Cuando el Hijo de Dios entró en Jerusalén, ¿a dónde había de ir sino a la casa de su Padre? Fue al templo. ¡En qué estado encontró aquel sagrado lugar! Resplandecía con esplendor terreno, no estaba contaminado por imágenes de madera o piedra, y era frecuentado por multitudes de adoradores; pero era una cueva de ladrones. En su atrio exterior, llamado atrio de los gentiles, había hombres comprando y vendiendo bestias y aves para los sacrificios, y otros cambiando el dinero traído de lugares lejanos por la moneda del país, y proveyendo medios siclos para el tributo anual. Este atrio había sido asignado por Dios a los gentiles, para que todas las naciones le adoraran, según las palabras del profeta: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (Is. 56:7).
Pero no eran tanto los animales lo que contaminaba el atrio de los gentiles, sino los hombres que los compraban y vendían, porque eran ladrones. Probablemente se consideraban hombres honrados, pues no parece que cometieran aquellos robos que se tienen por vergonzosos; pero eran ladrones ante los ojos de Dios, pues todos los que hacen ganancias injustas y mienten al comprar o vender son tenidos por ladrones por él. Tales acciones ofendían especialmente a Jesús cuando se cometían en la casa de su Padre. Ver aquel lugar santo convertido en una cueva donde la iniquidad se cometía con impunidad afligía su santa mente. Al comienzo de su ministerio, tres años antes, había echado a los culpables con un azote de cuerdas, y ahora, al cierre de su obra, limpió el santuario por segunda vez.
Aunque tan manso para con los que le injuriaban, era ardiente en su oposición a la maldad. Él es el Juez de todos, así como el Salvador de todos; y cuando venga de nuevo manifestará su odio contra el pecado. Se supone que los compradores y vendedores del templo volvieron a sus prácticas malvadas pasado el temor; pero los que sean echados del reino celestial nunca más volverán a contaminar el servicio de Dios. Aunque las puertas de la ciudad celestial nunca se cerrarán, no entrará jamás nada que contamine, ni nadie que cometa abominación o haga mentira, sino solamente los que están escritos en el libro de la vida del Cordero (Ap. 21:27).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ casts the buyers and sellers out of the temple
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.