¡Cuán poco entendieron los judíos el carácter de Juan el Bautista! Algunos pensaban que tendría celos del Señor Jesús. ¿Cómo sería eso posible, si él vino al mundo para dar testimonio de Él y persuadir a los hombres a creer en Él? Algunos vinieron a Juan quejándose de que Jesús bautizaba y de que todos acudían a Él. Juan deseaba ardientemente que todos los hombres vinieran a Cristo; no solo a él para ser bautizados con agua, sino para ser lavados de sus pecados y bautizados con el Espíritu Santo.
La respuesta de Juan muestra del modo más hermoso la humildad de su corazón y la sinceridad de su amor por Cristo. Aunque había sido muy admirado como predicador, no se enalteció con orgullo. Sabía y declaraba que «el hombre no puede recibir nada, si no le fuere dado de arriba». ¡Ojalá pudiéramos conservar siempre esta verdad en la mente! Entonces percibiríamos la necedad del orgullo, así como su miseria. ¿Qué tenemos que no hayamos recibido? Sin embargo, cuán propensos somos a envanecernos, como si no hubiéramos recibido, e incluso a jactarnos ante otros de nuestras habilidades, nuestras posesiones, nuestros numerosos amigos y nuestras amables cualidades. Solo debiéramos sentir agradecimiento a Dios por sus dones y humillarnos ante su vista, porque somos indignos de su atención; esto es lo que hacen los ángeles que destacan en fuerza, en sabiduría y en hermosura. ¡Cuán terrible es cuando nos sentimos orgullosos de las bendiciones espirituales de Dios! Si ha puesto gracia en nuestros corazones, o nos ha capacitado para convertir a otros, ¡cuán indeciblemente agradecidos deberíamos estar! Enorgullecerse de tales misericordias es, en verdad, la más negra ingratitud.
Juan el Bautista estaba lleno de amor por el Salvador; lo comparó con un esposo y a sí mismo con el amigo del esposo. La esposa es la iglesia, el pueblo creyente de Cristo. Era el deseo de Juan conducir a todos a amar a Cristo. Había logrado persuadir a algunos a amarlo, y ahora sabía que Jesús se regocijaba por aquellos creyentes. Oír la voz del esposo era su mayor gozo; se deleitaba en alabar al esposo. Se llamó a sí mismo terrenal, pero declaró que Jesús era celestial, pues vino de arriba. Él mismo solo había recibido una medida del Espíritu; pero Jesús había recibido el Espíritu sin medida, es decir, en grado infinito.
Luego describió la sumamente grande felicidad de los creyentes en Cristo y la miserable condición de los incrédulos. Estas son las palabras de Juan: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él». No se dice que el que cree tendrá vida eterna, sino que ya ahora tiene vida eterna. No se dice que el que no cree gustará la ira de Dios, sino que ahora la ira de Dios permanece sobre él. Cada persona se encuentra en este momento en una de estas dos condiciones: o tiene vida eterna, o está bajo la ira de Dios. ¡Cuán feliz, o cuán miserable debería ser toda persona! ¿No debería ser miserable quien sabe que en cualquier momento puede ser arrebatado de la escena de sus placeres? Si viéramos a un hombre viviendo con esplendor, en una casa magnífica, rodeado de lujos, y nos dijeran que tiene deudas inmensas y que numerosos acreedores podrían en cualquier momento arrojarlo a la prisión, ¿lo consideraríamos feliz? No podría serlo, si reflexionara sobre su situación. Quizá no reflexionaría; quizá correría de una diversión a otra para animarse. Ahora bien, todos los incrédulos deben una inmensa deuda a la justicia de Dios, y están en peligro de ser arrojados en cualquier momento a la prisión, incluso a aquella prisión del infierno de la cual nadie escapa jamás. No disfrutarían un momento de paz si reflexionaran sobre su condición.
¡Cuán diferente es la condición del creyente! Si viéramos a un pobre hombre, toscamente vestido y escasamente alimentado, y se nos asegurara que es el heredero de una gran herencia, esperaríamos que soportara sus presentes penalidades sin murmurar. Si creemos en el Hijo de Dios, somos herederos de Dios; éramos sus deudores, pero Cristo pagó nuestra deuda con su sangre, y cuando creímos, quedamos libres de ella; y no solo eso, sino que fuimos hechos herederos de un reino celestial. ¿No deberíamos regocijarnos sobremanera y no estimar nada nuestras presentes pérdidas y desilusiones, a causa de la gran herencia que se nos ha prometido?
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: John's testimony about Jesus
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.