La vida de Cristo para cada día

El trigo y la cizaña crecen juntos hasta la cosecha

El trigo y la cizaña crecen juntos hasta la cosecha, recordando que sólo Dios conoce los corazones y que un día separará a justos e injustos.

La parábola del trigo y la cizaña se asemeja en algunos respectos a la del sembrador, pero difiere en esto. En la parábola del sembrador sólo oímos de buena semilla; aquí leemos también de mala semilla. Mientras Cristo, por sus fieles ministros, siembra buena semilla, o sea el evangelio puro, el diablo, por sus siervos, siembra mala semilla, o sea falsas doctrinas.

La buena semilla, donde echa raíces y prospera, produce a los hijos del reino, o verdaderos creyentes, mientras que la mala semilla produce hipócritas, formalistas, herejes y otros personajes malvados, que son los hijos del diablo. Vemos aquí el gran peligro al que estamos expuestos de que se siembre mala semilla en nuestros corazones. Si no recibimos el evangelio, recibiremos alguna falsa doctrina. Todos debemos tener alguna clase de religión, y si no recibimos la verdad en el amor de ella, nos aferraremos a nuestras propias imaginaciones necias, o a algunos errores que hayamos oído; y nos lisonjearemos con la esperanza de llegar al cielo por algún otro camino que el que las Escrituras han revelado.

La mala semilla es sembrada con astucia por el gran enemigo. A menudo emplea a personas que parecen religiosas para sembrarla; de modo que los oyentes son engañados y se figuran que reciben buena semilla. Pero ninguna semilla es buena sino la doctrina de las Escrituras. ¡Con cuánto cuidado debemos estudiar las Escrituras! leyéndolas diariamente, esforzándonos por entender su significado, pidiendo la ayuda de personas piadosas; y, sobre todo, de rodillas, suplicando ser enseñados por Dios. No debemos creer ninguna doctrina que no pueda probarse claramente con las Escrituras; pues, si no se halla allí, ha de ser mala semilla.

Vemos también en esta parábola que el trigo y la cizaña se parecen tanto a veces, que es difícil distinguir entre ellos. Pues ¿por qué el señor del campo prohibió a sus siervos arrancar la cizaña? Fue por temor de que se equivocaran y arrancaran trigo en lugar de cizaña. Los siervos representan a los ministros; no siempre pueden distinguir entre verdaderos y falsos creyentes. Es Dios solo quien conoce el corazón; él conoce a los que son suyos, y solo él lo conoce con certeza. Los discípulos no sabían que Judas era un diablo; pero Jesús lo sabía desde el principio. Cuando Saulo de Tarso fue convertido, los discípulos de Jerusalén no sabían que era sincero, y por algún tiempo temieron recibirlo. No debemos, pues, deleitarnos demasiado con la aprobación de nuestros hermanos cristianos, ni turbarnos demasiado por sus sospechas. Debemos acudir a Dios y suplicarle que examine nuestros corazones. Como David, cada uno debe decir: "Examíname, y pruébame, y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno."

Pero aunque los verdaderos y los falsos creyentes puedan parecer tan parecidos en este mundo, llegará la hora en que sus verdaderos caracteres sean manifestados. Realmente hay la mayor diferencia entre el carácter del más débil hijo de Dios y el hipócrita más plausible. El hipócrita puede parecer aun mejor que el hijo de Dios; pero hay una diferencia en sus corazones, que hará que sean separados el uno del otro por toda la eternidad. Dios dará a sus ángeles sabiduría para discernir entre los justos y los malos: separarán a muchos que han participado de las mismas ordenanzas y vivido en la misma familia. Los malos serán atados en manojos. Acaso esta expresión quiera mostrar cómo aumentarán su miseria mutua con reproches recíprocos. Los justos resplandecerán como el sol, sin una sola mancha de pecado que oscurezca su brillo. Se ha dicho bien que tres cosas nos sorprenderán si entramos en el cielo: primero, ver a tantos allí a quienes no esperábamos ver; segundo, echar de menos a tantos a quienes sí esperábamos ver; y tercero, encontrarnos a nosotros mismos allí; sí, a nosotros mismos, tan indignos, levantados del polvo y exaltados a un trono. ¡Oh!, ¡que esta sorpresa sea la nuestra! pues hay otra sorpresa que aguarda a muchos cristianos aparentes, que clamarán confiadamente: "¡Señor, Señor, ábrenos!" Ahora, pues, juzguémonos a nosotros mismos, para que no seamos condenados con el mundo.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The parable of the wheat and tares, with the explanation contained in ver. 36-43

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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