Paciencia y pasión son parientes cercanos. Un fragmento de etimología arrojará luz sobre el significado de las palabras. Dice Crabb, en sus sinónimos ingleses: "Paciencia proviene del participio activo de sufrir; mientras que pasión proviene del participio pasivo del mismo verbo; y de ahí la diferencia entre los dos nombres. Paciencia significa sufrir por un principio activo, una determinación de sufrir; mientras que pasión significa lo que se sufre por falta de poder para impedir el sufrimiento. Paciencia, por tanto, se toma siempre en buen sentido, y pasión siempre en mal sentido."
Paciencia es, por tanto, el espíritu de aguante, sin queja ni amargura, de todo aquello en nuestra vida que es difícil de soportar. Es una lección difícil de aprender, pero que bien vale la pena aprender, a cualquier precio. Tan importante es que nuestro Señor mismo dijo de ella: "Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas." Es decir, la vida es una batalla en la que peleamos por nuestra alma. La batalla solo puede ganarse con paciencia. Fallar en esta gracia es perderlo todo. Esto sugiere cuán necesario es que aprendamos la lección, por difícil que sea. No aprenderla es la batalla de la vida, y eso es perder el alma.
En una de las epístolas de Pablo hay una bendición que, en la Versión Revisada, reza: "el Señor encamine vuestros corazones a la paciencia de Cristo." Esta es una bendición que todos querríamos inclinar la cabeza bien baja para recibir. En la propia vida de Cristo, la paciencia, como todas las virtudes, tuvo su perfección. Y la suya no fue una vida resguardada, sin pruebas de paciencia como las que debemos soportar nosotros, sino una expuesta a todo lo que hacía difícil vivir dulcemente. Encontró enemistades, antagonismos e incompatibilidades a cada paso. Además, su naturaleza era sensible a toda rudeza y dolor, de modo que sufría en sus contactos con los demás mucho más que nosotros.
Sin embargo, su paciencia fue perfecta. "Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron." Les apremió con los dones del amor, pero los rechazaron. Sin embargo, nunca falló en su amor, nunca se impacientó, nunca se cansó en sus ofrecimientos de bendición, y nunca retiró sus dones de gracia. Se mantuvo con las manos extendidas hacia los suyos hasta que clavaron aquellas manos en la cruz, y aun entonces dejó caer de ellas, desde sus mismas heridas, los dones de redención para el mundo.
Su paciencia aparece también en su trato con sus propios discípulos. Eran muy ignorantes y aprendían sus lecciones muy despacio. Lo probaban en todo momento con su falta de fe, su falta de espiritualidad y su amistad débil y vacilante. Pero él nunca se cansó de amarlos ni de enseñarles.
Su paciencia se ve también en su trato con la gente que se agolpaba a su alrededor dondequiera que iba, con sus clamores de sanidad. Solo tenemos que pensar qué masa heterogénea es una muchedumbre oriental en el mejor de los casos, y recordar que era el muy desecho de la miseria y la desgracia quien acudía a él, para hacernos una idea de lo fatigoso que era moverse día tras día entre estos pobres dolientes como lo hacía Jesús. Sin embargo, nunca mostró la menor impaciencia con ninguno de ellos, por repulsivo o asqueroso que fuera, sino que dio libre y amorosamente lo más rico y mejor de su propia vida preciosa para sanar y consolarlos, aun a los más viles y repulsivos.
Su paciencia con sus enemigos es también admirable. No era la paciencia de la debilidad, pues en cualquier momento podría haber convocado legiones de ángeles del cielo para derribar a sus opositores. Tampoco era la paciencia del estoicismo, que no se cuida ni siente los aguijonazos del odio y la persecución, pues nunca hubo otra vida en la tierra que sintiera tan agudamente los dolores de la enemistad humana. Tampoco era la paciencia del sufrimiento sombrío, como a veces se ve en los salvajes, que soportan la tortura en silencio adusto y altivo. Nunca vio el mundo otra paciencia tan dulce, tan tierna. Oró por sus verdugos. Devolvió las respuestas más tiernas a las palabras más crueles. Su respuesta a la enemistad del mundo fue el don de la salvación. De las crueles heridas hechas por clavo y lanza brotó la sangre de la redención humana.
Vemos también su paciencia en su obra. Vio muy pocos resultados de su predicación. Fue sembrador, no segador. Multitudes lo seguían y oían sus palabras, pero se iban sin impresionarse. Sin embargo, nunca perdió el ánimo.
Así, a cualquier fase de la admirable vida de Cristo que nos volvamos, vemos paciencia sublime. Fue paciente al aceptar la voluntad de su Padre, paciente ante el pecado y el dolor del mundo, paciente con la sinrazón, la falta de caridad y la crueldad de los hombres, paciente al sufrir el mal. Verdaderamente maravillosa es esta cualidad en la vida de nuestro Señor. ¿Quién no está dispuesto a convertir la bendición en oración, diciendo: "Señor, encamina mi corazón a la paciencia de Cristo"? Todos necesitamos paciencia. Es uno de los más raros ornamentos del carácter. "La paciencia", dice uno, "es como la perla entre las gemas. Con su quieto resplandor ilumina toda gracia humana y adorna toda excelencia cristiana."
En la obra de nuestra vida, también, y en nuestros contactos con los demás, la paciencia es esencial. La necesitamos en nuestros hogares. La misma cercanía y familiaridad de las relaciones de las vidas tras nuestras propias puertas hacen que a veces nos sea difícil conservar una dulzura perfecta de espíritu. ¡Aún hay mucha aspereza en la mayoría de las familias terrenales! Con demasiada facilidad dejamos caer nuestra reserva y nuestro cuidado, y somos demasiado propensos a hablar o actuar de modo desagradable y poco amable de vez en cuando. Nos imponemos, y somos obstinados y exigentes.
Es fácil, en las fricciones que con demasiada frecuencia se sienten en nuestros hogares, perder la paciencia y hablar de modo imprudente y poco amable. El esposo y la esposa, en sus relaciones mutuas, no siempre ejercen la paciencia. Parecen olvidar que el amor nunca debe ser descortés, sino considerado, bondadoso y afectuoso en la mirada, la palabra y el modo. Los padres fallan a veces en el deber de la paciencia con sus hijos. Los hijos de un hogar, en demasiados casos, no viven juntos en el amor que corresponde al hogar cristiano ideal. Se dicen muchas palabras que revelan irritación e incluso amargura. Esas palabras hieren a los corazones sensibles, a veces de modo irreparable. Pero la vida familiar debería estar libre de toda impaciencia. Dondequiera que podamos fallar en este espíritu tierno, no debería ser en nuestro propio hogar. Solo la vida más tierna debería tener cabida allí. No estamos juntos mucho tiempo en este mundo, y deberíamos ser pacientes y amables mientras podamos.
Necesitamos también la paciencia de Cristo en nuestro trato con los demás, en nuestras asociaciones y contactos de negocios, en nuestras relaciones sociales y en todos nuestros tratos con los vecinos. No todas las personas nos son afines en espíritu y en modales. Algunos quieren su propio camino. Algunos son exigentes y razonables solo a su manera. Algunos no nos tratan con amabilidad. Posiblemente, en algunos casos, la falta sea nuestra, al menos en parte. Otros puedan pensar de nosotros como nosotros de ellos, que es difícil vivir pacíficamente con nosotros. Sea como sea, la paciencia de Cristo nos enseñará a soportar dulcemente y con amor aun a las personas más irrazonables. Él fue paciente con todos, y nosotros hemos de ser como él. No es solo con los amables para con quienes hemos de mostrar esta gracia; cualquiera puede ser paciente con personas amorosas y tiernas, pero nosotros hemos de ser bondadosos con los ásperos y los malos. Si nos impacientamos con alguien, por indigno o indeseable que sea, fallamos en ser fieles a los intereses de nuestro Maestro, a quien siempre hemos de representar.
Necesitamos la paciencia de Cristo para afrontar las pruebas de la vida. Solo tenemos que recordar cuán serenamente soportó él mismo todas las injurias, todo el dolor y el sufrimiento, para vislumbrar una idea muy hermosa de la vida que él nos dejó como modelo. La lección es difícil de aprender, pero el Señor puede encaminar nuestros corazones aun a esta dulzura de espíritu. Puede ayudarnos a guardar silencio en medio de la angustia. Puede convertir nuestro grito de dolor en un canto de sumisión y gozo. Puede darnos esta paz tierna, de modo que aun en las luchas más violentas nuestro corazón permanezca sosegado.
Necesitamos la paciencia de Cristo para prepararnos a su servicio. En el momento en que entramos en la compañía de sus discípulos, nos da una obra que hacer por él. Se nos envía a buscar a otras almas, a vendar corazones rotos, a consolar el dolor, a ayudar a los perdidos a volver a casa a través de la tiniebla. Toda esta obra es delicada e importante, y necesitamos para ella tanto la paciencia como la ternura de Cristo. Debe hacerse con amor, con fe, sin prisa, bajo la guía del Espíritu.
Las madres necesitan la lección, para enseñar y formar a sus hijos con sabiduría y no dañar sus vidas con la impaciencia. Cuantos tratan con los jóvenes, con los inexpertos, cuantos trabajan entre los ignorantes y los perdidos, necesitan la paciencia de Cristo. Quienes pongan de cualquier modo sus manos sobre otras vidas necesitan una gran medida de la paciencia de Cristo. Hemos de enseñar las mismas lecciones muchas veces una y otra, y si nos impacientamos, puede que nunca veamos ningún resultado. Si nos irritamos con quienes nos esforzamos por ayudar, estorbamos y afeamos la belleza que buscamos producir en sus vidas. Solo la paciencia en el obrero cristiano representa fielmente al Maestro. Esa es la manera en que él obraría. Nunca mostraría mal humor ni irritabilidad, ni ninguna falta de amor perfecto, en su trato aun con la vida más difícil. En ningún otro espíritu ni temple podemos hacer esta obra por él. Son los pequeños de Cristo con quienes tratamos, y debemos procurar hacer su obra por ellos como él la haría con aquellas manos tiernas y aquel corazón tierno suyo, si estuviera aquí.
Necesitamos también la paciencia de Cristo para esperar, mientras trabajamos para Dios. Estamos en peligro, de continuo, en nuestro mismo interés por los demás, de hablar inoportunamente, de intentar apresurar nuestra obra. Las palabras fervorosas y amorosas deben aguardar el momento oportuno para decirlas, o pueden hacer daño. Hay muchos que hablan demasiado pronto a las almas jóvenes y solo cierran el corazón que buscaban abrir. Aun en nuestro hambre, no debemos arrancar el fruto cuando aún está verde.
¿Cómo podemos aprender la lección? Algunos de nosotros hallamos muy difícil ser pacientes. ¿Podremos alguna vez incorporar a nuestra vida esta gracia tierna? ¡Sí! Cristo puede enseñárnosla.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Blessing of Patience
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.