¡Dios gracioso! Derrama una gran medida de este espíritu de oración sobre tu pueblo. No sea ahora su oprobio, como lo fue con los de antaño, de quienes tu siervo declara que no había quienes invocaran tu nombre, ni quienes se despertaran para asirse de ti. Edad tras edad has desafiado a tu iglesia a poner a prueba tu poder, tu generosidad, tu fidelidad, diciendo: "Probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde" [Malaquías 3:10]. ¡Oh, disponnos a acoger tan maravilloso y gracios llamamiento, y ciertamente hallaremos que es conforme a tu palabra. Que todos tus atalayas, que has puesto en tus puertas, y con ellos toda la sacramental banda de tus escogidos, no callen, ni te den reposo hasta que establezcas y hagas de Jerusalén una alabanza en toda la tierra.
Día 4
"El cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo." 1 Corintios 1:8
No es por una cierta temporada que Dios establece a su pueblo, sino hasta el fin; y qué sea ese fin no se nos deja en duda, pues se nos asegura que tiene especial referencia al día del Señor Jesús. En aquella bendita época el cristiano será presentado sin falta delante de Él con sumo gozo; y de Sí mismo y de toda su familia redimida Jesús dirá entonces: "¡Heme aquí, y los hijos que Jehová me ha dado!" [Isaías 8:18].
Hay muchas consideraciones que muestran claramente que el verdadero Israel de Dios será salvo con salvación eterna, y que no serán avergonzados ni confundidos para siempre jamás. Una es la unión que existe entre Cristo y su pueblo redimido. "Porque yo vivo", fueron sus palabras, "vosotros también viviréis" [Juan 14:19]. Otras uniones pueden romperse, pero esta unión es indisoluble.
La unión entre un edificio y su fundamento puede ser cortada por los airados elementos, como aconteció cuando los hijos del piadoso patriarca Job banqueteban juntos. La unión entre marido y mujer puede disolverse por carta de divorcio. La cabeza puede separarse de los miembros por el hacha del verdugo o la espada del asesino. Y la unión entre alma y cuerpo no tiene poder para resistir el asalto del rey de los terrores. Pero aquella unión que existe entre Cristo y su pueblo, nada la puede quebrar. Ni la tempestad rugiente, ni la carta de divorcio, ni el hacha de combate, ni la espada, ni la muerte misma, pueden separar al creyente del amor de Dios que es en Cristo Jesús nuestro Señor.
¡Cuán concluyente es, de nuevo, la consideración que suministran aquellas palabras notables, en que se nos dice que "hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente" [Lucas 15:10]! Si aquellos seres gloriosos no creyeran la verdad alentadora a la que nos referimos, sería difícil dar cuenta de los sentimientos con que tal acontecimiento es considerado por ellos.
En la suposición contraria su lenguaje sería: "Aquel pecador, habiendo sido traído a verdadero arrepentimiento, es ahora hijo de Dios y heredero del cielo; pero si llegará jamás a este lugar feliz es asunto muy incierto. Si estuviéramos plenamente seguros de que llegaría aquí, podríamos ahora templar nuestras arpas. Pero como ya hemos sido defraudados y las legiones infernales están ahora triunfando sobre algunos cuya conversión en un tiempo celebramos, mejor es esperar y ver cómo se sostiene, no sea que nuestro gozo sea demasiado optimista y nuestras alabanzas resulten prematuras."
Pero ¿es probable que haya habido gozo en el cielo sobre algunos que ahora están entre los perdidos en el infierno? ¿Es probable que a un verdadero súbdito de salvación se le ponga jamás la burlona pregunta por demonios y espíritus condenados, al entrar en sus lóbregos dominios: "¿Te has hecho también como nosotros?" ¡Oh, qué triunfo daría tal ocasión a las huestes infernales; qué destello de alegría difundiría por sus oscuros y desolados aposentos! Pero no puede ser.
No hasta que la gloria de las perfecciones divinas se marchite;
no hasta que la fuerza del Omnipotente decaiga;
no hasta que el juramento de Jehová sea quebrantado;
no hasta que el grande Inmutable permita que su fidelidad falte
—¡tal acontecimiento no tendrá lugar!
Santo temeroso, ten ánimo. Encomienda la guarda de tu alma a Él en hacer el bien, cual fiel Creador; entonces serás guardado por su poderoso poder mediante la fe para salvación. Mira a aquel bendito Salvador, que habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin; y cuyas graciosas palabras son: "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen. Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano" [Juan 10:27-28]. Toma, pues, tu arpa de los sauces, y canta en tonos gozosos de aquellos propósitos que son inmutables, y de aquella misericordia del pacto que para siempre perdura.
La obra que su bondad comenzó,
el brazo de su fuerza ha de acabar;
su promesa es sí y amén,
y nunca fue quebrantada aún.
Lo por venir ni lo presente,
ni todo lo de abajo ni de arriba,
le harán su propósito dejar,
ni apartar mi alma de su amor.
Mi nombre de las palmas de sus manos
la eternidad no lo borrará;
grabado en su corazón permanece,
con marcas de gracia indeleble!
Sí, yo hasta el fin duraré,
tan cierto como se da el anticipo;
más felices, pero no más seguros,
los espíritus glorificados en el cielo.
Día 5
"Os recibiré. Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis por hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso." 2 Corintios 6:17-18
Al entregarnos a Dios, dependen los asuntos más trascendentales.
Nuestra felicidad en la vida,
nuestra seguridad en la muerte,
nuestra absolución en el día del juicio,
nuestra bienaventuranza por toda una eternidad sin fin
—todo depende de este solo acto.
Exagerar su importancia es, pues, del todo imposible.
Siendo este el caso, conviene que prestemos ferviente atención a las diversas indicaciones contenidas en las Escrituras acerca del espíritu y la manera en que esta entrega debe hacerse. El apóstol nos exhorta a "presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios", lo cual, añade, "es vuestro culto racional" [Romanos 12:1]. Estas palabras tienen evidente referencia a las ofrendas que formaban parte tan prominente de la dispensación mosaica. Pero ya los sacrificios animales han cesado; el cordero no es ya conducido al matadero; la sangre de las víctimas designadas no es llevada al lugar santísimo. Desde que la gran oblación fue ofrecida en la cruz, todas éstas han sido abolidas. Si, empero, no hemos de presentar nuestros novillos y machos cabríos y becerros de un año, con todo, hay algo que sí hemos de ofrecer, aun a nosotros mismos. Y si alguno estuviera dispuesto a considerar los antiguos sacrificios como carentes de sentido y significado, como podrían ser considerados si se pierde de vista su carácter típico, con todo, este sacrificio vivo todos deben reconocerlo como preeminentemente recto y razonable.
Se refiere de Belarmino, uno de los campeones de la Iglesia romana, que en su último testamento legó la mitad de su alma a la Virgen María, y la otra mitad a Jesucristo. Pero por mucho que tal división pudiera acordarse con los principios de aquella corrupta comunidad romana, está en directa oposición a las revelaciones de la verdad divina. Aquel que dice: "¡Hijo mío, dame tu corazón!" [Proverbios 23:26], no se satisfará con una porción de él; lo reclama íntegramente de todas sus criaturas.
"Nuestro Dios pide entero el corazón o ninguno,
y, con todo, aceptará uno quebrantado."
Entero debe ser en el sentido de no reservar nada; y quebrantado y contrito debe ser, cuando se considera cómo su recta autoridad ha sido desconocida, y se ha dado homenaje a otros objetos que sólo a Él se debía. ¿Cómo fue con Efraín cuando clamó: "Restáurame, y me volveré; porque tú eres Jehová mi Dios" [Jeremías 31:18]? Entonces fue cuando se lamentó, cuando se arrepintió y se hirió el muslo, y cuando se avergonzó, sí, aun fue confundido, porque llevó el oprobio de su juventud.
¡Lector! Tal es el espíritu con que debes darte a Dios. Lleno de dolor piadoso, te corresponde volver a Aquel de quien tan larga y tan neciamente has andado errante. ¡Oh, acércate al escabel de su misericordia, y no podrás hacerlo mejor que adoptando las palabras de la iglesia de antaño, cuyo clamor penitencial fue: "Quitad toda iniquidad, y recibidnos con bondad" [Oseas 14:2]. Y si ansías saber qué recepción es de esperar, escucha la seguridad, tan maravillosa, tan decisiva, tan alentadora, que aquí se da: "Os recibiré. Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis por hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso" [2 Corintios 6:17-18].
Día 6
"Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado." Salmo 130:4
El perdón que Dios otorga se distingue por muchas benditas propiedades, cuya contemplación no puede menos que ser alentadora para quienes se lamentan por sus múltiples transgresiones y deficiencias. La primera es su PLENITUD: abarca todos los pecados, sea cual fuere su número y su naturaleza por enorme que sea. De ahí los ardientes acentos del Salmista: "Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios: él es quien perdona todas tus iniquidades" [Salmo 103:2-3]. Tal fue el fundamento de su gratitud, la fuente de su triunfante gozo. Y ciertamente, tener perdonadas todas nuestras iniquidades, debiera suscitar nuestra incesante y más profunda alabanza.
En otro pasaje se dice: "Y los limpiaré de toda su iniquidad con que pecaron contra mí, y perdonaré todos los pecados con que pecaron contra mí, y con que se rebelaron contra mí. Y me será por nombre de gozo, de alabanza y de gloria delante de todas las naciones de la tierra" [Jeremías 33:8-9]. Así el gran Jehová, el Alto y Sublime que habita la eternidad, parece gloriarse en su misericordia perdonadora como de una de las más resplandecientes joyas de su corona. Y por su ejercicio se representa atrayendo la especial admiración y el homenaje de los hombres. Bien podría la iglesia exclamar: "¿Qué Dios como tú, que perdona la iniquidad, y pasa por alto el pecado del remanente de su heredad? No retiene para siempre su enojo, porque se deleita en la misericordia!" [Miqueas 7:18].
Otra cualidad no menos preciosa es su GRATUIDAD. No es por causa de merecimiento alguno en nosotros que Dios perdona, sino enteramente por su propio amor y misericordia sin límites. "En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia" [Efesios 1:7]. Y en plena armonía con esta declaración del apóstol, están aquellas maravillosas palabras: "Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados" [Isaías 43:25].
Sobre todo, el perdón de Dios es DEFINITIVO e IRREVERSIBLE. Escuche el lector aquella cláusula gloriosa del nuevo pacto, donde se dice: "Seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades" [Hebreos 8:12]. En esta declaración hay algo sumamente importante y concluyente. No es meramente una promesa, aunque una promesa de Aquel que no puede mentir ya sería suficiente, sino que es una promesa en forma de pacto. Hay, por tanto, la más amplia seguridad de que, una vez concedido el perdón, jamás será retirado.
En muchos otros pasajes se presenta la misma verdad alentadora. "Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones" [Salmo 103:12]. No hasta que estos puntos opuestos se encuentren y sean uno, los pecados de los creyentes se levantarán contra ellos para condenación. De nuevo: "Él… sujetará nuestras iniquidades. Tú echarás en lo profundo del mar todos nuestros pecados" [Miqueas 7:19]. Si los montes más encumbrados fueran precipitados en el océano insondable, todo rastro de ellos desaparecería al instante. Y tal es la imagen expresiva empleada para mostrar la perpetuidad de la misericordia perdonadora. Por ello se añade: "La iniquidad de Israel será buscada, y no aparecerá; y los pecados de Judá, y no se hallarán; porque perdonaré a los que yo reserve" [Jeremías 50:20].
Tal es el perdón divino en...
su ilimitada extensión,
su inmerecida gratuidad,
y su eterna eficacia.
Poseyendo estos rasgos, es digno de Dios otorgarlo y conveniente para criaturas pecadoras recibirlo. Menos que esto no habría cubierto las peculiares exigencias de nuestro caso.
De no haber abarcado todo pecado, habríamos sufrido la venganza debida a los que quedaron sin cancelar, y aun entonces estaríamos perdidos para siempre.
De no haber sido gratuito, jamás habríamos podido poseerlo; pues, como totales quebrantados, no teníamos nada con que comprarlo ni con que capacitarnos para recibirlo.
Y de no haber sido perpetuo, viviríamos bajo constante temor de que, tras su otorgamiento, pudiera ser nuevamente revocado, a causa de nuestra presente indignidad o de nuestros futuros fracasos.
"¡Gran Dios de maravillas, todos tus caminos
son sin igual, gloriosos y divinos;
mas las brillantes glorias de tu gracia
resplandecen más que tus demás prodigios!
¿Quién como tú, Dios que perdona,
o quién tiene gracia tan rica y gratuita?"
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Sure Ground of the Believer
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.