La vida cotidiana

La bendición de la quietud: el poder de una vida en silencio

La verdadera fortaleza espiritual se revela en la quietud del alma, una calma que Cristo modeló y que solo la paz de Dios puede producir en medio de una vida inquieta.

Parecería que cualquiera pudiera mantenerse quieto y en silencio. No requiere esfuerzo, diríamos. El trabajo es difícil, pero descansar debería ser fácil. Se necesita esfuerzo para hablar; debería ser fácil simplemente estar callado.

Pero todos sabemos que pocas cosas resultan más difíciles para la mayoría de las personas que estar quietas. Nuestras vidas son como el océano en su inquietud. Esta es una de las pruebas de nuestra inmortalidad. Somos demasiado grandes para estar quietos. Una piedra no tiene problema en mantenerse inmóvil. Una almeja nunca se pone nerviosa. El alma humana fue hecha para Dios, y su misma grandeza hace que su reposo y quietud, en medio de las cosas de la tierra, sea el más difícil de todos los logros.

Sin embargo, la quietud es una lección que se nos presenta con gran frecuencia en la Biblia. Se nos dice que el efecto de la justicia es la quietud. El Pastor conduce a sus ovejas junto a aguas tranquilas. Se nos dice que "procuremos estar quietos"—que seamos ambiciosos de estar quietos, como dice una lectura marginal. El atavío de un espíritu manso y apacible, dice Pedro, "es un adorno femenino que a los ojos de Dios es de gran precio." Un bocado seco y quietud con él, nos dice el sabio, es mejor que el banquete con contienda. Luego se nos asegura que en quietud y confianza está la fuerza.

Así, el pensamiento de la quietud brilla con un resplandor muy luminoso en las Escrituras. A veces se usa en su sentido literal. Evidentemente a Dios no le agrada el ruido. Otras veces se usa para denotar el espíritu reposado. La inquietud no es espiritualmente hermosa. La paz es un alto logro. Así, la quietud indica una rica formación cristiana. No se alcanza con facilidad. Los soldados dicen que en la guerra es mucho más difícil mantenerse inmóvil bajo el fuego que lanzarse a la batalla. Es más fácil estar en medio de los deberes activos y las luchas de la vida espiritual que verse obligado a esperar y estar quieto. Esperar es más difícil que trabajar. Para muchas personas requiere más fuerza trabajar en quietud que alborotar. Solo el gran motor funciona sin ruido; la pequeña máquina resopla y parpadea. La quietud en un hombre o en una mujer es una marca de fortaleza.

Muchas personas suponen que el ruido indica fuerza. Creen que una persona es un gran predicador en proporción directa a la sonoridad de su voz. Piensan equivocadamente que la elocuencia es ruido; que Boanerges tenía gran poder espiritual; que el hombre ruidoso era el fuerte; que las personas que más alboroto y ostentación hacen son los mejores trabajadores. Pero una observación más detenida pronto nos muestra que esta es una medida falsa. La sonoridad no es poder.

Este gran predicador fue el que más profunda y ampliamente impresionó a otras vidas, apartándolas del pecado hacia la santidad y haciéndolas bendición en el mundo. El ruido es impertinente en la obra de Cristo, y solo resta poder al predicador.

En todos los ámbitos de la vida, son las fuerzas calladas las que más influyen. Los rayos del sol caen todo el día, silenciosos, sin que los oiga el oído humano; sin embargo, hay en ellos una energía admirable y un gran poder de bendición y de bien. La gravitación es una fuerza silenciosa, sin estrépito de maquinaria, sin ruido de motores, sin choque de cadenas, y, no obstante, sostiene todas las estrellas y los mundos en sus órbitas y los hace girar por el espacio con precisión invariable. El rocío cae silenciosamente de noche cuando dormimos, y, sin embargo, toca cada planta y hoja y flor con nueva vida y belleza. Es en el relámpago, no en el estruendo del trueno, donde reside la energía eléctrica. Así, incluso en la naturaleza, la fuerza reside en la quietud, y las energías más poderosas obran sin ruido.

Lo mismo es cierto también en las cosas morales y espirituales. Es en la vida serena y apacible donde se halla la verdadera fuerza. El poder que está bendiciendo al mundo hoy procede de la pureza, la dulzura y la abnegación del amor maternal, de la influencia silenciosa del ejemplo en padres fieles, de la paciencia y la generosidad de hermanas devotas, de la tierna belleza de la vida infantil inocente en los hogares; sobre todo, de la cruz silenciosa y del aliento del Espíritu divino en suave quietud. Los agentes que más hacen por bendecir al mundo son los que no hacen ruido. El poder espiritual parece esconderse en ministerios silenciosos y rehuir aquellos que se anuncian a sí mismos. "El reino de los cielos no viene con ostentación."

Si, pues, queremos ser fuertes, debemos aprender a estar quietos. Un hablador ruidoso es siempre débil y carece del poder regio del dominio. La quietud en el hablar es marca de dominio propio. La Escritura dice: "Si alguno no ofende en palabra, el tal es perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo." La tendencia de la gracia de Cristo en el corazón es suavizar y refinar toda la naturaleza. Hace más suaves los mismos tonos de la voz. Contiene la bulla, reduciéndola a quietud. Reprime los sentimientos airados y los suaviza con la dulzura del amor. Refrena y somete el resentimiento, enseñándonos a devolver bondad por desamor, dulzura por rudeza, bendición por maldición y oración por el trato injusto. "El amor es paciente, es bondadoso. No tiene envidia, no se jacta, no se envanece. No es grosero, no es egoísta, no se irrita fácilmente, no guarda rencor. El amor todo lo protege, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta." 1 Corintios 13:4-7

El amor de Cristo en el corazón hace a uno semejante a Cristo mismo, y él es apacible. Nunca se perturbó. Nunca se impacientó ni se afligió, nunca estuvo preocupado. Nunca habló con precipitación por la calle. Había una calma en su alma que se mostraba en cada palabra que pronunciaba, en cada mirada de sus ojos, en todo su porte.

Es bueno que aprendamos la lección de la quietud. Es un secreto de poder. Nos librará de los estallidos de ira y de las palabras precipitadas y apresuradas que una hora después lamentaríamos haber dicho, y que, de pronunciarse, nos causarían tanta amargura y tantos problemas. Nos permitirá estar alegres y pacientes en medio de los cuidados y las molestias de la vida.

Hay una bendición en estar quieto y sosegado en el tiempo del sufrimiento. "¿Te duele mucho?", le preguntaron a un amigo que yacía con un brazo roto. "No, cuando lo mantengo quieto", fue la respuesta. Este es el secreto de gran parte de la victoria que vemos en los cristianos que se gozan. Ellos vencen el dolor y la amargura manteniéndose quietos. No hacen preguntas, ni exigen saber por qué tienen pruebas. Creen en Dios, y están tan seguros de su amor y de su sabiduría que ninguna duda, ningún temor y ninguna incertidumbre los afligen. La paz es su almohada, porque han aprendido a estar quietos. Su quietud arrebata a la prueba su agudeza, al dolor su amargura, a la muerte su aguijón y a la sepultura su victoria.

La quietud es un secreto bendito para las esposas y madres en el hogar. Es imposible que ninguna mujer distinguida, aunque su vida de hogar sea incluso idealmente cristiana y feliz, evite tener muchas experiencias que prueban su espíritu sensible. Probablemente el matrimonio terrenal más perfecto tiene sus momentos, especialmente en sus primeros años, sus incidentes duros y sus contactos burdos, que tienden a perturbar el corazón de la esposa y causarle dolor. Es difícil, o al menos toma tiempo, que el hombre común aprenda a ser tan delicado que ninguna palabra, toque, acto, hábito o disposición suya llegue jamás a herir el corazón de la mujer que ama, aun con la mayor ternura y verdad. De parte de ella, nada sino el amor que no se irrita con facilidad, que puede ser silencioso y dulce—no silencioso y sombrío—sino silencioso y dulce, en cualquier circunstancia, puede hacer aun la más santa vida matrimonial lo que debe ser. Bienaventurada la esposa que ha aprendido esta lección.

Cada hogar, con sus padres e hijos, presenta un problema de amor que solo el espíritu de quietud puede resolver. Los gustos difieren. La individualidad es a menudo fuerte y agresiva. Casi siempre hay espíritus voluntariosos y asertivos aun en la familia más pequeña, los que quieren imponer su voluntad, los que no están dispuestos a ceder siquiera su parte justa. En algunos hogares hay espíritus despóticos. En los mejores hay diversidades de espíritu, y el proceso de disciplina y formación propios requiere años antes de que todo el hogar pueda convivir en dulzura ideal.

Un músico alemán, con un oído exquisitamente sensible a la armonía, poco después de llegar a nuestro país, asistió a una iglesia. Pero el canto era muy discordante, hiriendo dolorosamente su oído entrenado. No podía cortésmente salir de la iglesia mientras el servicio estaba en curso, y por tanto resolvió soportar la tortura con la mayor paciencia posible. Pero pronto distinguió, en medio de la discordia de la congregación, una voz: la voz suave y clara de una mujer, que cantaba con calma, firmeza y verdad. No se perturbaba por las notas ruidosas y discordantes de sus compañeros de adoración, sino que seguía cantando con paciencia, firmeza y dulzura. Y a medida que el visitante escuchaba, una voz tras otra era arrastrada por la influencia suave de aquella cantante hacia la armonía. Hasta que antes de que terminara el himno, toda la congregación cantaba en perfecta unión.

Así es a menudo en la formación de un hogar. Al principio, las vidas individuales son voluntariosas, indisciplinadas y asertivas, y hay discordia en la vida del hogar. Lleva tiempo y un amor muy paciente traer todo a dulce armonía. Pero si la esposa y madre, la verdadera forjadora del hogar, ha aprendido la lección bendita de la quietud, su vida es la de un canto sereno, claro y verdadero, que nunca vacila, y que va llevando todas las demás vidas, poco a poco, hasta su propia tonada dulce, hasta que al fin la vida del hogar es en verdad una dulce canción de amor.

A veces es la hija y hermana en el hogar cuya dulzura apacible bendice a toda la familia. Ella ha aprendido la lección de la paciencia y la dulzura. Tiene una sonrisa para todos. Tiene el tacto para disipar las pequeñas riñas con sus palabras amables. Suaviza el mal humor del padre cuando este llega cansado de los cuidados del día. Es una pacificadora en el hogar, una creadora de felicidad, por la influencia de su propio espíritu amoroso, y al final atrae a todos hacia la armonía con su propia quietud y paz.

Estas son ilustraciones familiares de la bendición de la quietud. Dondequiera que encontremos esta cualidad en cualquier vida, ejerce una influencia admirable. Ciertamente es una lección digna de aprenderse, mejor que ganar la corona. Pero, ¿puede aprenderse? ¿Pueden el hombre o la mujer impulsivos, de genio vivo y palabras precipitadas aprender a ser apacibles y dueños de sí mismos? ¡Sí! Moisés la aprendió, hasta llegar a ser el hombre más manso. Juan la aprendió, hasta llegar a ser el discípulo amado, recostado en el pecho de Jesús. Cualquiera que quiera entrar en la escuela de Cristo puede aprenderla, pues él dice: "Venid a mí; tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí; y hallaréis descanso para vuestra alma."

La quietud nunca puede venir mediante el silenciamiento del ruido del mundo, de modo que no haya nada que pruebe o irrite el espíritu. No podemos encontrar ni crear un lugar tranquilo para vivir, y así obtener quietud en nuestra propia alma. No podemos hacer que las personas a nuestro alrededor sean amorosas y amables para que nunca tengamos nada desagradable o descortés que nos veje o moleste. Solo la paz de Dios en el corazón puede darla. Sin embargo, podemos tener esta paz si simplemente y siempre hacemos la voluntad de Dios y luego confiamos en él. ¡Un corazón apacible dará una vida apacible!

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Blessing of Quietness

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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