Las hendiduras de la roca

El Verbo hecho carne: Dios habitando entre nosotros

El Verbo eterno se hizo carne y habitó entre nosotros; en su verdadera humanidad, sin mezcla ni confusión con su divinidad, hallamos refugio, redención y un Hermano divino.

LA HUMANIDAD DE CRISTO

LA HUMANIDAD DE CRISTO

«Así el Verbo se hizo hombre y vivió aquí en la tierra entre nosotros.» Juan 1:14

«La Palabra de Dios, Jesucristo, a causa de su inmenso amor, se hizo lo que nosotros somos, para hacernos lo que Él es.» –Ireneo, 169.

«No hay lugar en la posada para el Niño nacido milagrosamente; la tierra no recibe a su Dios. No tiene morada adecuada en todo el mundo. Aquel a quien el cielo y la tierra no pueden contener, ¡yace en un pesebre!» –Simón de Casia.

«Si Jesús fuera solo Dios, y no hombre, no podría sufrir nada con que satisfacer la Justicia Divina. Si fuera solo hombre, y no Dios, no podría satisfacer la Justicia Divina, aunque sufriera. Si solo hombre, su satisfacción no podría ser suficiente para Dios. Si solo Dios, no sería adecuada para el hombre. Y, por tanto, para ser capaz de sufrir por los hombres y de satisfacer a Dios, Él mismo debía ser Dios y hombre.» –Obispo Beveridge.

«La única flor verdadera y perfecta que jamás se ha desplegado de la raíz y el tallo de la humanidad.» –Trench.

En los capítulos anteriores se procuró, en la medida en que nuestros límites lo permitían, aducir prueba escritural en apoyo de aquel artículo fundamental de nuestra santísima fe, la divinidad suprema de nuestro Señor Jesucristo: «El Verbo era DIOS.» Dirijamos ahora, con semejante espíritu devoto y reverente, nuestros pensamientos a otra gran hendidura de la Roca de los Siglos, la doctrina correlativa de la Humanidad del Salvador, cuando (adoptando la traducción o paráfrasis de las palabras del apóstol, hecha por un escritor exegético del siglo V), «ocultando su propia dignidad, tomó la condición de la humillación extrema, y se revistió de la forma humana».

«¡Así el Verbo se hizo hombre y vivió aquí en la tierra entre nosotros!» ¡Qué transición! ¡Qué descenso para aquel Ser Infinito a quien encontramos proclamándose el Alfa y la Omega, escribiendo su nombre en los muros del Palacio de la Eternidad: «¡YO SOY EL QUE SOY!»! ¡Que «el Anciano de Días» asumiera la naturaleza y tomara la forma de un infante en su cuna, durmiendo sobre el pecho de una madre virgen! ¡La Planta de celestial renombre convertida en «un retoño de tierra seca», sin hermosura ni atractivo! No tenemos plomada para sondar las profundidades de esa humillación, ni aritmética con que someterla a ningún proceso de cálculo. Para usar una ilustración que se ha empleado oportunamente: si podemos acoger por un instante la sorprendente suposición del más excelso espíritu creado en el cielo renunciando a su naturaleza angélica y (súbitamente transformado) convirtiéndose en un insecto o un gusano, podemos, en alguna tenue medida, estimar el descenso implicado en tal transformación. Pero, por grande que sea la disparidad, ambos son criaturas de Dios, aunque en los opuestos del ser.

Pero que el Ilimitado, Eterno Jehová, Él mismo se encarnara; que el Creador tomara la naturaleza de lo creado; que lo Infinito se uniera con lo finito; que la Deidad se vinculara con el polvo, ¡esto desconcierta toda nuestra comprensión! Solo podemos yacer en adoración reverente y exclamar con el apóstol: «¡Oh profundidad!»

Si tal idea se hubiera propuesto a la razón, ¡con cuánta fuerza se habría rechazado como imposible e inadmisible, un sueño salvaje e injustificable de la imaginación! Con lo que hemos de tratar, sin embargo, no es una vaga teoría o especulación, sino un maravilloso hecho histórico; pues, «Asómrense, oh cielos, y atónitos estén, oh tierra», ¡Dios ha «verdaderamente habitado con los hombres sobre la tierra»!

No consideraremos necesario ocupar espacio citando pasajes de la Escritura en prueba de la Humanidad del Salvador; pues el presente no es (al menos en nuestros días), como el tema del capítulo anterior, un asunto controvertido y debatido, una cuestión ardientemente disputada en la divinidad polémica, que exija que escudriñemos escritura tras escritura, texto tras texto, para vindicarlo y defenderlo. Asumiendo su verdad, procedamos a ofrecer algunas observaciones generales sobre la naturaleza de esa humanidad que el adorable Redentor tomó en unión con su Divinidad.

I. Fue una HUMANIDAD REAL. Pese a lo recién dicho, sobre la aceptación general, en la presente edad de la Iglesia, de las perspectivas ortodoxas acerca de esta gran doctrina colateral del sistema cristiano, el lector sin doubt podrá saber que una de las fases más tempranas en que el Anticristo se reveló en la Iglesia primitiva, y una de las formas de error que el apóstol Juan fue llamado especialmente a combatir, fue la negación de la verdadera asunción, por parte del Redentor, de la naturaleza del hombre. «Muchos engañadores», dice él, «han entrado en el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Este es un engañador y un anticristo.» Ellos consideraban su Encarnación como un mero fantasma o ilusión; que sus sufrimientos no eran reales, sino aparentes, porque su naturaleza divina hacía imposible el padecimiento de la agonía. Su concepción de estos sufrimientos parece haberse asemejado a la impresión producida al contemplar el espejismo del desierto: la sensación de una realidad, aunque no sea más que un engaño óptico.

Pero el lenguaje del escritor sagrado es explícito e incontrovertible: «Así el Verbo se hizo hombre y vivió aquí en la tierra entre nosotros» (o, como significa esa expresión en el original) «tabernaculó entre nosotros». Plantó su tienda como un Peregrino en medio de los campamentos humanos; y fue bajo las cortinas, por así decirlo, de una humanidad verdadera, que la Deidad en su naturaleza divina residió. Con una notable excepción, a la que pronto aludiremos, esa tienda estuvo expuesta, como las demás que la rodeaban, a la violencia de los elementos morales. «Él padeció siendo tentado.» «Pues en cuanto los hijos participaron de carne y sangre, Él también asimismo tomó parte de lo mismo.» «Él llevó nuestros pecados» (no mediante «sufrimientos simulados» que Él no padeció realmente), «Él llevó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero».

Al hablar, sin embargo, de la humanidad real del Salvador, debemos ser cuidadosos de evitar otra herejía de la Iglesia primitiva, y MANTENER LA DISTINCIÓN DE LAS DOS NATURALEZAS. No hubo entremezcla de estas dos naturalezas. La Divinidad no se fundió en la humanidad, ni la humanidad se confundió con la Divinidad. No hubo alteración de la divinidad en su apropiación del velo de carne; ni el elemento humano fue transmutado por su unión con la Divinidad suprema. «Él fue Dios en todo lo que era divino, y hombre en todo lo que era humano.» En una palabra, Él fue el infinito Jehová; y, no obstante, el Hermano-pariente en distinción de naturaleza, pero en la unidad de una Persona toda gloriosa. En palabras de Owen: «Cada naturaleza conserva íntegramente en sí y para sí sus propias propiedades naturales esenciales; sin mezcla, sin composición ni confusión. La deidad, en abstracto, no se convierte en la humanidad, ni por el contrario, la naturaleza del hombre Cristo Jesús no es deificada; no se la convierte en un Dios; no se funde en el cielo en una sola naturaleza con la divina mediante una composición de ambas. Está exaltada en una plenitud de toda perfección divina, inefablemente por encima de la gloria de ángeles y hombres. Recibe comunicaciones de Dios en luz, amor y poder gloriosos inefablemente por encima de todos ellos; pero sigue siendo una criatura».

No es necesario que nos detengamos en los testimonios que la historia terrenal del Redentor ofrece de la realidad de su alma humana. Remontándonos en reverente pensamiento al hogar retirado de Nazaret, vemos, tanto en su desarrollo físico como mental, conformidad con las leyes y condiciones ordinarias de nuestra naturaleza. Mentalmente, lo vemos «sujeto a sus padres», «avanzando en sabiduría». Físicamente, lo vemos «creciendo en estatura», progresando desde la indefensión y dependencia de la infancia y la niñez hasta la juventud madura; sí, y a fin de que aun en este respecto Él cumpliera toda justicia, pagando Él mismo con su diario afán la pena de la maldición original: «Con el sudor de tu frente comerás el pan».

Es en verdad un pensamiento maravilloso, y que debe disociar para siempre al humilde trabajo del deshonor o la vergüenza, que en unión con la naturaleza infinita e incomprensible de Aquel que diseñó los mundos, que de antiguo, desde la eternidad, trazó regla y compás sobre la faz del abismo, midiendo los cielos con el palmo de su mano, y «sin el cual no fue hecho nada de lo que ha sido hecho», pudiera verse al humilde Hijo de la humilde María, afanándose en el banco de su padre putativo en la cabaña de un campesino, modelando los instrumentos de labranza, ¡las gotas de labor cayendo de su frente!

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE HUMANITY OF CHRIST — Parte 1

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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