La iglesia es la heredad de Cristo. Él la compró con su propia sangre. Fue por ella a la cautividad y la redimió derramando su sangre preciosa. Ahora bien, esta heredad se gloría: «Para que me gloríe con tu heredad». ¿Y en quién se gloría la iglesia? Se gloría en su cabeza del pacto. No se gloría en sí misma, en su yo piadoso, en su yo justo, en su yo fuerte, en su yo religioso; «no se alabe el sabio en su sabiduría, ni se alabe el valiente en su valentía, ni el rico en sus riquezas; sino alábese en esto el que se hubiere de alabar, en entenderme y conocerme». «El que se gloría, gloríese en el Señor». La gloria de la iglesia es glorirse en su cabeza del pacto, glorirse en Cristo y en Cristo solo, en su fuerza, amor, sangre, gracia y justicia; y glorirse en ello estando ella cubierta de vergüenza.
Nadie puede gloriarse en Cristo hasta ser despojado de su propia gloria. No se puede poner la corona de gloria en la cabeza del yo y en la cabeza del Mediador a la vez. No se puede decir «esto lo conseguí con mi propia fuerza» y poner la corona en esa cabeza. No; para gloriarse en Cristo, un hombre ha de estar cubierto de vergüenza y confusión, abatido en sus sentimientos, con la boca en el polvo, aborreciéndose en polvo y ceniza delante de Dios, viéndose y sintiéndose el principal de los pecadores y «menos que el más pequeño de todos los santos». Y entonces, cuando yace en el polvo de la humillación, si una visión de la gloria del querido Redentor capta su mirada e inflama su corazón, se gloría en él y solo en él. Y toda la «heredad» de Dios se gloría en él; no pueden gloriarse en otra cosa, y su más alta conquista es colocar toda la gloria de la salvación, del principio al fin, simplemente sobre la cabeza de aquel a quien pertenece.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: May 31
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.