El acto más alto del que la vida inmortal es capaz es la alabanza. La vida que no alaba aún no ha realizado su misión más santa. Aún no ha dado el fruto más dulce, más maduro y mejor, el que a los ojos de Dios es el más precioso de todos. En el cielo toda la vida es alabanza, y nos acercamos al espíritu del cielo solo en la medida en que aprendemos a alabar.
Ningún otro deber se nos manda con tanta frecuencia en las Escrituras como la alabanza. No hay tantos textos sobre la oración como los hay sobre la alabanza. La Biblia está llena de música. Los bosques en los días de verano no están tan llenos de trinos de aves como lo está este libro sagrado de voces de cántico. La vida cristiana solo puede realizar el pensamiento divino para ella siendo un canto. La vieja fábula del arpa de Memnón, que comenzaba a exhalar dulce música en el instante en que la luz de la mañana rozaba sus cuerdas, tiene su verdadero cumplimiento en el alma humana, que, en el instante en que la luz del amor divino irrumpe sobre ella, emite notas de alegría y alabanza.
El don del canto es una de las dotes más nobles concedidas a los mortales. Pero hay una música que no es vocal. Todos deberían ser capaces de hacer música en el mundo, aunque no puedan cantar ni una nota. Milton dice "que quien espera escribir bien cosas loables debe ser él mismo un verdadero poema, es decir, una composición de lo mejor y lo más noble." No puede uno cantar de verdad canciones que sean música para los oídos de Dios si su propia vida no es primero una canción en su dulzura y belleza.
Es gran cosa escribir un himno que perdure. Haber compuesto una canción como el Salmo veintitrés, "Roca eterna" o "Jesús, amante de mi alma" es uno de los logros más nobles que cabe en el mundo. Pensemos en el ministerio que tales canciones han tenido, cuántas vidas han bendecido, cuánto dolor han consolado. Ningún otro servicio humano puede ser más bendito que el que se nos permita dar al mundo una dulce canción que siga cantando su camino a través de las generaciones. Sin embargo, no todos podemos escribir himnos. No todos somos poetas, dotados para tejer pensamientos dulces en verso rítmico que encante nuestras almas. No todos podemos hacer himnos que se vuelvan como ángeles de paz, consuelo, gozo o inspiración para vidas cansadas. A solo unos pocos hombres y mujeres en una generación se les da lengua de poeta.
Pero hay un modo en que todos podemos hacer canciones: podemos hacer de nuestra propia vida una canción. No se necesita el don del poeta para hacer esto, ni se requiere que seamos enseñados y formados en colegios y universidades. La persona más iletrada puede vivir de tal manera que música suave brote de su vida a lo largo de todos sus días. Solo necesita ser verdadera y amorosa. Toda vida hermosa es una canción.
Hay muchas personas que viven en circunstancias y condiciones de dureza y penuria, y que parecen no hacer música en el mundo. Su vida es de esa clase completamente lúgubre, desprovista de todo sentimiento, que no tiene lugar para el sentimiento entre sus severas faenas y bajo sus pesadas cargas. Aun las ternuras del hogar parecen hallar poca oportunidad de crecer en los largos días sin descanso. Sin embargo, aun vidas como estas, condenadas al trabajo más duro y más lúgubre, pueden y muchas veces se vuelven canciones que ministran bendición a muchos otros.
El otro día un obrero se presentó solicitando admisión a la iglesia. Se le preguntó qué sermón o qué llamado lo había llevado a dar ese paso. "Ningún sermón, ninguna palabra de nadie", respondió, "sino un compañero de trabajo durante muchos años junto a mí en el banco ha sido tan verdadero, tan fiel, tan cristiano en su carácter y conducta, en su disposición y temple, que su influencia me ha traído a Cristo." La vida de este hombre, en medio de toda su dureza, era una canción de amor.
Hay muchas personas que viven en medio de circunstancias poco atractivas, entre penuria, faena y cuidado, cuya vida diaria respira música suave que bendice a quienes las rodean. No hacen grandes servicios, sino que llenan las horas de pequeños ministerios que caen como notas de campanas de plata sobre corazones cansados. Son fieles en todos sus deberes comunes. Son pacientes bajo toda clase de experiencias irritantes. Se mantienen felices y contentos aun en tiempos de sufrimiento y necesidad, alegres y confiados aun en la escasez. Viven en armonía callada con la voluntad de Dios, sin producir discordias estridentes por falta de sumisión o por obstinación. Así, en su humilde esfera, hacen música que es dulce al oído tanto de Dios como del hombre.
Dios quiere que nuestra vida sea una canción. Él ha escrito la música para nosotros en su Palabra y en los deberes que nos llegan en nuestros lugares y relaciones en la vida. Para que nuestra vida sea una música hermosa, debemos ser obedientes y sumisos. Cualquier desobediencia es el canto de una nota falsa y produce discordia. Cualquier falta de sumisión rompe la melodía. La obediencia y la sumisión gozosa hacen música alegre.
¡Pero cuánta música quebrada hay en la mayor parte de nuestras vidas! Fallamos en los deberes del amor. Los pensamientos y sentimientos envidiosos, los celos, la amargura, la ira, el resentimiento, el egoísmo, todas las palabras, actos y temperamentos carentes de amor, son ásperas discordias que estropean la melodía. El orgullo la daña; también lo hace un temperamento violento. Ciertos sonidos horribles producidos en los instrumentos musicales se llaman "notas de lobo." Hay notas de lobo que se producen a veces en vidas humanas: ira, odio, pasión y los desbocados desbordamientos de la pasión. Pero debemos esforzarnos por hacer solo música dulce.
Nuestras circunstancias no siempre pueden ser fáciles. No siempre podemos salirnos con la nuestra. Habrá muchas cosas, aun en el lote más favorecido, que naturalmente chirriarían en las cuerdas de nuestra vida. Pero debemos aprender a vivir de modo que solo produzcamos la música del amor y de la paz, cualesquiera que sean nuestras experiencias.
Una vida perfectamente santa sería una canción perfecta. En el cielo esta melodía ideal será alcanzable. Allí estas arpas de nuestra vida estarán perfectamente afinadas, y habremos aprendido tan bien las lecciones del amor que jamás daremos una nota equivocada. En lo mejor de la tierra, sin embargo, nuestras vidas son imperfectas en sus armonías, como instrumentos aún no afinados. Si de verdad estamos en la escuela de Cristo, vamos acercándonos cada vez más en nuestra naturaleza renovada a la perfecta semejanza divina, y aprendemos a hacer música más dulce a medida que pasan los días.
Necesitamos aprender bien la verdad de que solo la mano del Maestro puede sacar de nuestras almas la música que en ellas duerme. Un violín yace sobre la mesa, silencioso y quieto. Sabemos que es capaz de producir música admirable. Una mano débil lo toma y comienza a pasar el arco por las cuerdas, pero solo produce ásperas y quejumbrosas discordias. Entonces llega un maestro y lo toma. Primero afina las cuerdas y luego saca del pequeño instrumento las melodías más cautivadoras. Nuestras vidas son como este violín. Son capaces de producir melodía rica y hermosa. Pero deben ser manos diestras las que toquen las cuerdas.
Hay algunas personas que parecen capaces de sacar lo mejor que hay en nosotros. Bajo su influencia somos estimulados e inspirados a cosas nobles y hermosas. Hay maestros que tienen un poder admirable para hallar y sacar lo mejor de las vidas de sus discípulos. Hay padres bajo cuya enseñanza sabia y suave los corazones de sus hijos rinden todas las cualidades hermosas. Todos tenemos amigos cuya influencia sobre nosotros es afable y bondadosa. Conscientemente nos sentimos atraídos siempre hacia la bondad, la verdad y la pureza cuando estamos con ellos. Despiertan en nosotros nobles anhelos y aspiraciones. Llaman a nuestros mejores esfuerzos y a nuestras disposiciones más dulces y amables. Hay otros cuyo contacto con nuestra vida es desagradable y poco amable, como el tocar de un inexperto sobre un instrumento musical. No despiertan lo mejor de nosotros, sino lo peor. No sacan de nosotros música dulce, sino discordia estridente.
Hay solo Uno que puede tomar nuestras vidas con todas sus faltas y pecados, sus cuerdas rotas y sus acordes destemplados, y sacar de ellas la música del amor, el gozo y la paz. Se cuenta que una vez Mendelssohn fue a ver el gran órgano de Friburgo. El viejo custodio, sin saber quién era su visitante, le negó el permiso para tocar el instrumento. Al fin, sin embargo, tras mucha persuasión, le concedió permiso para tocar unas cuantas notas. Mendelssohn tomó asiento, y pronto la música más admirable brotaba del órgano.
El anciano quedó hechizado. Por fin se acercó al gran maestro y le preguntó su nombre. Al saberlo, se quedó humillado y condenándose a sí mismo, diciendo: "¡Y yo le negué el permiso para tocar este órgano tan preciado!" Viene Uno a nosotros y desea tomar nuestra vida y tocarla. Pero le retenemos y le negamos el permiso, cuando, si nos entregáramos a él, él sacaría de nuestras almas música celestial.
A menudo es en el dolor cuando nuestras vidas aprenden sus canciones más dulces. Hay la historia de un barón alemán que tendió alambres de torre a torre de su castillo para hacer un gran arpa eólica. Luego esperó para oír su música. Por un tiempo el aire estuvo quieto y no se oyó ningún sonido. Los alambres colgaban silenciosos en el aire. Después de un rato vinieron brisas suaves y el arpa cantó quedamente. Al fin llegaron los vientos severos del invierno, fuertes y semejantes a la tormenta en su fuerza. Entonces los alambres dieron una música majestuosa que se oyó cerca y lejos. Hay vidas humanas que jamás, en la calma de los días tranquilos, rinden la música que llevan dentro. Cuando las brisas del cuidado común pasan sobre ellos, dan suaves murmullos de canto. Pero solo cuando las tempestades de la adversidad soplan sobre ellos responden con notas de noble victoria. Se necesita una gran aflicción para sacar lo mejor que hay en ellos.
Pase lo que pase, debemos hacer de nuestras vidas canciones. No tenemos derecho a añadir discordias al mundo ni a cantar a oídos ajenos sino tonadas dulces. No debemos iniciar ninguna nota de tristeza en este mundo, que ya está tan lleno de tristeza. Debemos añadir cada día algo al acervo de la felicidad del mundo. Si somos verdaderamente de Cristo y andamos con él no podemos sino cantar. Si vivimos conforme a la ley de Dios, que en realidad es la ley de nuestra propia vida espiritual interior, nuestras vidas deben ser dulces canciones.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Making Life a Song
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.