Guárdate de pensar a la ligera del pecado. Al tiempo de la conversión, la conciencia está tan tierna que tememos el menor pecado. Los jóvenes convertidos tienen una santa timidez — un santo temor de pecar contra Dios. Mas ¡ay! muy pronto la delicada lozanía de esos primeros frutos es borrada por el trato rudo del mundo que los rodea — y la planta sensible de la joven piedad se vuelve un sauce — demasiado flexible, demasiado dócil. Es triste verdad que aun un cristiano puede volverse, por grados, tan endurecido, que el pecado que antes le sobresaltaba no le alarma en lo más mínimo.
Poco a poco — los hombres se familiarizan con el pecado. El oído en que ha retumbado el cañón — no advertirá los sonidos leves. Al principio un pequeño pecado nos sobresalta; pero pronto decimos: «¿No es uno pequeño?» Luego viene otro, mayor, y luego otro — hasta que poco a poco comenzamos a considerar el pecado como cosa de poca monta. Y entonces sigue una impía presunción: «No hemos caído en pecado manifiesto. Es cierto, tropezamos un poco — pero en lo principal permanecimos en pie. Podemos haber proferido una palabra impía — pero en cuanto a la mayor parte de nuestra vida, ha sido consecuente.» Así mitigamos el pecado; le echamos un manto encima; lo llamamos con nombres delicados.
Cristiano, cuida cómo piensas del pecado. Mira no caigas poco a poco. ¿El pecado, una cosa pequeña? ¿No es un veneno? ¿Quién conoce su mortandad? ¿El pecado, una cosa pequeña? ¿No echan a perder las zorras pequeñas las uvas? ¿No construye el pequeño insecto de coral un escollo que naufraga una flota? ¿No derriban pequeños golpes a los robles majestuosos? ¿No desgastan las gotas continuas las piedras? ¿El pecado, una cosa pequeña? ¡Ciñó de espinas la cabeza del Redentor y le traspasó el corazón! Le hizo sufrir angustia, amargura y dolor. Si pudieras pesar el menor pecado en las balanzas de la eternidad — huirías de él como de una serpiente, y aborrecerías la menor apariencia de mal. Mira todo pecado como aquello que crucificó a tu Salvador — y lo verás «sobremanera pecaminoso.»
Fuente y atribución
Autor original: Charles Spurgeon
Título original: March 11 — Morning
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.