Cuando considero la conducta de la providencia para con todos sus santos, más bien debería asombrarme de que se me permita pasar por el mundo sin ser más castigado, que suponer que soy corregido con demasiada severidad. Y ciertamente, si estuviera libre de aflicciones, de las cuales todos son partícipes, podría inferir que soy un hijo ilegítimo, y no hijo. Cualquiera que sea mi aflicción, la sabiduría de quien la envía debería hacerme abrazarla y sobrellevarla sin queja. Las aflicciones no brotan del polvo, ni vienen al azar. El hombre nace para la aflicción, como las chispas vuelan hacia arriba. Algunos de los favoritos de Dios han tenido, por fines sabios, las aflicciones más severas. La sabiduría de Dios, sin embargo, al afligir a su pueblo, es locura para el mundo, que computaría el amor y el odio por las providencias comunes; y por eso claman, como los judíos ignorantes de antaño, al Capitán de nuestra salvación, que él mismo fue perfeccionado por medio del sufrimiento: "Que Dios los libre, si se deleita en ellos."
Una vez más, así como la bondad infinita de Dios resplandece al enviar aflicciones, aunque las escamas sobre mis ojos me impidan ver toda su hermosura, de modo que a menudo me admiro de por qué me va así o asá, y quisiera sinceramente tratar de engullirlo todo en sumisión y fe, creyendo la veracidad de la promesa de que todas las cosas obrarán juntas para bien a los que son llamados y escogidos de Dios; digo, así como su bondad aparece al enviarlas, así la sabiduría divina es conspicua en su variedad.
Abraham, el amigo de Dios, tuvo una prueba que habría estremecido a todo el mundo de los creyentes. Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa; Moisés el hombre, y Aarón el santo de Dios; Josué y los Jueces; Job, David y su línea real; Samuel y los profetas; sí, el Cordero y sus Apóstoles, tuvieron aflicciones de toda clase, en sustancia y hacienda, en relaciones y vínculos, en nombre y carácter, en alma y cuerpo. Ahora bien, tal ha sido la conducta universal de Dios durante estos cinco mil años con su iglesia y su pueblo. Y si su gobierno no hubiera sido tanto para su propia gloria como para el bien de su pueblo, un Padre tan sabio ya habría cambiado para ahora el modo de su proceder hacia los suyos. Pero ¿quién puede dudar de la sabiduría y bondad de su conducta, al considerar que por esta disciplina muchos miles han entrado en la gloria y son hoy dichosos en su gozosa cosecha, después de su lloroso tiempo de siembra?
¡Cuán feliz es para mí que el mundo a menudo se me escape, para que yo pueda renunciar al mundo y mirar más a la mejor patria; que los hombres a menudo me sean infieles, para que yo pueda confiar sólo en el Dios de verdad; que las necesidades me asalten por todas partes, para que yo por la fe pueda sentarme a la puerta del cielo, y en la promesa y en su plenitud hallar abundante provisión; que la muerte de cuando en cuando corte un ser querido, para que yo recuerde más mi propio fin, el mundo inmortal y a aquel que es la resurrección y la vida!
La aflicción vuelve desabrida a la criatura, estéril al mundo, y disipa el jugo embriagador de los placeres carnales y los deleites sensuales. Quiebra el sueño de la seguridad, y despierta e incita al cumplimiento de los deberes. Aun los santos mismos son más frecuentes y fervorosos en sus devociones bajo la vara de la aflicción; y muchos en la angustia visitan el trono de la gracia (¡trono amado, al cual todos tienen acceso!) y derraman una oración cuando su mano castigadora está sobre ellos, quienes antes eran enteros extraños tanto al lugar como al ejercicio. Creo de veras que cada cristiano es un "hijo de la cruz" y ha bebido de la copa de la aflicción, endulzada por el haber bebido Cristo tan abundantemente de ella. Ahora bien, ¿iría yo por otro camino al cielo del que han hollado todos los redimidos? ¿Caminaría yo hacia Sión fuera del camino real del Rey, fuera del pacto?
Por mucho que esté a oscuras acerca de providencias particulares y aflicciones singulares, hasta que todas las cosas sean aclaradas allá arriba; con todo, debería dar la bienvenida a cuantas aflicciones me desliguen de este mundo y me acerquen más a Dios.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: Affliction the common lot of the Saints
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.