Las hendiduras de la roca

La humanidad real y sufriente de Cristo

Cristo asumió una humanidad verdadera, dependiente en oración, pura y sin mancha, y sin embargo profundamente sufriente, para poder ser un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel que se identifica con cada pena de su pueblo.

Existe un ejemplo bien conocido y auténtico de un monarca terrenal que, disfrazado de artesano, entró en uno de nuestros propios astilleros; dejando por un tiempo el atuendo real para vestir la burda ropa del artesano. Pero ¿qué fue aquello? Apenas la más tenue y sombrera figura de este misterio del Amor Encarnado: de Aquel que, estando en la forma de Dios, no consideró como robo el ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, y tomó la forma de siervo de los siervos. Y a través de todos los incidentes de su vida posterior, puede rastrearse su humanidad verdadera. Tómese un ejemplo: su "dependencia como criatura" de Dios, manifestada en su hábito habitual de oración. Lo vemos levantarse "mucho antes del día" y retirarse solo, ya a las profundidades de algún olivar en el monte de los Olivos, ya a la soledad de los retiros montañosos más altos y apartados sobre Betsaida y Capernaúm, allí derramando su alma, ora en serena gratitud y alabanza, ora en fuerte clamor y lágrimas, en los oídos de su Padre celestial; y finalmente, con el mismo aliento de súplica, encomendando en las manos de aquel Padre su espíritu al partir.

Lector, alégrate en el testimonio que la vida y el ministerio de Jesús ofrecen de su real asunción de nuestra naturaleza. "Convenía que en todo fuese semejante a sus hermanos, para llegar a ser un sumo sacerdote misericordioso y fiel." En tus pesares, puedes pensar: Jesús se afligió. En tus tentaciones, puedes pensar: Jesús fue tentado. En tus lágrimas, puedes pensar: Jesús lloró. En la anticipación de tu propia hora de muerte, puedes pensar: ¡Jesús murió!

"En cada angustia que desgarra el corazón,

el Varón de dolores tuvo su parte."

II. Fue una humanidad PURA e INMACULADA. Al hablar del Verbo hecho carne que tabernaculó (o puso su tienda) entre nosotros, ya hemos incidentalmente observado que hubo un solo respecto en que aquella morada misteriosa se diferenciaba de los campamentos humanos que la rodeaban. Es este: que el Hijo del Hombre fue "sin pecado." Era "santo, inocente, sin mancha." "Él llevó las cadenas de la maldición entrañada por la apostasía de los hombres" pero nada más. En medio de diez mil influencias contaminadoras a su alrededor, y mezclándose en medio de escenas de tentación, "él no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca." Así como el rayo de luz que cae sobre lo físicamente o moralmente contaminado (la fétida ciénaga, la ciudad azotada por la plaga, la morada de la villanía) conserva sin embargo su pureza, así esta divina Vida, que fue "la Luz de los hombres," se movió entre las guaridas de ladrones del pecado, un mundo de degradación y contaminación morales, y permaneció sin oscurecer y sin mancha.

La suya no fue el mero ropaje externo de la bondad, que a veces sirve para encubrir las realidades del corazón caído y corrompido; no como la verde hiedra que, con sus gráciles festones, a menudo oculta la ruina desmoronándose; no como el pozo de aparente agua clara que, al agitarse, revela el sedimento de sus limosos y cenagosos fondos; no como el lago de aparente transparencia que duerme ante ti en un mediodía de verano en serena hermosura, pero que, al desatarse la tormenta, se convierte en un mar interior salvaje de turbio lodo.

Sino más bien un cáliz de oro lleno de agua viva, sin depósito ni mezcla de mal alguno. Su alma ninguna pasión malvada turbó jamás; su frente ninguna ira nubló; su serenidad ningún insulto alteró. Pudo lanzar el desafío triunfante: "¿Quién de ustedes me convence de pecado?" Cada pulso de aquella naturaleza sin mancha latía en respuesta a la voluntad de Uno superior, y se gloriaba en esta consciente subjetividad.

Y era en todo sentido necesario, como Fiador y Sustituto de su pueblo, que él así lo fuera. Así como una sola astilla o fisura en una estatua vicia la obra del escultor; así como una sola mancha, un solo grano de arena en el lente telescópico, lo vuelve inútil para el óptico; así, una sola mancha de contaminación en el alma del Redentor encarnado, una sola falla en la hermosa imagen moral, habría viciado toda su obra como nuestro Fiador. El verdadero sacrificio pascual debía ser el Cordero inmaculado de Dios. "No fuisteis rescatados con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto."

III. Y, sin embargo, observemos cuidadosamente que, aunque sin pecado, fue una humanidad SUFRIENTE la que el Salvador del mundo asumió.

Y podemos comenzar por lo que, para un ser santo y elevado, es siempre la forma y experiencia más intensa de sufrimiento: el sufrimiento que brota de causas morales; la presencia continua del mal moral y la sujeción a feroz tentación; porque "él fue tentado en todo según nuestra semejanza." Acabamos de ver que él era incapaz de pecar, y por tanto incapaz de ceder a los asaltos del mal. Pero ¿por qué tal exención? ¿Fue acaso por la inmaculada naturaleza terrenal? No podemos pensar que esto bastara por sí solo para dar cuenta de su inmunidad frente a sucumbir a la tentación; pues si así hubiera sido, entonces, como se ha observado acertadamente, Adán, criatura perfectamente pura y sin pecado en el Paraíso, y Satanás con toda su hueste de ángeles en otro tiempo puros y sin pecado, en esta suposición nunca habrían caído, nunca se habrían apartado de su lealtad y su amor.

En el caso del adorable Redentor, fue la Divinidad la que sostuvo a la humanidad y la hizo impenetrable tanto a los asaltos malignos de agentes humanos como a las maldades espirituales en los lugares celestiales. El hecho mismo, sin embargo, de aquella pureza incontaminada lo hacía exquisitamente sensible a todo contacto con el pecado. No podemos maravillarnos de que así fuera. Imagínese, aun en la tierra, una mente virtuosa y elevada lanzada por las circunstancias a una constante compañia con los viles, los degradados, los abyectos, aquellos cuyo cada pensamiento y expresión es contaminación: ¡qué refinada tortura, más allá de cualquier mero sufrimiento físico, sería para tal persona ser condenada a una asociación de por vida como ésta! ¡Cuán intensa, entonces, más allá de lo que la imaginación puede concebir, debieron de ser sus sufrimientos, cuya naturaleza sin pecado tenía que enfrentar día tras día toda fase y forma variada del mal: la bajeza y la traición de los hombres, la malignidad de los demonios y del padre de la mentira!

Ni fue sólo el sufrimiento moral al que fue sometido; su naturaleza física heredó todas las inocentes flaquezas de la humanidad. Como dice Isaías: "Él mismo tomó nuestras debilidades, y llevó nuestras enfermedades." Fue "el Varón de Dolores, familiarizado con el quebranto." Tuvo hambre, y sed, y lloró. Sintió el cansancio del cuerpo, así como la angustia del alma. Se alegró de descansar, peregrino fatigado, junto a un pozo al borde del camino. Se complació en dormir sobre el oleaje agitado del lago, con un ovillo de cuerdas como almohada. Aunque con una grandeza moral superior a la más noble heroicidad de la tierra, "puso su rostro firmemente" para enfrentar la hora y el poder de las tinieblas, ello estuvo acompañado de la más profunda angustia del alma y turbación mental: "Tengo un bautismo con que bautizarme, ¡y cómo me siento angustiado hasta que se cumpla!"

Cuando llegó la hora de la prueba, necesitó, como nosotros, el sostén de la presencia y la simpatía humanas: "Mi alma está abrumada de tristeza"; "quédense aquí, y velen conmigo." Gotas de sangre, símbolo de su agonía, cayeron de su frente antes de que esa frente fuera coronada de espinas, o su cuerpo traspasado por el clavo de hierro o la lanza del soldado. Si hubiera sido eximido de todo esto, habría carecido de una de las grandes cualificaciones de un Salvador-Fiador completo, a saber, la capacidad de entrar con tierna simpatía y compasión en los pesares y sufrimientos de su pueblo. Pero "no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades." No hay, como ya hemos observado, prueba que aflija a sus hermanos que no lo haya afligido a él en forma inconcebiblemente más intensa. El ridículo, la desatención, el abandono o la traición de seguidores de confianza; el dolor corporal; la ansiedad mental; el desamparo de los hombres y el desamparo de Dios; la amargura del duelo; la muerte de amigos amados; la misma muerte.

Sí, y hubo en todos estos sufrimientos un ingrediente del cual nosotros somos misericordiosamente eximidos. Nuestros sufrimientos y pesares nos sobrevienen por lo general de improviso, desconocidos, no anticipados; en su caso, todos estaban señalados, por la presciencia de su Divinidad, ante su ojo omnisciente. ¡Cuán confortadora y consoladora es la manera en que nuestro divino Redentor se identifica así con nuestra humanidad probada, tentada y desgastada por el mal!

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE HUMANITY OF CHRIST — Parte 2

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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