La vida de Cristo para cada día

Las lágrimas de amor por quienes le rechazan

Jesús llora sobre Jerusalén por amor a sus enemigos y prevé su ruina, recordándonos que él conoce el destino de cada ciudad y de cada persona que desprecia el día de su paz.

El mundo en que vivimos ha sido llamado a menudo un «valle de lágrimas.» Cada uno de nosotros ha derramado lágrimas, y volverá a derramarlas. Pero ¿cuáles son las circunstancias que arrancan nuestras lágrimas? ¿No lloramos a menudo por alguna causa trivial, alguna razón egoísta, algún sentimiento pecaminoso? Están las lágrimas del orgullo mortificado, las lágrimas del descontento, las lágrimas de la rebelión. Todas estas son lágrimas pecaminosas. Están las lágrimas de la decepción, de la ansiedad, del dolor y del duelo. Estas son lágrimas naturales. Están las lágrimas de la simpatía. Jesús las derramó al acompañar a los enlutados al sepulcro de Lázaro. Están las lágrimas del arrepentimiento; éstas el Salvador no podía derramarlas, pues no era pecador; pero se deleita en ellas, y con ellas permitió una vez que una pecadora llorosa le lavara sus benditos pies.

Pero las lágrimas que él derramó sobre Jerusalén fueron las lágrimas de un amor generoso, amor por sus enemigos. ¿Hemos derramado nosotros alguna vez tales lágrimas? Hay cristianos que han bebido tan hondo del Espíritu de su Maestro, que se retiran a orar, y aun a llorar, por los que les aborrecen y les ultrajan, y que no quieren orar ni llorar por sí mismos. Pero no todos los verdaderos cristianos han alcanzado esta altura de compasión divina.

¡Cuán extraño debió parecer a los que cantaban sus alabanzas y adornaban su camino con ramas verdes y floridas, ver al Redentor detenerse, contemplar y llorar! En medio de sus jubilosos hosannas se oyeron los tonos dolorosos de su voz, que decía: «¡Ah, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz!» Así habló a la hija de Sion (pues las ciudades son a menudo comparadas a mujeres en la Escritura, y sus habitantes son llamados sus hijos). En verdad podemos decir: «¡Mirad cómo la amaba!» No lloró porque viera desde la cima del Monte de los Olivos el lugar de sus propios sufrimientos; porque viera a sus pies Getsemaní, aquel huerto lúgubre donde caerían las primeras gotas de su sangre; ni porque viera más allá de la ciudad el Calvario, aquel paraje sombrío donde las últimas gotas fluirían al toque de la lanza del soldado. Lloró porque previó las calamidades que sobrevendrían a sus asesinos. Aunque entonces la ciudad se asentaba majestuosa sobre sus siete colinas, pronto, sabía él, yacería postrada en el polvo. ¡Cuán grandiosa y hermosa aparecía vista desde las alturas del Monte de los Olivos! Sus altas rocas, sus torres macizas y, sobre todo, la cúpula resplandeciente de su templo blanco como la nieve despertaban por lo general admiración; pero ahora suscitaban lamentación. Era en estas defensas en lo que ella confiaba, en lugar de en el Dios vivo. Pero ni sus rocas ni sus torres, ni aun su santo templo, pudieron salvarla cuando los romanos vinieron y sitiaron la ciudad. Su Dios se había apartado de ella. Entonces sus muros fueron derribados, su templo quemado, y más de un millón de sus habitantes perecieron por hambre y pestilencia, por fuego y espada.

En este momento el Salvador conoce el destino de cada ciudad sobre la tierra. Sabe lo que acontecerá a Londres, y a París, y a Roma. Toda ciudad que, como Jerusalén, confía en su propia fuerza y se niega a obedecer a Cristo, ha de caer como ella cayó. Los que aman su patria deben emplear todo esfuerzo por difundir el evangelio entre sus compatriotas.

Pero Cristo no sólo conoce el destino de cada ciudad; conoce también el destino de cada individuo en cada ciudad, aldea y caserío. A veces, acaso, cuando vemos a una persona disfrutando de riquezas, salud y honores, rodeada de hijos sonrientes y amigos admiradores, estamos prontos a exclamar: «Si yo estuviera en tu lugar, sería feliz.» Pero ¿olvida esta persona a su Salvador? Entonces puede que Cristo esté diciendo a ella: «¡Ah, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz!» Nosotros contemplamos la escena presente, pero Jesús contempla también el futuro. Él ve no sólo la mesa abundantemente servida, sino el lecho de muerte que le sucederá; oye no sólo la voz de regocijo que ahora prevalece, sino el débil gemido que cerrará la escena. ¿Puede tener por dichosos a aquellos cuya miseria se acerca cada hora? Ciertamente el Salvador compasivo se compadece de cuantos pronto exclamarán, en otro mundo: «¡Si yo hubiera conocido, aun yo en aquel mi día, lo que pertenecía a mi paz, pero ahora está escondido de mis ojos!»

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ weeps over Jerusalem

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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