¡Es pecado ser un estorbo! Los que hacen más difícil la vida de los demás están haciendo la obra del adversario. Estamos en este mundo para aligerar las cargas, para recoger las piedras del camino y hacer la senda de la vida un poco más fácil. Esta es la ley de la vida cristiana. No pueden vivir para sí mismos; si lo hacen, lo perderán todo. Deben consagrar todos sus dones y facultades para bendición de los demás.
Es, pues, una radical perversión de la ley de la vida cristiana cuando alguien se convierte de algún modo en un estorbo para los demás. Sin embargo, hay muchas personas que hacen esto. Algunos lo hacen de manera negativa, negando a otras vidas, en su cuidado, carga y dolor, el ánimo, la inspiración o el consuelo que tienen en su poder otorgar.
A veces esto se hace con frío egoísmo, por simple indisposición a tender la mano a un hermano o una hermana. Más frecuentemente, sin embargo, es por falta de sensibilidad ante las necesidades y sufrimientos ajenos, por falta de verdadera simpatía con la vida humana en su debilidad. Hay quienes nunca han conocido el dolor ellos mismos y no sienten el dolor en los demás. Carecen de aquella delicadeza de trato que se necesita aun cuando el corazón ama, para impartir consuelo e inspiración. Así sucede que hay muchas personas que son estorbo para otros, por retener el ánimo y la ayuda que podrían dar.
Pero hay otros cuya influencia es directa y positivamente un estorbo. En vez de ser alas para aquellos cuyas vidas tocan, son pesos. Son desalentadores. Nunca tienen una palabra alegre, animosa y esperanzadora para nadie; por el contrario, siempre hallan la manera de enfriar el ardor, de apagar el entusiasmo, de menospreciar la esperanza y de poner nubes en cielos despejados. Parecen creer que es pecado ser felices ellos mismos o fomentar la felicidad en otra persona. Encuentran todas las sombras de la vida y persisten en caminar por ellas. Convierten los pequeños problemas en grandes pruebas. Miran las pequeñas colinas de dificultad a través de lentes de sentimiento morboso que las hacen crecer hasta convertirse en altas montañas.
Así, rodeados de tinieblas ellos mismos, hacen oscuridad para los demás, nunca claridad, dondequiera que vayan. De esta manera hacen mucho daño en el mundo. Hacen toda la vida más difícil para los que influyen. En vez de ser consoladores de otros, hacen el dolor más difícil de llevar, porque lo exageran, y porque borran todas las estrellas de esperanza y consuelo que Dios ha puesto para brillar en la noche de este mundo. Hacen que las cargas ajenas parezcan más pesadas, porque con su filosofía desalentadora dejan el corazón menos fuerte y valiente para soportar. Hacen las batallas de la vida más duras para todos, porque, con sus sombríos presentimientos, paralizan el brazo que empuña la espada.
Todo el efecto de la vida de estas personas es desanimar a los demás; encontrar cosas desagradables y señalarlas; descubrir peligros y hablar de ellos; buscar dificultades y obstáculos y proclamarlos. Si los encuentras con ánimo vivo, no pasarás mucho tiempo en su compañía antes de que sientas que toda tu vivacidad se escapa de ti bajo la influencia de su desaliento. Si acudes a ellos en tu aflicción, te irás sintiendo que tu condición es del todo desesperada y estarás a punto de desesperar.
A un hombre reflexivo se le pidió contribuir a la erección de un monumento a uno de estos desalentadores, y respondió: "Ni un dólar. Estoy dispuesto a contribuir a levantar monumentos a los que nos hacen esperar, pero no daré un dólar para ayudar a perpetuar la memoria y la influencia de los que viven para hacernos desesperar." Tenía razón. Las personas que nos hacen la vida más difícil no pueden llamarse bienhechores. Los verdaderos bienhechores son los que nos muestran luz en nuestra oscuridad, consuelo en nuestra tristeza, esperanza en nuestra desesperación.
Todos necesitamos ser fortalecidos e inspirados, nunca debilitados ni desalentados para las experiencias de la vida. Si encontramos a otros abatidos y desanimados, es nuestro deber, como amigos suyos, no hacer que sus pruebas y sus cuidados parezcan tan grandes como podamos, sino más bien señalarles la luz brillante en sus nubes y poner nueva esperanza y valor en sus corazones. Si encontramos a otros en tristeza, es nuestro deber no decirles solamente cuánto lo sentimos por ellos, cuánto los compadecemos, sino, acercándonos a ellos con amor, susurrarles al oído los consuelos de la gracia divina, y hacerlos más fuertes para soportar su tristeza. Si encontramos a otros en medio de dificultades y luchas duras, desmayados y a punto de ceder, es nuestro deber no solo lamentar con ellos la severidad y dureza de sus batallas y luego dejarlos ir a una derrota segura, sino estimularlos e inspirarlos al valor y a la victoria.
Es de vital importancia que aprendamos esta lección si queremos ser verdaderos ayudadores de los demás. Si solo tenemos tristeza que dar a hombres y mujeres, no tenemos derecho a ir entre ellos. El claustro es el único lugar apropiado para tales estados de ánimo. Solo cuando tenemos algo que bendiga a otros, levante sus corazones y les dé vislumbres de cosas bellas y luminosas por las que vivir, estamos verdaderamente comisionados para salir como evangelistas al mundo.
"Un cantor cantó una canción de lágrimas y el gran mundo escuchó y lloró. Pues cantó las penas de los años fugaces y las esperanzas que el pasado muerto guardó; y las almas en angustia soportaron sus cargas, y el mundo quedó más triste que nunca.
Un cantor cantó una canción de aliento y el gran mundo escuchó y sonrió. Pues cantó del amor de un Padre querido y de la confianza de un pequeño niño; y almas que antes habían olvidado orar, levantaron los ojos y siguieron su camino cantando."
Mejor es que no cantemos la tristeza si nuestra canción termina allí. Ya hay suficientes notas tristes flotando en el aire del mundo, formando gemidos en los oídos de la gente. Siempre deberíamos cantar de esperanza, gozo y aliento. Jeremías tenía derecho a llorar, pues se sentaba entre las ruinas desmoronadas de la prosperidad de su pueblo, contemplando el rápido e inquieto acercamiento de males que habrían podido evitarse.
Jesús tenía derecho a llorar en el Monte de los Olivos, pues su ojo veía el terrible destino que venía sobre el pueblo que amaba, después de haber hecho todo lo que estaba en su poder para evitar el destino que el pecado y la incredulidad atraían sobre ellos. Pero no muchos de nosotros somos llamados a vivir en medio de pesares como los que quebrantaron el corazón de Jeremías. Y en cuanto a Jesús, sabemos qué predicador de esperanza fue dondequiera que iba. Nuestra misión debe ser llevar a la gente, no pesares ni nuevas de males, sino gozo y buenas nuevas.
Solo los predicadores de esperanza bendicen de verdad al mundo. Quien solo tiene preguntas y dudas que dar no tiene derecho en un púlpito cristiano. No deberíamos aumentar la perplejidad de la gente presentando jirones de páginas rasgadas como si nuestro cristianismo fuera algo incierto, un mero "si" o "acaso". "Dadme vuestras creencias", dijo Goethe; "tengo bastantes dudas propias." Así la gente nos dice: "Dadnos vuestras esperanzas, vuestros gozos, vuestra luz, vuestra vida, vuestras verdades que levantan; nosotros ya tenemos bastantes tristezas, temores, nubes, males, cadenas y dudas."
Esta es la misión del cristianismo en el mundo: ayudar a la gente a ser victoriosa, susurrar esperanza dondequiera que haya desesperación, dar aliento dondequiera que haya desánimo. Sale a abrir prisiones, a desatar cadenas y a sacar cautivos. Su símbolo no es solo una cruz—esta es uno de sus símbolos, que habla del precio de nuestra redención, que habla de amor que murió—, sino que su símbolo final es una tumba abierta, abierta y vacía. Sabemos lo que eso significa. Habla de vida, no de muerte; de vida victoriosa sobre la muerte. Y no debemos suponer que su promesa es solo para la resurrección final; es para resurrección cada día y cada hora, sobre toda muerte. Significa vida inconquistable, inextinguible, indestructible e inmortal en todo punto donde la muerte parezca haber obtenido una victoria. La derrota en cualquier lugar es sencillamente imposible, si estamos en Cristo y Cristo en nosotros.
De ello se sigue que nunca puede haber una pérdida en la vida del cristiano de la que no pueda surgir una ganancia, como una planta de una semilla enterrada. Nunca puede haber un dolor del que no pueda nacer una bendición. Nunca puede hacerse rendir algún fruto de fortaleza.
Si, pues, somos mensajeros verdaderos y leales de Cristo, jamás podemos ser profetas de tinieblas, desaliento y desesperación. Debemos ser siempre heraldos de esperanza. Siempre debemos tener buenas nuevas que contar. Hay un evangelio que tenemos derecho a proclamar a todos, cualquiera que sea su dolor. En Cristo hay siempre esperanza, un secreto de victoria, un poder para transmutar la pérdida en ganancia, para cambiar la derrota en victoria, para sacar vida de la muerte. Vivimos dignamente solo cuando vivimos victoriosamente nosotros mismos en todo punto, cuando inspiramos y ayudamos a otros a vivir victoriosamente, y cuando nuestra vida es una canción de esperanza y alegría, aun cuando cantemos entre lágrimas y dolor.
Así que es nuestra misión ser ayudadores, nunca estorbos, de la fe y la esperanza de los demás. Dondequiera que encontremos a uno que está cansado o desalentado, es nuestro deber tomarlo por la mano y ayudarle a levantarse, y sostenerlo de la mano hasta que pueda caminar con seguridad. Una palabra de desánimo de nuestra parte en presencia de un luchador humano es traición a un alma que estamos llamados a ayudar y proteger con nuestra propia vida.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: On Being a Discourager
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.