Esta fue la respuesta de nuestro Señor a quienes pensaban que su religión era demasiado luminosa y alegre, que no tenía suficientes días de ayuno. Ellos consideraban que la religión era genuina solo cuando volvía tristes a las personas, y que su calidad se medía justamente en proporción a su tristeza. Pero la respuesta de Cristo demostró que los rostros afligidos no son indicadores esenciales de la piedad del corazón. ¿Acaso debían sus discípulos mostrarse apenados y tristes cuando Él estaba con ellos, llenando sus vidas con el gozo de su presencia? ¿Deberían los cristianos profesar tener el corazón abatido y llevar los símbolos del duelo, cuando en realidad están llenos de alegría y no tienen motivo alguno de tristeza? ¿Por qué uno que ha sido salvado por el Señor Jesús y se regocija en la plena certeza de la esperanza ha de andar cubierto de cilicio y cenizas? ¿Hay alguna piedad en un rostro triste? ¿Acaso Dios se complace en ver a sus hijos siempre de luto? ¿Es el gozo humano desagradable para nuestro Padre?
Todas estas preguntas quedan respondidas en las palabras de nuestro Señor. Él no desea que sus discípulos anden ayunando y de luto cuando no tienen motivo para tales ejercicios. Sus palabras son una defensa de la alegría cristiana. Cristo quiere que sus amigos sean felices. Existe una total incongruencia en una vida cristiana triste y apenada. Por su misma naturaleza, la verdadera religión es gozosa. Nuestros pecados son perdonados. Somos adoptados en la familia de Dios. Somos herederos de Dios y coherederos con Cristo. El pacto de amor extiende su amparo sobre nosotros en todo momento. Todas las cosas en este mundo obran juntas para nuestro bien, y luego la gloria nos aguarda más allá de la puerta de la muerte. Con toda esta herencia bendita, ¿por qué habríamos de mostrarnos apenados y tristes? Mientras disfrutamos de la sonrisa de Cristo, de la conciencia de su amor, de la certeza de su perdón y de la esperanza del cielo y de la vida eterna, ¿qué podría entristecernos? ¡Debemos tener rostros radiantes!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Joy in the Lord
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.