verme libre de aquellas deliciosas vanidades, cuyo amor había sido mi temor, y cuya pérdida era ahora mi gozo! Tú las arrojaste fuera, oh mi verdadero y sumo deleite, y entraste en su lugar, más dulce que todo placer. ¡Cómo quedó mi mente libre de los roedores cuidados de las pasiones pecaminosas, y conversé íntimamente contigo, mi Luz, mi Riqueza, mi Salvador y mi Dios!" Sin duda este pecador arrepentido había encontrado ya la Perla de gran precio. ¿Podemos decir que Jesús es precioso para nuestros corazones? Sobre un lecho de muerte sentiríamos que solo Él puede consolarnos o salvarnos: ¿qué sería de nosotros si entonces no lo hubiéramos hallado?
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The parables of the hidden treasure and of the pearls
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.