Día 7
"Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído." Isaías 65:24
El Ser divino es presentado en su palabra, no meramente como un Dios que perdona el pecado, sino como un Dios que responde la oración. "Oh tú que oyes la oración", fue el lenguaje del Salmista, "a ti vendrá toda carne" [Salmo 65:2]. En innumerables ocasiones halló en su propia experiencia que no era cosa vana invocar a Dios y hacer súplica al Todopoderoso.
Además del hecho general de que Él oye y responde la oración, se nos suministran muchos ejemplos notables de la prontitud con que han sido concedidas las peticiones de los justos. De ellos, uno de los más memorables ocurrió en relación con la liberación de los israelitas en el Mar Rojo. El altivo monarca de Egipto resolvió perseguirlos, tras haber permitido antes su partida de sus territorios. En espíritu de soberbia confianza y jactanciosa arrogancia, exclamó: "Perseguiré, alcanzaré, repartiré el botín; mi alma se saciará de ellos; desenvainaré mi espada, los destruirá mi mano" [Éxodo 15:9]. Sus legiones armadas hacen su aparición mientras las diversas tribus estaban acampadas a la orilla del mar. Posición más crítica que aquella en que ahora se hallaban no puede concebirse. Todo camino de escape parecía cerrado contra ellos. Delante tenían el mar; a la diestra y a la siniestra estaban cercados por montañas elevadas; y detrás de ellos, a sus talones, Faraón y su ejército hostil. Si avanzaban, sólo sería para hallar sepulcro en las cavernas del océano; si retrocedían, sería para caer en manos de sus perseguidores.
En tan terrible crisis, ¿qué habían de hacer? Moisés, su divinamente designado caudillo, percibió al instante que sólo una alternativa quedaba; viendo que vana era la ayuda del hombre, invocó el nombre de Jehová, y eso con una vehemencia tal como la urgencia de la ocasión no podía menos que inspirar. "¿Por qué clamas a mí?" [Éxodo 14:15], fue el lenguaje divino, mostrando que eran clamores fuertes, fervientes, persistentes los que pronunciaba. El desenlace muestra que no fueron en vano.
Una respuesta vino al instante. Para su libertador, Dios mismo apareció. El seno del mar sin caminos fue hendido por su poderoso poder. Las aguas heridas retrocedieron sobre sí a uno y otro lado. Los israelitas pasaron en seguridad, mientras las legiones de Faraón fueron destruidas. Sopladas por el aliento de las narices de Jehová, perecieron; en una masa confusa se hundieron como plomo en las aguas impetuosas. "¡Así perezcan todos tus enemigos, oh Jehová! Mas los que le aman sean como el sol cuando sale en su fuerza" [Jueces 5:31].
Pero éste es sólo un caso entre muchos. Podríamos referirnos a Elías en el monte Carmelo cuando contendía con los sacerdotes de Baal. No bien clamó, vino la respuesta; el fuego del cielo descendió al instante, y el sacrificio fue consumido al punto.
De igual manera, con los apóstoles cuando oraron que el Señor les concediera que con toda denuedo hablasen su palabra; el lugar donde estaban reunidos fue sacudido al instante, y todos fueron llenos del Espíritu Santo.
Ahora Dios es aún tan poderoso para ayudar y tan pronto para librar, como en los días antiguos. No es que estemos autorizados a esperar invariablemente una respuesta instantánea a nuestras súplicas. Él concederá ahora apoyo inmediato si es necesario; pero si su interposición se pospone por un tiempo, no dudemos ni de su poder ni de su fidelidad, sino continuemos orando y no desmayemos. Puede ser su propósito gracios probarnos, como Jesús hizo a la mujer cananea; pero por mucho que sean probadas nuestra fe y nuestra paciencia, estemos plenamente seguros de que: "No dije a la simiente de Jacob: Buscadme en vano" [Isaías 45:19].
"Él libra las almas condenadas a muerte,
y cuando sus santos se quejan;
no se dirá que el aliento de oración
fue jamás gastado en vano.
"Esto será sabido cuando muramos,
y quede en larga memoria;
para que edades por nacer lean,
y confíen y alaben al Señor."
Día 8
"Pues no habéis recibido el espíritu de servidumbre, para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!" Romanos 8:15
El pecador cuando por primera vez es despertado a las preocupaciones de su alma generalmente está en estado de servidumbre a la ley, semejante al que los judíos fueron guardados, de quienes se dice que: "Ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios" [Romanos 10:3].
El pecador despierto ahora es convencido de su terrible negligencia de aquellos deberes que debía a su Hacedor, y bajo la influencia de tal sentimiento intenta, con considerable empeño, cumplir las diversas obligaciones que le incumben. Con ello espera recomendarse al favor divino, y como resultado de tal conducta espera ser llevado al gozo de aquella paz que tanto ansía realizar. Pero en esto queda amargamente defraudado. Sus sombríos temores, en lugar de disiparse, siguen oprimiéndolo, y el descanso parece aún más lejano que nunca.
Tales, como ahora percibe, son las exigencias de la ley de Dios, que día tras día falla en satisfacerlas; y todo nuevo descubrimiento que hace de su extensión y espiritualidad no sirve sino para acrecentar sus temores. No es de maravillar que quede profundamente abatido, y que se apodere de él un sentimiento de total desamparo que, de no ser removido, conducirá a un estado de settled abatimiento por un lado, o de confirmada indiferencia por el otro.
Pero que tal individuo, que ha estado intentando cumplir el mandato: "Haz esto, y vivirás" [Lucas 10:28], tenga puesto delante de sí el método evangélico de liberación. Mientras se le dice que por las obras de la ley ninguna carne será justificada delante de Dios, pues por la ley es el conocimiento del pecado, sea también dirigido a mirar a Aquel que es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree. Infórmese que el Señor Jesús, por su obediencia y muerte, hizo lo que el pecador jamás podría hacer, y que su perfecta justicia está a disposición de todos los que le reciben y se someten a Él. Sea llevado a ver que Dios está pronto para recibirle, no sobre la base de mérito personal alguno, sino simplemente a causa de la dignidad del gran Redentor; que por amor de Él las transgresiones más atroces serán perdonadas, y que los que eran enemigos por obras malas serán restituidos a su amistad y adoptados en su familia.
Siendo así llevado a percibir la nota peculiar del plan evangélico y a abrazar sus ofrecimientos graciosos, ¿cuál será el resultado? La carga que tanto tiempo le oprimió será removida. De un estado de servidumbre, será llevado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Será capacitado, con indecible transporte, para decir con los de antaño: "Nuestra alma escapó como ave del lazo de los cazadores; se rompió el lazo, y escapamos" [Salmo 124:7].
"La ley", como uno observa, "no es ahora la puerta de la vida, pero nunca ha cesado, ni jamás cesará, de ser la regla de vida." En este último aspecto, el pecador libertado será llevado a considerarla. Tomará los estatutos de Dios como su heredad escogida, y los obedecerá, no en espíritu de servidumbre legal, sino bajo la influencia coactiva del amor ferviente y la gratitud sincera. Su obediencia, así establecida sobre fundamento recto, será...
no forzada, sino voluntaria;
no sombría, sino alegre;
no descuidada, sino diligente;
no fluctuante y temporal, sino constante y perseverante.
¡Líbrame, oh Señor, de aquel temor servil bajo el cual tantos son tenidos en servidumbre! Dame rectas vistas de tu carácter como Dios en Cristo, reconciliando al mundo contigo, no imputándoles sus transgresiones. Que jamás te considere como enemigo adusto, déspota tiránico, amo duro; sino como Padre amoroso, que espera ser clemente y pronto para perdonar. ¡Oh, derrama un espíritu de adopción en mi corazón, para que sea capacitado para dirigirme a ti como mi Dios, mi porción, mi todo en todo! Entonces te serviré en novedad de espíritu, y no en vejez de la letra; no como tarea gravosa, sino con emociones de sincero deleite.
Día 9
"Pero nosotros, conforme a su promesa, esperamos cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia." 2 Pedro 3:13
No es muy evidente si la referencia inmediata de estas palabras es a la habitación final de los redimidos cuando el tiempo ya no sea, o a la transformación espiritual que se efectuará por el evangelio antes de la conflagración general. Lo probable es que el apóstol aluda a esto último, vista que concuerda plenamente con el tono general de su argumento. Esta tierra, muestra, juntamente con el firmamento extendido sobre ella, será disuelta; los elementos se derretirán con ardiente calor, y los cielos pasarán con grande estruendo. Tan cierto como el mundo antiguo fue destruido por un diluvio, así el mundo presente será destruido por fuego. Pero antes de aquella escena temible, esperamos un estado más bendito de las cosas que el hasta ahora realizado; un estado en que los males del mundo serán en gran medida removidos, y en que la justicia será triunfante.
Las expresiones empleadas denotan la grandeza y la gloria del cambio que será producido. Tan alterada será la condición de las cosas en el mundo mortal, como si nuevos cielos y nueva tierra fueran creados en el mundo natural. De cada individuo que está en Cristo se nos dice que es una nueva criatura, o una nueva creación; y sólo es necesario que aquellas influencias graciosas por las que el pecador es convertido del error de sus caminos sean universalmente difundidas, para traer tal renovación como justifique la fuerte figura aquí empleada.
Muchos de los cambios que aun ahora ocurren en la naturaleza son muy admirables, tales como el de la profundidad del invierno a la hermosura de la primavera y la rica lozanía del verano.
Si fuera posible concebir un individuo del todo ignorante de los cambios de las estaciones, y pudiéramos suponerle trasplantado de repente de la esterilidad y desolación de una a la plena vista de algún espléndido prospecto en la otra, ¿cuál sería su impresión? Imaginaría estar en un nuevo mundo, tan grande, tan asombrosa, sería la transformación.
Pero no menos notable será el contraste entre el estado de las cosas al presente y el que serán en la bendita época que se acerca. Entonces el invierno habrá pasado, la lluvia se habrá acabado y habrá cesado, las flores aparecerán en la tierra, y la voz de la tórtola se oirá en la tierra. Entonces el desierto y el lugar solitario se alegrarán, y el yermo se regocijará y florecerá como la rosa. Entonces esta tierra estéril y marchita, de la que poco más ha brotado hasta ahora que espinos y abrojos, llegará a ser como el Edén; y todos sus baldíos incultos serán como el huerto de Jehová. Y si pudiéramos, como en el caso supuesto, transportarnos a aquella feliz era en que estas representaciones se realizarán, ¿no sentiríamos como él sintió y exclamaríamos con gozo y admiración transportadores: "¡Ésta es en verdad una nueva creación!"?
Mas según la otra vista del pasaje, somos animados a esperar nuevos cielos y nueva tierra, más gloriosos aún. El Redentor ha ido delante para preparar morada eterna para su pueblo. Allí la justicia no sólo estará ampliamente difundida, sino que será el carácter de sus innumerables habitantes sin una sola excepción. Tras tal espíritu sea tuyo, oh alma mía, aspirar continuamente, ya que "no entrará en ella ninguna cosa inmunda, ni la que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero" [Apocalipsis 21:27].
Día 10
"Para que reciban perdón de pecados y herencia entre los santificados por la fe que es en mí." Hechos 26:18
La gloria venidera es presentada por el apóstol como "la herencia de los santos en luz" [Colosenses 1:12]. Por limitado que sea nuestro conocimiento del mundo celestial, de una cosa estamos plenamente seguros: de que es un lugar santo, y de que nada que contamine puede entrar allí.
Es pues indispensable, para nuestra idoneidad para aquel estado bendito, que seamos ahora del número de los santificados. "Ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación" [1 Tesalonicenses 4:3]; y Él la quiere por ser absolutamente necesaria a nuestro bienestar presente y a nuestra felicidad eterna.
Mucho se dice por los escritores inspirados acerca de esta importante obra. Invariablemente la presentan como un proceso interno, en contraste con cualquier peculiaridad externa. "Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo" [Filipenses 1:6]. "Porque no es judío el que lo es exteriormente, ni la circuncisión es la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es interiormente; y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios" [Romanos 2:28-29].
De aquí se evidencia que los verdaderos creyentes se distinguen de los demás, no por alguna insignia externa o la observancia de ciertas ceremonias prescritas, sino por un principio interno producido por las influencias graciosas del Espíritu Santo, mediante las cuales son hechos nación santa, pueblo peculiar, para anunciar las alabanzas de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.
Otra característica por la que se distingue la santificación es su comprensividad o universalidad. "Y el mismo Dios de paz os santifique por completo" [1 Tesalonicenses 5:23] fue el ardiente anhelo de Pablo respecto de sus convertidos tesalonicenses. Es verdad que hay mucha imperfección en el más santo cristiano en la presente vida; pero con todo, todo alma renovada siente intensa aversión a todo pecado, y fervientes anhelos de entera conformidad con la voluntad divina.
El blanco de la santificación es la destrucción de todo mal; en su oposición a las diversas depravaciones de nuestra naturaleza, no hace excepción, mostrándose el menor favor a ningún pecado que nos asedia. Encomienda la estricta observancia de todos los deberes, aun los más difíciles, y eso en todo tiempo y en todo lugar. Puede haber formidables obstáculos en el camino; pero el principio espiritual, en proporción a como prevalezca, es seguro de tener su fruto para santificación, tanto en el corazón como en la vida. Con el Salmista el lenguaje de todo verdadero creyente será: "¡Oh, que mis caminos fuesen ordenados para guardar tus estatutos! Entonces no sería yo avergonzado, cuando mirase a todos tus mandamientos" [Salmo 119:5-6].
La santificación es también, como implican las observaciones anteriores, una obra progresiva. Se inicia en la regeneración, cuando el pecador pasa de muerte a vida; pero se lleva adelante gradualmente por diversos pasos y mediante diversos agentes. No sólo la iglesia en general, sino cada uno de sus miembros es comparado a un edificio, que por el suministro de nuevos materiales recibe continuo incremento, hasta que el plan del gran Arquitecto quede completo. Así todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor. Su progreso puede ser interrumpido, pero no será dejado inconcluso; un día será traída la piedra final con aclamaciones, gritando: "¡Gracia, gracia a ella!" [Zacarías 4:7].
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Sure Ground of the Believer
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.