El fundamento firme del creyente

Vestidos de blanco: la herencia de los vencedores y el tiempo de favorecer a Sion

Meditaciones sobre la buena obra interior del Espíritu, la herencia de los vencedores vestidos de blanco, la piedad temprana de los santos y el tiempo señalado para favorecer a Sion.

¡Oh alma mía, sea tu gran preocupación, primero cerciorarte de si esta buena obra ha sido obrada en ti! Indaga con toda diligencia e imparcialidad si eres uno de aquellos a quienes puede decirse: "Y ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios" [1 Corintios 6:11]. Si tienes razón para concluir que tal es el caso, con todo, no te tengas por haberlo ya alcanzado, sino esfuérzate por seguir adelante, para que tu progreso sea manifiesto a todos.

¡Espíritu Santo! Obra en mí más y más tanto el querer como el hacer por tu buena voluntad. Somete todo sentimiento impuro; rectifica todo motivo impuro. Todo lo que es débil, confírmalo; todo lo que es oscuro, ilumínalo; todo lo que es rastrero, levántalo y sosténlo.

"Concede en mi corazón habitar,

allí todo movimiento pecaminoso reprimir;

completa tu bendita obra de gracia,

y apadíname para más feliz morada."

Día 11

"El que venciere, será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida." Apocalipsis 3:5

Era costumbre antigua que se llevara un registro en cada ciudad, en el que estaban inscritos los nombres de todos los ciudadanos. Sólo aquellos así enrolados tenían derecho a los honores y privilegios que la ciudad tenía que otorgar. Pero no era raro que tales favores se perdieran; pues cualquiera que cometía algún grave crimen contra el estado veía su nombre borrado, y todas las ventajas antes disfrutadas quedaban confiscadas. Hay evidente referencia a esto en la promesa anterior.

El verdadero creyente tiene su nombre escrito en el cielo, y la seguridad de que no será borrado del libro de la vida muestra la certeza de sus privilegios y la perpetuidad de su dicha.

En las palabras "será vestido de vestiduras blancas", hay otra alusión a los usos de tiempos pasados, pues tales ropas se usaban generalmente en ocasiones festivas. La expresión representa tres cosas respecto de la futura bienaventuranza de los santos:

La primera es su PUREZA. Han sido presentados delante de la presencia divina sin mancha ni arruga ni cosa semejante. Ningún pecado contamina ya sus servicios, y ninguna culpa nubla sus mentes. Toda imperfección ha desaparecido; sobre un corazón malo de incredulidad ya no se lamentan; del cuerpo de pecado y muerte están eternamente librados. Y siendo así perfectamente santos, no pueden menos que ser perfectamente felices.

El alto estado de DIGNIDAD al que son elevados también se representa. Los vestidos blancos eran considerados por los romanos como insignia de honor, usándolos a menudo sus nobles y guerreros cuando sus servicios eran públicamente premiados. Pero ¿qué diremos del honor que se conferirá al vencedor cristiano? Ninguna concepción de él puede formarse ahora; todas las semejanzas son totalmente inadecuadas para representarlo. Sólo podemos afirmar que es...

inagotable en su fuente,

ilimitado en su naturaleza,

y sin fin en su duración.

Puede haber asimismo aquí una alusión a los SACERDOTES que así iban ataviados durante sus ministerios en el templo. Todos los verdaderos creyentes son ahora no meramente una generación escogida y un pueblo peculiar, sino también un sacerdocio real. ¿Y cuál es el cántico de las huestes celestiales? "Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria y dominio para siempre jamás" [Apocalipsis 1:5-6].

Pero toda la multitud de vestidos blancos arriba se distinguieron por un carácter especial durante su curso terrenal. Estuvieron empeñados en un arduo CONFLICTO, y de él salieron victoriosos.

El mundo con sus sonrisas y ceños, con sus pompa y placeres, los asaltó; pero ellos varonilmente lo resistieron en todas sus formas y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra.

Tuvieron también que luchar con principados y potestades espirituales; pero habiendo tomado toda la armadura de Dios, fueron capacitados para resistir sus astucias y apagar los dardos de fuego que contra ellos se dispararon.

¡Cuán severa, asimismo, fue su lucha con las malas propensiones de su naturaleza, aquellos enemigos interiores que guerrean contra el alma! Pero mientras a menudo clamaban con amarga angustia: "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará?" [Romanos 7:24], pudieron, con todo, dar gracias a Dios por darles la victoria por medio de Jesucristo nuestro Señor.

Sea el cristiano animado a pelear esta buena batalla con plena determinación y perseverancia; y para tal fin piense a menudo en la gloriosa recompensa que es prometida al que vence. Puede estar seguro de que en la oposición que encuentra no le ha acontecido cosa extraña; pues las mismas pruebas son soportadas por sus hermanos que están en el mundo. Pero por ardua y universal que sea la contienda, no hay motivo para temer en cuanto a su desenlace final. En el lenguaje de un creyente experimentado, cada miembro de la familia de la fe puede unirse diciendo:

"Así diferentes poderes en mí luchan,

y la gracia y el pecado prevalecen por turnos;

me duelo, me gozo, declino, revivo,

y la victoria pende en balanza dudosa;

mas Jesús tiene su promesa dada,

¡que la gracia al fin vencerá!"

Día 12

"Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan." Proverbios 8:17

Es la piedad temprana, como regla general, la que conduce a la piedad eminente. Casi todos los santos distinguidos cuyos nombres aparecen con tan alta prominencia en las páginas de la inspiración, y cuyas memorias están guardadas en nuestros corazones como tesoro sagrado, fueron sujetos de la gracia salvadora en la mañana de sus días.

Entre los que temprano buscaron a Dios puede señalarse al justo Abel, las primicias de aquella gloriosa cosecha a la que todas las edades subsiguientes han contribuido, el precursor de aquella numerosa hueste que continuará siendo acrecentada hasta la consumación de todas las cosas.

Estuvo José, carácter admirado de todos, que se sostuvo varonilmente ante la ardiente tentación, y que conservó su integridad en el no menos difícil tiempo de señalada prosperidad.

Estuvo Moisés, el gran caudillo de Israel, uno de los más nobles especímenes de humanidad santificada que el mundo jamás vio, de quien se refiere que en la primavera de la vida resolvió sufrir aflicción con el pueblo de Dios, antes que gozar los placeres del pecado por un tiempo.

Estuvo también David, hijo de Isaí, aquel hombre de profunda experiencia, de devoción seráfica, de fe y fervor preeminentes, y cuyos sagrados cantos han sido el vehículo por el que los devotos anhelos de los justos han ascendido, por sucesivas generaciones, cual incienso suave a los cielos.

¿Y qué más diremos? Pues el tiempo nos faltaría para hablar de Samuel, que fue santificado aun desde el vientre de su madre; y de Josías, que siendo aún joven comenzó a buscar al Dios de David su padre; y de Timoteo, que desde niño sabía las Sagradas Escrituras, capaces de hacerlo sabio para salvación por la fe en Cristo Jesús. Éstos fueron hombres de los cuales el mundo no era digno, y no cabe duda de que su excelencia espiritual se debió principalmente al hecho de que consagraron la flor y la promesa de su existencia a Aquel cuyo eran, y a quien tan fielmente servían.

En su último testamento, el célebre Beza escribió: "Te bendigo, oh Señor, por muchas cosas, pero te bendigo sobre todo porque fui llevado a la edad de dieciséis años a darme a ti y a tu servicio." Al cierre de la vida fue para él fuente del más puro gozo y de la más ferviente gratitud el haber sido capacitado, a tan temprana edad, para dedicar sus mejores energías al mejor de todos los seres y a la mejor de todas las causas.

Desde su tiempo muchos han actuado de igual manera, y ni por un solo momento se han arrepentido de la elección. Los arrepentimientos han sido todos del otro lado: de que el gran asunto fue tan largo diferido, y del verdadero fin de la vida fue por tantos preciosos años del todo perdido de vista.

Sea el joven lector persuadido a ceder de inmediato a los reclamos del Salvador. El recuerdo de lo que Él ha hecho por nuestra salvación debiera ser un irresistible incentivo a la decisión instantánea. En el lenguaje expresivo de un escritor vivo diríamos: "Las heces de la vida, nuestra ofrenda por todo este amor sin precio, oh Hijo sin pecado de Dios. ¿La mano paralítica y el cerebro nublado y la lengua tartamuda y el pie de plomo de la edad, tus trofeos? ¡Dios no lo permita!"

"Cuando al Señor le damos nuestra juventud,

es agradable a sus ojos;

una flor, ofrecida en botón,

no es vano sacrificio.

"Más fácil obra si empezamos

a temer al Señor temprano;

mientras los pecadores que en pecado envejecen,

se endurecen en sus crímenes.

"Te ahorrará mil lazos,

la religión joven atender;

la gracia tus años siguientes guardará,

y tus virtudes fortalecerá."

Día 13

"Tú te levantarás, y tendrás misericordia de Sion; porque el tiempo, el tiempo señalado de tener de ella misericordia, ha venido." Salmo 102:13

Los acontecimientos venideros suelen proyectar sus sombras delante de sí. Como es en el mundo natural, así es en el moral y espiritual. El invierno, con su lobreguez y desolación, nunca llega sin enviar señales premonitorias de su aproximación. Los días que se acortan, las hojas que caen, los vientos que gimen, la temperatura que desciende y el reavivar de los alegres fuegos, todos éstos son heraldos que preparan el camino y proclaman el cercano advenimiento de aquella estación fría y estéril.

Así la primavera con su vida que retorna, y el verano con su rica lozanía, y el otoño con sus abundantes provisiones. Son precedidos por ciertas señales de igual manera. La vegetación que brota, las flores que adornan los prados, las flores que cubren los árboles, el zumbido de los insectos y el canto de las aves, dan unido testimonio de que el invierno ha pasado, y apuntan hacia la época en que los collados se regocijarán por doquier, los pastos se cubrirán de rebaños, y los valles se cubrirán de grano.

La cuestión es de especial interés e importancia: ¿Cuáles son las señales que ahora se presentan en relación con la causa de Cristo? ¿Anuncian los signos de los tiempos un período de avivamiento y prosperidad que se acerca, o de mayor declinación y lobreguez más profunda? ¿Nos acercamos a un invierno oscuro y tempestuoso, o estamos en los confines de una primavera brillante y sonriente? ¿Tenemos fundamento para decir, concerniente a nuestra Sion: "El tiempo, el tiempo señalado de tener de ella misericordia, ha venido" [Salmo 102:13]? O ¿somos impelidos, por lo que vemos alrededor, a otra y menos grata conclusión?

Pero cualesquiera que sean sus perspectivas inmediatas, aunque, en conjunto, nos inclinamos a considerarlas alentadoras. Con todo, aun si espesas nubes se acumularan sobre el horizonte, del desenlace final no hay lugar para la duda. "Tú te levantarás, y tendrás misericordia de Sion" [Salmo 102:13], podemos decir con la más plena confianza, aun cuando no pudiéramos añadir que el tiempo señalado para tener de ella misericordia ha venido. Si por una temporada esta bendita causa declinara y languideciera más, con todo, que será nuevamente visitada con prosperidad es tan cierto como que Jehová reina sobre todo, y que sus propósitos inmutables no pueden ser frustrados. En innumerables instancias Él ha intervenido en la historia pasada de la iglesia, cuando su pueblo ha sido reducido a la más baja depresión; y así la extremidad del hombre ha sido la oportunidad de Dios.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: The Sure Ground of the Believer

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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