Y lo que es cierto de una cadena de argumentos dirigidos a la razón también lo es de aquellas imágenes e ilustraciones que se dirigen a la imaginación. Cualquier deleite sentido ante la presentación original de ellas se apagaría rápidamente si se le obligara a la vista una y otra vez. No conocemos nada más exquisito que la sensación que se siente cuando la luz de alguna analogía inesperada, o de alguna hermosa y apta semejanza, hace su primera entrada en la mente. Y, sin embargo, hay un límite para el disfrute; ni sería soportado por mucho tiempo el intento de ejercitar la imaginación a intervalos frecuentes con una y la misma imagen. La bienvenida que le brindó por su propia hermosura intrínseca se vio realzada por el encanto de la novedad; pero cuando ese encanto se disipa, entonces es posible que, por la mera fuerza de la repetición, el gusto decaiga en languidez, o incluso en repugnancia. Tanto la razón como la imaginación del hombre deben alimentarse de variedad; y, al carecer de ella, la constante reiteración de los mismos principios y el constante recital de la misma poesía serían realmente gravosos.
Sin embargo, hay ciertos apetitos de la mente que no exigen tal variedad. No es con los afectos o los sentimientos morales como con otros principios de nuestra naturaleza. El deseo de compañía, por ejemplo, puede hallar su abundante y plena satisfacción en la sociedad de muy pocos amigos. Y a menudo puede suceder de un individuo que su presencia nunca cansa; que su sonrisa es la luz del sol de una alegría perpetua para el corazón; que en sus miradas y acentos de bondad hay un encanto perenne e inmarchitable; que la pronunciación de su nombre es siempre grata al oído; y el pensamiento de su valía o amistad se siente como un cordial, por la administración horaria y habitual del cual el alma es sostenida. El hombre que se extiende sobre sus virtudes, o que te demuestra la sinceridad de sus afectos, o que refresca tu memoria con tales ejemplos de su fidelidad como, en verdad, no habías olvidado, pero que aun así amas que te sean recontados, no es más que un tema o un tópico en el que se deleita; y a menudo repetirá ante tu oído cosas que sustancialmente son las mismas, pero que no son gravosas.
Y el relato de la inclinación amistosa y favorable de otro hacia ti no solo soportará ser repetido a menudo, porque en la posesión consciente de la amistad hay un goce perpetuo, sino también porque en ello hay un preservativo constante y un encanto contra la inquietud a la que una mente, cuando se deja a otras influencias o a sí misma, podría de otro modo ser proclive.
Cuando el corazón está desolado por la aflicción, o acosado por la preocupación, o agraviado por la injusticia y la calumnia, o incluso cargado bajo el peso de una soledad que siente como un hastío, ¿quién jamás pensaría temer que la visita diaria de tu mejor amigo fuera gravosa, porque era la aplicación diaria de la misma cosa? ¿No te aferrarías, en esas circunstancias, a su persona, o, si estuviera lejos, ¿no se aferraría tu corazón al recuerdo de él? ¿No te alegraría sostener las tendencias descendentes y desalentadoras del corazón con el pensamiento de ese afecto inalterable, que sobrevivió al naufragio de tus otras esperanzas e intereses terrenales? ¿No lo sentirías como un servicio si algún conocido tuyo te lo condujera en persona, y allí te trajera las mismas sonrisas que mil veces antes habían alegrado tu seno, y los mismos acentos de ternura que a menudo, en días ya pasados, te habían calmado y tranquilizado? O, si no puede hacerlo presente para ti en persona, ¿no es aún un servicio el que presta si lo hace presente a tus pensamientos? No dudas de la amistad alegada, pero la naturaleza es olvidadiza, y, por el momento, puede no estar atenta a esa verdad que, sobre todas las demás, es la más apta para pacificar y consolar. La memoria necesita ser despertada hacia ella. La creencia en ella quizá nunca se haya extinguido; pero la concepción de ella puede estar ausente de la mente, y, con el propósito de recordarla, puede ser necesaria la voz de quien la hace recordar.
Así es que la oportuna sugerencia de una verdad que ha sido conocida desde hace tiempo y repetida a menudo puede aquietar los tumultos de un espíritu agitado y hacer que la luz surja de las tinieblas. ¿Y quién puede objetar la monotonía y la reiteración en un caso como este?
La misma posición presentada una y otra vez con el mero propósito didáctico de convencer o informar, por más importante que fuera, pronto dejaría de interesar al entendimiento; y la misma imagen, por más hermosa que fuera, si se presentara a menudo, pronto dejaría de interesar o de afectar a la imaginación; pero la afirmación de una amistad que es querida por tu corazón puede repetirse tan a menudo como sea necesario para despertar y prolongar el sentido de ella dentro de ti; y, aunque sea el tema de cada día, en vez de ser gravoso por eso, puede sentirse como la renovada aplicación de bálsamo al alma, con un sentido tan vivo de goce como antes, y con un deleite enteramente inagotable.
Fuente y atribución
Autor original: Thomas Chalmers
Título original: The Necessity of Repetition of Gospel Truths — parte 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Thomas Chalmers, publicado originalmente en Grace Gems.